El Bosque de Xhube

Golpeó con fuerza su puño sobre la mesa donde se encontraban sentadas. La madera crujió y el jarrón que estaba en el centro se tambaleó amenazando con caerse. Maimará lo detuvo con la mano para que dejara de bailar y miró a su amiga fijamente. Siempre que estaba alterada tenía que manifestarlo destruyendo lo que tenía enfrente de ella.

Xhube se puso de pie, estaba molesta y salió del lugar dejándola sola. Ella se levantó para seguirla porque sentía que debía apoyarla. No era una persona dinámica, más bien su carácter era reflexivo y de corazón noble. Tal vez, esa era la razón par la cual ella era su única amiga.

­            – No deberías molestarte tanto, tu sigues siendo la mejor – le dijo cuando la alcanzó.

Xhube no le contestó, caminaba con paso acelerado en dirección del bosque. Era allí donde siempre desahogaba su mal humor cuando las cosas no salían como ella las quería.

Maimará sabía que no era una persona fácil de llevar, pero sus familias eran muy unidas. Aunque habían crecido juntas, eran totalmente diferentes tanto física como mentalmente; su amiga era esbelta, bella y excelente para cualquier cosa que se propusiera. Podía tener el mundo en sus manos si así lo quisiera, pero no tenía amigos a causa de su temperamento. En cambio, ella no se consideraba hermosa y de seguro no era delgada, pero se llevaba bien con todos, conocía muchísimas personas y era la mejor cuando se trataba de lazar una flecha con un arco.

Sentada en la sombra al abrigo de un árbol, contempla cómo Xhube sacaba a los demonios que llevaba por dentro golpeando con fuerza un tronco. Su estado de histeria era debido a que no la habían elegido para ser guardián del Sol. Cuando por fin se calmó y Maimará estuvo segura de que la ira había cesado, se acercó.

– Siento mucho que no hubiera salido como lo querías – le dijo y la abrazó.

– Gracias, pero … – le respondió y miró al cielo. – Solo Xué sabe lo mucho que significaba ese puesto para mí. Llevo entrenando más de un año y ahora resulta que no soy lo suficientemente buena.

– Sabes que si lo eres.

– ¿Entonces, por qué no me escogieron?

Maimará se encogió de hombros, cualquier cosa que dijera podía ser un motivo para desatar nuevamente su ira. Así que prefirió callar.
Cuando la luz del día comenzó a dejarlas, se acercó nuevamente.

– Debemos irnos, está oscureciendo – mencionó al escuchar el ulular de un búho que las miraba desde una rama.

– Déjalo que venga, él tal vez si me quiera – respondió Xhube mirando hacia la profundidad del bosque, no se refería al ave y la expresión de su rostro cambió. Ahora había ansiedad y sus ojos brillaban.

Su amiga la tomó de la mano y la jaló con fuerza para que se alejaran de allí. Se decía que el bosque estaba maldito y todos sabían que no era buena idea estar en él cuando la noche llegaba.

– Solo son cuentos para asustar a los niños – le dijo a Maimará entre susurros y se dejó llevar sin oponer resistencia.

Aunque en el fondo, sabía que Xhube podía tener razón, no quería ser ella quien lo demostrara.

Después de aquella noche, su amiga se obsesionó tanto con pertenecer a los guardianes del Sol, que comenzaron a distanciarse. Siempre estaba ocupada y con el tiempo dejaron de verse todos los días. Los rumores en el pueblo decían que la veían rondar por el bosque en las horas del día y solo regresaba pasada la medianoche. Así que Maimará se preocupó, trató de buscarla para hablar con ella, pero todo fue en vano y nunca lo consiguió.

Así, los meses transcurrieron sin parar y las dos amigas se separaron. 
Esa mañana, Maimará se había despertado temprano para salir a cazar. Buscó durante varias horas la mejor presa para llevar. Encontrar al mejor animal era una tarea seria, para su pueblo el equilibrio del bosque era una cuestión imperante.

