El Guardián del Bosque

Siete días de caza y no había encontrado el venado de cachos dorados que tanto buscaba. Los sacerdotes habían profetizado que cuando el animal llegara, traería nuevamente las lluvias a los campos. De eso, ya habían pasado mucho tiempo y aún los dioses no los habían bendecido. La última gran guerra había dejado destrucción y desolación y ya no podían seguir soportando la sequía que azotaba todo el territorio. Por eso más de veinte guerreros habían salido en diferentes direcciones, buscando el tan deseado objeto.

– ¡OUCH! – escuchó el grito de una mujer. – ¡NO! – volvieron a gritar y Leo tensó su arco mientras corría en dirección del bosque.

Los alaridos cesaron de repente. Giró sobre sí mismo con sus sentidos en alerta para encontrar un nuevo indicio que le permitiera auxiliar a la mujer en apuros. Los árboles en esa parte eran tan altos y frondosos que la luz del sol entraba con dificultad. Se quedó estático por unos segundos y cerró sus ojos mientras su respiración se tranquilizaba; necesitaba rastrear con sus oídos todo el perímetro. Contuvo la respiración por unos segundos y …

– ¡DETENTE! – escuchó la voz un poco más cerca y giró su cabeza en esa dirección como si tuviera un resorte en su cuello. No lo dudo, comenzó a correr desenfrenadamente para salvarla.

Al llegar al claro del bosque, la visión que se mostraba ante él lo detuvo de sopetón. Una bestia hecha de roca, tan grande como una montaña amenazaba a un hermosa joven de piel canela y cabello negro, tan liso que brillaba con los rayos del sol.

Disparó varias flechas seguidas impactando directamente sobre el lomo de la descomunal mole sin siquiera hacerle el más mínimo daño. Cargó nuevamente tomado tres flechas con su mano y apuntó a su cabeza, pero las cuencas vacías de su rostro lo miraron con sorpresa y Leo retrocedió temeroso. Cuando se recobró un segundo después, la figura de piedra avanzaba hacia él para atraparlo, así que volvió a embestir con tres setas que salieron al mismo tiempo.

La mano gigante lo tomó de sus ropas y lo levantó como facilidad para mirarlo más de cerca.

– SUÉLTAME MALDITA BESTIA … – gritó, mientras se agitaba incansablemente para que lo dejara en paz. – LIBERA A LA DONCELLA O SABRÁS QUÉ PASA CUANDO ME ENFUREZCO.

– ¿Liberarme? – preguntó la joven avanzando hacia los dos. Le apuntaba con una lanza dorada en sus manos.

– ¿Se encuentra bien señorita? – dijo con voz preocupada y la joven dibujó una leve sonrisa.

– ¿Por qué crees que necesito tu ayuda?

– La estaba atacando – respondió con firmeza aún cuando estaba tambaleándose de un lado hacia el otro por culpa del viento. El monstruo lo sostenía del pecho.

– Roka nunca haría eso – bajó la lanza para apoyarla en el suelo. – Jugábamos … digo, entrenábamos – se corrigió inmediatamente.

“¿Roka?” pensó Leo “¿Quién era esa mujer?” Ahora estaba confundido.

>> Además, eres tú quién lo atacó primero.

– Oí sus gritos de auxilio – insistió.

– Roka … Bájalo, pero no lo sueltes – le espetó con firmeza y la enorme criatura obedeció como si fuera una mascota doméstica.

Ivy avanzó para estar frente a Leo y lo miró con detenimiento.

>> No eres de este bosque ¿o sí?

Él negó suavemente mientras volvía a agitarse para quedar libre sin conseguirlo.

>> ¿Qué haces aquí?

– Estoy buscando algo.

– ¿Qué?

– Un objeto sagrado para mi pueblo.

– ¡Ah! – exclamó y se retiró un poco para quedar debajo de uno de los haces de luz. Sus ojos brillaban con intensidad y su piel había tomado un tono canela que contrastaba con ellos. – ¿Cómo llegaste hasta aquí?

– ¿Cómo? – la pregunta lo desconcertó. – C- caminando.

– ¿Pero cómo entraste a mi bosque?

– Ya te lo dije, escuché que alguien pedía auxilio y …

Ella lo miró extrañada y se sentó sobre una roca para contemplarlo. Reflexionaba mientras jugaba con la lanza que aún mantenía en sus manos.

Leo pensó que era una joven muy bella, mientras seguía con sus ojos el arma que giraba.

– Mis hechizos de protección están fallando – está vez Ivy hablaba con Roka.

Leo los miraba con aprensión, buscaba seguir el hilo de la conversación para entender en dónde se había metido.

>> Tendremos que comenzar de cero nuevamente. Es la tercera vez en menos de un año, primero los animales y ahora esto – se quejó. – ¿No sé lo que está pasando? – dijo mirándose las manos y luego alzó la vista para observar la bóveda celeste.

Leo la imitó.

>> ¿Crees que la diosa ya no me necesite?

Roka se encogió de hombros.

>> Tal vez deberíamos dejar de jugar – lo regañó – y concentrarnos más en nuestros deberes. Sácalo del bosque mientras yo organizo todo para la ceremonia.

– ¡ESPERA! – grito Leo levantando su mano instintivamente. No quería irse y nunca volver a verla.

Ivy volteó a mirarlo, esperando que continuara, pero el joven se había quedado mudo.

– ¿Y bien?

– Q-quiero ayudarte – espetó sin saber muy bien lo que estaba diciendo.

