El Poder de Gata Ian

Había aterrizado una tarde de tormenta, cuando el cielo cargado de nubes negras se movían de un lugar a otro como si quisieran devorar a la tierra de un solo bocado. Cuando alzó sus ojos al cielo, este se calmó y el Sol apareció de repente. Desde que llegó no había deseado otra cosa que experimentar tanto como le fuera posible la vida humana. Con el tiempo sus recuerdos se perdieron en su alma y solo hasta hoy recordaba quién era. No era tarde, al fin y al cabo había logrado su cometido, y aunque hubiera querido permanecer por más tiempo, era imperativo regresar o todo moriría.

– No sé lo que estoy haciendo – murmuró mirando de forma penetrante dos ojos de pupilas alargadas a las que acompañaban un rugido ahogado.

El jaguar se había levantado del lecho donde dormía apenas lo sintió llegar. Sus patas tensionadas, estaban listas para atacar de ser necesario. El olor que expedía lo molestaba y movía su hocico, pero, sin embargo, no atacaba. Permanecía estático, escudriñando al intruso.

Después de presenciar uno de los peores incendios que habían ocurrido en todo los tiempos en el territorio, Ian había decidido emprender su regreso al monte de Ixcha, pero nada estaba resultando como él quería.

Retrocedía lentamente con sus manos levantadas como señal de rendición, para quedar fuera del alcance del jaguar. Nunca se imaginó que él tendría que llegar a eso, debió haber sabido que cuando adoptó el cuerpo de un ser humano, recibiría el paquete completo. Había conservado sólo la palabra Ian de su nombre, porque no quería olvidar totalmente quién era, aunque, la verdad, el tiempo le confirmó que no tenía control sobre eso.

El sudor se deslizaba sobre su rostro sin retirar la mirada de los ojos cafés brillantes que tenía enfrente. Al final, logró alejarse lo suficiente para sentarse debajo de un árbol. Contemplaba la magnificencia de aquella criatura y recordó la luz resplandeciente que lo acompañó cuando él apareció. En aquel momento, la lluvia había sido torrencial y los destellos de luz deslumbraron a todos los animales que se encontraban cerca.

Ahora, los campos estaban secos porque no había vuelto a llover. El inclemente Xué había provocado que todo ardiera y solo bastó una noche para que el valle junto con el pueblo quedaran totalmente destruidos. Los gritos desgarradores de los pobladores, de aquellos con los que convivió en los últimos meses, aún retumbaban en su cabeza. Por eso, le dolía todo lo que había pasado. Buscaba una solución al problema que él mismo había creado, si se hubiera quedado en el monte de Ixcha, nada de esto hubiera sucedido, pero …

El jaguar rugió con fuerza y lo alertó.

– ¿Qué hago? – le preguntó desconcertado.

Llevaba días caminando en círculos y cuando por fin había logró llegar hasta la entrada del monte de Ixcha, su antiguo hogar, no había nada. Las cinco figuras que resguardaban su ingreso no se presentaron. Las había llamado de mil maneras diferentes, invocándolas por su verdadero nombre: Los Hacedores de Eca, pero ni así, lo había conseguido.

Reflexionaba mientras veía cómo el animal se levantaba. Sus patas gruesas avanzaban hacia él, entonces Ian empujó con su espalda el tronco que tenía atrás en una ataque repentino de nerviosismo y necesidad de supervivencia.

“Es absurdo” se recriminó con soberbia ¿cómo era posible que él tuviera miedo? Era un sentimiento propio de los humanos y él no lo era. Se levantó en un acto de valentía, pero el movimiento brusco alertó al jaguar que flexionó sus patas y tensionó su jeta listo para atacar.

Se abalanzó sobre él y ambos cayeron dando vueltas sobre el piso de la selva. El animal buscaba desesperadamente su cuello, pero Ian era fuerte por lo que era difícil vencerlo. Detuvo su cabeza con las dos manos evitando que lo lastimara y luego lo golpeó en el vientre con sus piernas para mandarlo lejos. Se colocó de pie con rapidez mientras el jaguar hacía lo mismo para comenzar con un segundo ataque. Se irguió sobre sus dos patas y con las garras delanteras se lanzó para embestirlo. Él se retiró y el animal siguió de largo.

Ian sabía que su suerte no podía acompañarlo por mucho tiempo y si no encontraba algo con qué defenderse, todo estaría perdido. Miraba con ojos desorbitados a su alrededor, buscaba una salida y tomó la primera rama gruesa que encontró en el camino. Fue en el momento justo cuando después de escuchar el rugir, el animal lo atacó a la altura de su pecho. Cayó de bruces en el suelo y el dolor de los colmillos aferrándose a su piel llegó inmediatamente. Sintió su sangre caliente manar, pero él también había logrado herirlo en uno de sus costados.

El animal retrocedió confundido y movía su cabeza de un lado para otro. Inmediatamente se escuchó un trueno en el cielo. Ambos sorprendidos, miraron hacia arriba. Por meses nadie en todo el territorio había vuelto a oír el canto de las nubes cuando anuncian la lluvia. Un segundo estruendo que provocó que el aire a su alrededor vibrara, los despertó del encantamiento y el jaguar respondió al llamado con bravura contenida. El rugido había sido fuerte y profundo.

Ian se colocó de pie con sus ropas manchadas de sangre mirando fijamente el horizonte. Su mano se posó accidentalmente sobre la cabeza del animal que había avanzado para quedar junto a él. Estaba en la misma actitud de complacencia, absorto mirando como el día oscurecía por culpa de los nubarrones que se amontonaban los unos con los otros.

Al contacto entre los dos, le siguió una sensación de euforia desbocada que dilató sus pupilas, se giraron para verse mientras la sangre de ambos se mezclaba y pequeños relámpagos brillantes recorrían sus cuerpos. El cielo siguió tronando mientras los espíritus Ian y del jaguar se mezclaban armoniosamente frente a las puertas del monte de los dioses.

Los Hacedores de Eca aparecieron para contemplar el retorno de uno de los suyos. Ian sentía que su verdadera naturaleza regresaba y poco a poco comenzó a olvidar su vida terrenal para recordar su origen, su esencia sagrada. Su mente se enredó con la del jaguar comenzando a elevarse por los aires, en un torbellino de emociones que lo exaltaban. La esfera brillante que los cubría centelleaba y dentro podía observarse una danza frenética entre las dos criaturas que anunciaban la llegada de Gata el dios del trueno y gobernante supremo de la lluvia. Las gotas de agua se resbalaron sin contemplación de los nubarrones y comenzó a llover al mismo tiempo que Ian se despedía del mundo de los hombres.

Los pobladores salieron de sus bohíos maravillados por el regalo tan preciado que estaban recibiendo de los cielos. La bóveda celeste parecía un campo de batalla que expedía rayos azules y amarillos que se estrellaban con la tierra de forma implacable. Fue cuando detallaron que entre las nubes había dos figuras, de las cuales una era conocida por todos; dos ojos de pupilas alargadas rugía intensamente.  Sus bramidos retumbaban en toda la selva anunciando el regreso de los campos verdes, el canto de los pájaros y el croar de las ranas. Desde entonces, se le idolatra con más vehemencia que antes porque el jaguar simboliza el poder del dios del trueno y es el mensajero de la lluvia.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2021. Fernanda Maradei

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