Caminaba con paso lento y pausado, siempre evitando hacer ruido para no perturbar la vida en el lugar. Ella sabía que allí era una intrusa y su sola presencia afectaba la vida de las demás criaturas. El sol avanzaba a través de la bóveda celeste, dibujando sombras en la medida en que recorría cada uno de los rincones de la arboleda.

Comenzó a preocuparse, el sol se marchaba y pronto sería la hora de regresar, pero aún no encontraba lo que estaba buscando. Así que decidió esperar un poco más hasta que la oportunidad apareció. Un venado de cola blanca pastaba a pocos metros. Por el tamaño de sus cuernos se podía decir que era un macho adulto.

Maimará sacó su arco y apuntó. Respiraba lentamente manteniendo sus ojos fijos en su presa, una gota de sudor se deslizó de forma perezosa por su nariz, pero ella se mantuvo estática. La claridad se estaba perdiendo, pero los últimos rayos de luz eran suficientes para atinar sin fallar. Todo lo tenía bajo control y cuando estaba a punto de disparar, algo apareció entre la maleza y atacó primero.

El horror de lo que estaba viendo la congeló por unos segundos, un ser oscuro que llevaba una daga en su mano había arremetido sobre el venado. Ella seguía con su mirada lo que estaba ocurriendo, había sido como una ráfaga de imágenes que pasaron por su mente mostrando la forma brutal del ataque. Ahora, se encontraba de cuclillas utilizando el filo de su arma para abrirlo y sacar el corazón. 
Maimará no había dejado de apuntar y su arco aún estaba tenso listo para despedir a toda carrera una de sus flechas, fue en ese momento en que la criatura giró su cabeza para mirarla y luego se irguió.

– ¿Vas a matarme?

No era capaz de responder, ni siquiera de pensar, solo podía mirarla. Enfrente tenía una mujer de cabello blanco como la plata, tan largo que caía más allá de su cintura. Sus ojos negros eran grandes como los de una muñeca y destellaban con un ligero tono rojizo. Era una mujer extraordinariamente bella, tan hermosa que parecía surreal, nada podía ser tan perfecto.

– ¿No me reconoces Maimará?

Su voz también era extraña, parecía que silbaba mientras pronunciaba cada una de las palabras. El chiflido que salía de la boca era doloroso, pero al mismo tiempo embriagante, hipnotizador. Ella la observaba detalladamente, pero era imposible saber de quién se trataba.

La figura comenzó a reírse mientras sostenía con sus manos el corazón del venado, la sangre se escurría por entre los dedos y caía en finos hilos hasta el suelo, fue cuando la reconoció.

– ¿Cómo es posible? – pronunció en un suspiro.

– Ahora protejo a la Luna, Chía es mi diosa – respondió, pero al ver la cara de asombro de Maimará, sonrió con malicia. – Lo he encontrado … lo que se esconde en el bosque y me ha dado mucho poder.

– ¿Brujería?

Aquello pareció molestarla. Dibujó una línea fina en su rostro, no era una sonrisa y mucho menos felicidad. Apretó la boca y retiró su cara para dejar de mirarla. Guardó la daga untada de sangre en uno de los bolsillos de su túnica negra y comenzó a marcharse.

– ¡Espera!

Pero Xhube no se detuvo. Maimará impotente, observaba como su amiga se marchaba mientras una neblina negra la cubría. Los matorrales se cerraban en la medida en que ella los atravesaba hasta que la engulleron completamente.

Fue la última vez que la vio. Nunca más se supo qué había pasado con Xhube. Las historias de lo sucedido se transmitieron de persona en persona, de pueblo en pueblo. Se decía que su poder era tan grande que podía convertirse en lechuza y ver en la oscuridad. Su belleza se convirtió en una leyenda, la utilizaba para seducir a los hombres y someterlos, luego los llevaba al interior de la tierra donde permanecería por toda la eternidad.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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