El Aliento de Fuego

Era una de las peores tormentas en las que Ynti había estado. La fuerza del viento inclinaba los arbustos que crecían alrededor de su casa, los forzaba a reverenciar a la lluvia como viles vasallos que besaban una y otra vez el inmundo suelo. Los rayos se manifestaban como seres inmensos cargados de energía, que centelleaban formando líneas retorcidas en la oscuridad sin fondo.

Llevaban siglos invadidos por una bruma negra que cubría sin piedad todo el territorio, la luz que alguna vez había creado tan magníficas tierras parecía haberlos abandonado. Así que aquella tormenta era solo un episodio más en aquella tierra sometida por la penumbra.

Un rugido de dolor llamó su atención y buscó desesperadamente la fuente de aquel sonido. Una gran masa difusa entre la estela de agua y nubes caía libremente estrellándose en la mitad del bosque. El ruido ensordecedor de los árboles quebrándose en mil pedazos, seguido del golpe secó con el piso hizo que el corazón de Ynti se detuviera por unos segundos. Las paredes de su humilde morada se estremecieron a causa de la onda explosiva.

Tomó su arco y su carcaj, y salió curioso a internarse en el bosque. Poco antes del amanecer encontró lo que andaba buscando. La luz de un rayo mostró a un dragón que yacía inerte con un huevo entre sus garras. Este brillaba con pequeños relámpagos que lo envolvían. Se encontraban entre miles de ramas completamente solos. Ynti se acercó con cautela, porque tal vez otros podrían estar cerca, pero no había nadie.

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Un mes después, un pequeño dragón azul asomaba su cuerpecito con torpeza a través de la cáscara resquebrajada. Los destellos de energía que antes envolvían el huevo ahora recorrían su piel, pero parecían no lastimarlo, al contrario, para ser solo un crío era fuerte.

Ynti había querido partir hacia el Aliento de Fuego, donde vivían todos los dragones, pero cuando se dispuso a hacerlo, la Sombra cubrió con mayor intensidad el territorio trayendo consigo animales que nadie conocía. El pueblo se refugió en sus bohíos temerosos de lo que veían a través de las ventanas, seres malignos se movían incesantes como si buscaran algo. El joven temió por el dragón, famosos por su energía pura y lo resguardó ferozmente en su casa. La vida de todos cambió y el bosque se convirtió en un lugar peligroso para los lugareños.

El tiempo transcurrió lentamente y mientras los días pasaban, Raner su compañero había crecido y ahora era un joven dragón más alto y fuerte que él. Cada vez era más difícil mantenerlo en las cuatro paredes del bohío y una tarde oscura porque el cielo cargado de nubes impedían que entrara la luz del sol, la puerta se abrió y de ella se asomó un hocico que expedía efímeras estelas de humo.

Ynti se apresuró a detenerlo, pero ya era demasiado tarde y Raner pisaba el barro a sus pies y olisqueaba todo a su alrededor. Era su primera vez en el bosque y los rayos de luz que lo envolvían continuamente contrastaban con aquel paisaje malsano. La bruma que yacía en el suelo comenzó a envolver sus piernas y el joven dragón retrocedió asustado, pero enseguida se dio cuenta que ésta al tocarlo retrocedía. Parecía que huía de él. Así que en pocos minutos toda la neblina que cubría la casa se retiró.

– ¡Espera! ¿a dónde vas? – el dijo Ynti y trató de detenerlo.

Sus esfuerzos fueron en vano y mientras el joven guerrero corría nervioso tras de aquella mole de más de quinientos kilos, éste jugueteaba con la neblina que retrocedía incesantemente.

Aquel ruido alborotó a todos los habitantes que miraban incrédulos a través de sus ventanas. Nadie había visto un dragón en su vida y menos uno en su territorio. La gente comenzó a salir de sus casas.

