El Baile de las Luciérnagas

Esa mañana la algarabía en las calles era tan ruidosa que se despertó de mal genio. Una joven de quince años había desaparecido y el cuchicheo de los vecinos y curiosos estaba en su máxima expresión. No era la primera vez que aquello ocurría, solo que en los últimos meses se había repetido con mayor frecuencia y la tensión se sentía en cada rincón del pueblo. Incluso su mejor amigo se había perdido de la misma forma hacía dos años y nadie lo había vuelto a ver. Los chismosos decían que se había escapado, pero él no lo creía así.

Awki aún lo buscaba y cuando ocurría una nueva desaparición, él era el primero en comenzar a indagar. Su temperamento aventurero y curioso hacía que siempre estuviera explorando fuera del pueblo. Él a veces se refería a sí mismo, como la fuente de noticias más creíbles de toda la región. El único problema era su hermano menor porque quitárselo de encima era todo un reto. Somak era tan intrépido como él, pero diez años menor, así que constantemente tenía que regañarlo para que regresara a casa.

Salió temprano, iba detrás de una pista que lo conduciría a la Arboleda de Vika, una hermosa planicie de árboles de mil colores con un pasado sospechoso y cargado de leyendas. La mayoría de los viajeros la bordeaban para evitar atravesarla, aunque eso implicara dos días más de trayecto. Su lógica le decía que la joven se había perdido como había sucedido con su amigo, solo tendría que buscar las pistas para traerla de regreso.

La tarde pasó lentamente y las tan anheladas huellas nunca aparecieron, aquello lo obsesionó aún más y se negaba a retirarse sin un indicio que comprobara su hipótesis. Comenzó a oscurecer y la claridad se le escapaba, así como su paciencia. Se recostó sobre una piedra para meditar sobre lo que había conseguido hasta ahora. Un par de huellas viejas que no significaban nada y una cinta larga enredada en una de las ramas. Respiró profundo, mañana regresaría otra vez.

Mientras caminaba entre los árboles una ráfaga de viento pasó por su lado, fue solo un segundo y después el ambiente regresó a la normalidad. No hubiera sospechado si no fuera porque se había colado un aroma dulce de flores frescas. Se detuvo y miró al cielo a través de la copa de los árboles. El sol se despedía en el ocaso y aunque había luna llena, la noche era oscura porque las nubes tapaban completamente el cielo. Se dijo que debía regresar, pero no podía dejar de pensar que eso no era normal y cuando llegó el segundo vendaval acompañado de miles de luciérnagas, sus piernas comenzaron a moverse hacia el interior de la arboleda.

La música llegó a sus oídos embriagando su cuerpo completamente, ya no era solo el aroma el que lo enredaba, también había un sonido melodioso que hacía que las luces ondularan de forma rítmica. Se enredaban en su cuerpo, y luego en los troncos de los árboles y las ramas para volver a descender y acariciar el suelo. Estaba embebido en el más absoluto éxtasis.

– ¿A qué horas nos vamos? – la voz de Somak lo despertó y se giró para mirarlo, pero inmediatamente se recriminó de su torpeza porque al regresar su rostro hacia la arboleda, esta había desaparecido.

Cogió la mano de su hermano sin decir nada. Hacerle cualquier pregunta era absurda, si el pequeño hubiera visto algo lo hubiera dicho. Así que regresaron al pueblo, convencido de que tenía que regresar al día siguiente.

______

 

 

Recostado en el umbral de la puerta de su casa, miraba hacia la nada mientras seguía pensando en lo que había pasado la noche anterior. Somak se había ido con su madre, por tanto, hoy no podía perseguirlo, pero aún así no era capaz de marcharse. Él estaba investigando la desaparición de la joven y lo que había experimentado en la arboleda no tenía nada que ver con eso. Mientras que reflexionaba una luciérnaga se posó en el dorso de su mano. Levantó una de sus cejas y la miró.

“¿Acaso me estabas invitando?” Pensó.

– ¿Cómo vas con la búsqueda? – le preguntó su vecina que pasaba por el frente.

Negó con la cabeza, no quería hablar porque aún sentía al pequeño animal sobre su piel. Se debatía entre seguir investigando la desaparición o internarse en la arboleda. La curiosidad le pellizcaba el corazón y tuvo que contenerse para no salir corriendo inmediatamente. Debía tomarlo con calma. Iría, pero a su ritmo.

Cuando llegó, ya oscurecía y sintió la música casi al instante. Esta vez la melodía era más intensa y la piel se le erizó, la sentía en cada poro de su cuerpo. La danza de los pequeños insectos era magnífica. Se respiraba perfección y armonía. Entonces se dejó llevar y en la medida en que ingresaba al interior del claro, observaba un espectáculo maravilloso. Las luces aumentaban de intensidad, al igual que los sonidos y los aromas. Estaba embebido.