Ella sonrió y expulsó un poco de aire por su nariz.

– La diosa nos encomendó este trabajo solo a los dos.

– Puedes soltarme – se quejó zarandeándome nuevamente y ella le hizo un gesto a Roka que obedeció sin replicar. Por fin libre, caminó hacía ella. – Soy un buen guerrero y puedo ayudarte a cuidar el bosque. A protegerte …

– No cuido el bosque. Mi magia solo cubre una pequeña porción de él. Además, no necesito que me protejan – le respondió con un matiz de desespero en su voz.

– Lo sé … Perdón – necesitaba convencerla. Necesitaba volverla a ver. – Puedo ayudarte con los hechizos.

– Tampoco soy una bruja.

– Lo sé, eres una sacerdotisa … ¿Siempre es tan difícil hablar contigo?

– No estoy aquí para hablar – respondió de forma enfática. – Hay una guerra en el exterior y yo debo proteger el … – calló e hizo una pausa mientras lo observaba. – Mira no es tu culpa … Roka – llamó, ahora miraba a la enorme mole que reposaba sentada cerca de ellos. – Acompáñalo para que pueda salir del bosque.

– No hay una guerra – refutó Leo.

– ¿Qué estás diciendo? Claro que la hay … los pueblos están destruyendo todo …

– No la hay – insistió. – La hubo, pero eso fue hace muchos años.

– ¿De dónde vienes? Parece que has caminado mucho.

– Salí de Xhisa hace siete noches y te puedo asegurar que nadie está peleando en estos momentos.

La sacerdotisa se dejó caer sobre el prado sin comprender. Había huido hacía cinco años, por orden de su diosa y en medio de los gritos de su pueblo que morían a manos de los invasores.

– No lo entiendo – dijo tartamudeando.

– ¿De qué pueblo vienes? – preguntó Leo que ahora se sentaba al lado de ella.

– De Xhisa.

El silencio se instauró entre los dos, mientras ambos miraban al piso queriendo comprender qué sucedía.

– ¿Cuánto llevas aquí?

– Cuatro años, tres meses y 35 días – respondió como lo haría un prisionero en su celda.

– Pero hace cuatro años no había una guerra … Terminó hace treinta.

– ¡¿Treinta?! ¿Estás seguro?

Leo asintió lentamente.

– Mira … – empezó diciendo. – He dejado mi pueblo porque busco el venado de cachos dorados – la joven abrió los ojos y empuñó su lanza con fuerza. Él se dio cuenta y habló lo más rápido que pudo. – La historia cuenta que fue escondido por la diosa para protegerlo, pero si no lo encontramos la sequía acabará con nosotros. Desde que el objeto sagrado dejó nuestros campos, las cosechas no dejan de secarse y los animales se están yendo para encontrar agua. No podemos soportar más tiempo en esta situación o moriremos de hambre – su voz sonaba triste. – Algunos hablan de abandonar todo lo que por siglos fue nuestro y muchos han comenzado a hacerlo, pero … yo creo que debemos quedarnos a luchar. Por eso estoy aquí, buscando devolver la lluvia a Xhisa para que sea tan próspera como en el pasado.

Ivy lo escuchaba sin hablar.

>> También creo que encontrarte no fue un accidente … La diosa me ha guiado a ti – le soltó y ella clavó su mirada en él. 

Sabía que tenía razón, su hechizo de invisibilidad no estaba funcionando, la diosa se lo había advertido, pero solo ahora lo recordaba … Le había dicho que cuando eso sucediera era porque el peligro había terminado. 

>> Ven conmigo y regresa a casa.

La joven miró con tristeza a Roka, no respondía y se mojaba los labios mientras reflexionaba.

>> ¿Tal vez si le preguntas a la diosa?– continuó insistiendo Leo.

Ivy se levantó y caminó para tocar a su amigo de tantos años, mientras hablaba.

– Ya lo hice – dijo observando a Roka.

La inmensa criatura que se encontraba sentada, la miraba con tristeza. Aunque no tenía ojos, Leo podía ver el dolor reflejado en la expresión de su rostro. Estaba hecho de piedra completamente y en algunas partes de su cuerpo se podía observar que la vegetación crecía encima de él. Habían flores de diferentes colores que se resaltaban con el verde que se adhería a la superficie.

>> Todo terminó mi amigo – la voz de Ivy era suave y se subió sobre sus piernas para verlo más de cerca. 

Leo observaba la escena con el corazón estrujado. Ahora que lo contemplaba con más calma, podía darse cuenta que era una criatura magnífica, sin agresividad alguna.

Los dedos de Roka se iluminaron y de ellos retoñó una pequeña flor de pétalos rosados que ofreció con una sonrisa a Ivy. Ella la tomó y después de olerla, sonrió con lágrimas en los ojos. Su tiempo había terminado.

Se miraron por varios minutos.

Leo continuaba viéndolos sin intervenir. Después de unos minutos, pequeñas luces de mil colores salieron de los poros de la piel de Roka, danzando frenéticamente en espiral, llevados por la brisa hacia la copa de los árboles. Ivy retrocedió aún con las lágrimas cubriendo sus mejillas y suspirando suavemente. La luz se intensificó y luego el monumental Roka desapareció ante sus ojos para dejar en su lugar a un venado de cachos de oro que brillaba con los rayos del sol.

– Vamos … es hora de regresar – dijo Ivy en un suspiro.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2021. Fernanda Maradei

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