Ynti y Raner llegaron a un claro donde se erguía uno de los árboles más viejos del bosque. El guerrero sudaba copiosamente tratando de detener a Raner que aún continuaba jugando. De pronto, el cielo se tornó oscuro y la bruma comenzó a elevarse por encima de sus cabezas amenazante.

– Ya jugaste bastante – lo regañó y el dragón lo miró con sorpresa porque nunca le había hablado en aquel tono de voz. Sin embargo, aunque quería parecer severo, el joven temblaba al ver la Sombra que comenzaba a mostrarse como una serpiente, se movía ondulando su cuerpo. – Vamos Raner – estiró su mano para que su amigo se acercara. – tenemos que alejarnos de aquí, es peligroso – la bruma se acercó a él. – ¡VAMOS! – gritó con desespero, pero la Sombra tomó uno sus pies, haciéndolo perder el equilibrio.

Cayó de bruces sobre el lodo que inundaba el lugar. La serpiente etérea comenzó a arrastrarlo para llevarlo hacia él mientras se dirigía al dragón.

– Tee hee buscadoo por muchoo tiempoo – aunque hablaba entre murmullos, los oídos dolían con cada sílaba que pronunciaba. – Ya noo necesitaas a estee humanoo … veen conmigoo y seraás maás fuertee, seraás invensiblee …

– ¡RANER CORRE … CORRE AMIGO!

Pero el dragón estaba concentrado mirando los ojos que se habían formado en el rostro gaseoso y oscuro. No le tenía miedo y los destellos de luz que recorrían sus escamas se intensificaron alumbrando todo el claro donde se encontraban.

La Sombra retrocedió por una milésima de segundo al ver que las nubes del cielo se reunían, esta vez no a su favor sino convocadas por Raner. Así que dejó caer a Ynti al suelo, quien retrocedió con rapidez para protegerse.

Comenzó a llover de un momento a otro, acompañado de relámpagos ensordecedores.

El dragón y la figura etérea se observaban fijamente como en un duelo, expectantes al movimiento del otro. Los rayos se volvieron truenos y la energía que fluía entre las escamas azules de Raner brillaban a su máximo resplandor.

Las pequeñas cabezas de los campesinos que habían salido de sus casas a contemplar lo que sucedía, se asomaban nerviosas entre los troncos de los árboles que rodeaban el claro.

Solo bastó un ligero movimiento de la Sombra para que el infierno se desatara en aquel lugar. La energía contenida en el cuerpo de Rarner salió disparada como un rayo de formas retorcidas que impactaron sobre la bruma oscura que comenzó a retroceder. Con cada golpe que el dragón le propinaba, un sonido parecido a gemidos se escuchaba a través de los árboles. Los relámpagos del cielo eran absorbidos por el joven dragón, atraídos hacia él. El huevo ahora convertido en un poderoso animal de sangre pura, como todos los de su especie, se erguía con poder sobre su presa, sometiéndolo una y otra vez sin tregua alguna, hasta que la bruma se dispersó.

La lluvia humedeció la vegetación, y el fuego se extinguió por completo. Las nubes se dispersaron y la luz del sol invadió todo el claro, devolviendo los tonos verdes, marrones y ocres ya olvidados por el bosque.

El dragón rugió satisfecho y se sentó en sus cuartos traseros buscando con ansiedad a su amigo. Ynti se abalanzó sobre él para abrazar su cuello, mientras los lugareños salían de sus escondites para vitorear que la Sombra se había ido gracias al gran dragón azul.

Fue en ese momento cuando se dieron cuenta que el viejo árbol que se erguía en el centro del claro, ahora brillaba, resplandeciendo como un faro que podía verse en todo el territorio. Fue llamado el Árbol de Fuego y selló el lazo de unión entre los dragones y los hombres por siglos.

La historia de lo que había sucedido se extendió por todas las tierras del sur y cuando Raner fue llevado por su mejor amigo hasta su hogar, en el Aliento de Fuego a miles de kilómetros de distancia, su familia recibió con honores al Gran Dragón Azul.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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