Al rato, una figura empezó a formarse.

– ¿Quién eres? – preguntó.

La joven sonreía mientras se acercaba a él. Era como un ser iluminado, de color oro que brillaba con intensidad. Portaba una túnica larga que se ceñía a su cintura. No tenía zapatos y a cada lado de sus hombros caían dos trenzas, aunque solo en una de ellas había una cinta amarrada en la punta. Entonces recordó lo que había encontrado el día anterior en el bosque y la miró fijamente. La joven lo invitaba a que tomara su mano y eso fue lo que hizo de forma precavida.

– ¡No! ¿Qué haces?

La voz de alarma de su hermano lo despertó de su trance. Sintió un fastidio incontrolable porque lo había interrumpido y se volteó encolerizado.

– ¿Mamá sabe que estás acá?

El niño se aferraba a su mano mientras que en sus ojos se veía el reflejo de la figura dorada que flotaba ante ellos.

– ¿La ves?

Somak asintió tirándolo para que se alejaran de allí, pero la joven los invitaba a que la siguieran y su rostro comenzó a cambiar, ahora era el de su amigo y aquello lo conmocionó.

– Debemos seguirla – le susurró al pequeño. – Creo que ella sabe dónde están.

– ¡No! te perderás.

– Seremos cautelosos – y sin esperar a que su hermano lo apoyara, comenzó a caminar detrás de las luciérnagas que brillaban en plena oscuridad.

Cada tanto, la figura los esperaba y al ver que la seguía continuaba su avance, dejando su estela de fragancias agradables. Awki escuchaba los murmullos de su hermano, pero la adrenalina que viajaba por su cuerpo lo controlaba. Se repetía en su interior que algo tan hermoso no podía ser malo. Cada paso que daba lo hacía con cautela mirando a su alrededor.

Su hermano lo jaló en un afán de detenerlo y él se giró para hablarle. La figura hizo lo mismo y con su mano llena de luz acarició suavemente el rostro del pequeño mientras mantenía una sonrisa dulce.

– Lo ves … ¡Vamos! confía en mí – murmuró Awki alborotándole el pelo antes de ponerse de pie y seguir la marcha.

Al rato escucharon una algarabía, eran risas y música que comenzaba a llenar el silencio en el que se encontraban. Los ruidos no podían ser otra cosa que los jóvenes perdidos del pueblo. La miró con ojos de agradecimiento y apresuró la marcha. Después de varios minutos llegaron al final de lo que parecía un camino y enfrente de ellos había un muro de arbustos secos. Era una maraña de ramas que formaban una pared gruesa e impenetrable y se escuchaban los sonidos que venían del interior.

La joven lo miraba mientras señalaba la entrada, entonces, Awki se asomó con timidez. La oscuridad engulló parte de su cuerpo y Somak se asustó tirándolo para que regresara a su lado.

– ¡Awki! – gimió.

– Estoy bien … tranquilo – le dijo para calmarlo y se agachó para hablarle a los ojos. – Están adentro … todos están adentro ¡Es increíble, los hemos encontrado!

El pequeño lo miraba con ojos nerviosos y tiraba para que se alejaran de allí.

Las miles de luciérnagas que permanecían flotando a su lado, dibujaban el rostro de su amigo perdido.

Awki pensó en él. Tenía la oportunidad de llevarlo de regreso a su familia. Se imaginó lo felices que estarían todos cuando vieran que los chicos habían sido rescatados.

– Debo hacerlo, debo sacarlos de allí – su voz era firme.

– ¿Y si no regresas?

– Lo haré – miró la expresión dulce de la luz que tenía al lado. Estaba convencido de que podía lograrlo. – Corre hasta el pueblo y vuelve con ayuda, puede que tengamos que cargar a muchos de ellos.

El pequeño asentía y miró al joven iluminado como el oro. Él le sonrió cálidamente, así que Somak obedeció a su hermano.

– Gracias por traerme hasta acá – le dijo Awki poniéndose de pie.

La figura asintió sutilmente conservando su expresión alegre, entonces él se introdujo en el túnel y éste lo engulló enseguida.

Cuando Somak volvió con varios habitantes del pueblo, no pudieron encontrar el lugar por dónde se había introducido Awki. El paisaje había cambiado y la pared de arbusto ya no existía. Les contó sobre las luciérnagas y sobre la música, pero nadie le creyó. Lo buscaron hasta el amanecer sin encontrarlo. No fue el primero ni tampoco el último.

Lo que sucedió allí se convirtió en leyenda y se dice que desde la Arboleda de Vika se escuchan voces que ríen y cantan al son de la música, pero cuando los valientes se internan a buscarlos nunca regresan.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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