El Prisionero de Fagua

Ivet era una dragona del desierto. Cuando nació, su huevo fue el más pequeño del nido. Los otros cinco eran grandes y de colores hermosos que les permitía camuflarse con la arena, pero a ella le tocó un tono gris oscuro como la noche con púas que sobresalían por doquier. El día que estrenaron sus alas, las de ella aún estaban por formarse y mientras los demás planeaban con elegancia, ella se estrellaba contra los riscos que se elevaban tocando el cielo. Crecer no fue fácil, pero eso la había hecho trabajar el doble. Ahora llena de experiencia, volaba más alto que los demás dragones, y gracias a su piel podía camuflarse en cualquier lugar sin hacer ruido. Se había convertido en el arma secreta del rey, su protectora preferida.

Esa tarde, descansaba sobre la cima del cerro mientras saboreaba un delicioso festín de salmón que había capturado cerca del río. Se saboreaba las garras mientras el Sol se ocultaba detrás de las montañas. Ese día el atardecer era diferente; los tonos rojos se esparcían por el cielo y las nubes pintadas con naranjas y amarillos se movían en un juego de matices. La oscuridad se apoderó del espectáculo de luces y la claridad se esfumó.

A Ivet le encantaba ver como la noche devoraba poco a poco la luz, porque allí, ella era la soberana. Se recostó relamiéndose al terminar de devorar su cena y fue solo hasta ese momento que descubrió algo en el cielo. Un punto de un color incandescente que se movía con rapidez dejando una estela a su paso.

“Un Sol rojo y ahora esto” pensó.

Desplegó sus alas porque además de valiente era curiosa y aquello era extremadamente raro. Comenzó a subir como solo ella sabía hacerlo, en un ángulo casi vertical batiendo con fuerza para vencer la resistencia del aire. Para un dragón común aquella maniobra era casi imposible y para los más adiestrados, era difícil, se necesitaba de práctica y constancia. Por eso Ivet lo había logrado, porque desde pequeña no aceptaba que las cosas fueran imposibles.

Entre más subía el oxígeno se agotaba, por lo que tenía que respirar de forma pausada mientras le exigía a sus músculos el máximo esfuerzo. Al mismo tiempo, aquel objeto extraño se mostraba con nitidez y en la medida en que la distancia se acortaba, sus temores se acrecentaban.

“¿Qué es eso?” se preguntaba, aunque intuía qué podía ser.

Los ancianos hablaban de objetos celestiales con cabelleras resplandecientes que esparcían llamas y se movían con los dioses entre las estrellas, pero ella nunca había visto uno en su vida. También decían que traía desgracias al que se encontrara con uno de ellos, pero Ivet que había crecido entre tanto presagio negativo hacía ella, ya no creía en la mala suerte. El destino era el resultado del trabajo y no algo adquirido como si fuera una enfermedad.

Se acercó lo máximo que pudo para detallar la cola del cometa que parecía un manto y lo tocó con sus garras. Sintió calor, pero su piel de dragón no tenía problema, al contrario, le pareció agradable y comenzó a jugar con el gas hasta que escuchó un gemido y giró en redondo para encontrar el lugar de dónde provenía.

Estaba sola, pero un susurro seguía llegando a sus oídos y después de volar alrededor de la nube de polvo estelar se dio cuenta de dónde venía. La cabeza del cometa era una bola de fuego candente y mientras se acercaba podía sentir el calor que emanaba de la superficie. Se quedó un momento para observarlo, batiendo sus alas para conservar la misma velocidad. No había duda, los rugidos que ahora eran más audibles, venían del interior.

Se acercó lo máximo que pudo y vislumbró una sombra que se agitaba dentro del núcleo, era como ver un huevo de dragón a la luz del sol. Aquello la asustó tanto, que retrocedió sin quererlo perdiendo la estabilidad del vuelo. Comenzó a dar vueltas sin control mientras caía, hasta que desplegó sus alas para poder planear. Respiró profundo. Miró al cielo nocturno y reponiéndose se encaminó hacia el punto rojo con cabellera de fuego.

– ¡Ayúdame! – por fin había descifrado la voz después de varios minutos. La figura que se revolcaba sin poder salir se veía borrosa y lo único que se resaltaba eran dos ojos verdes.

– ¿Qué eres?

– Un dragón.

– ¿Qué clase de dragón? – la pregunta era clave, ya que no conocía de ninguna que viviera dentro de los cometas.

– Un dragón de las minas – gritó, aunque solo se escuchaban un susurro del lado donde se encontraba Ivet.

Los dragones que vivían en las minas eran los más ricos de todo el reino, tanto que consideraban a las otras especies como inferiores, por eso nadie los quería, ni siquiera su Rey y, aunque nunca habían estado en guerra no los consideraban sus aliados.

La gran fortaleza que tenían estos dragones como clan, era que se protegían entre ellos, por eso encontrarse a uno solo y en una situación difícil era raro.

– ¡Sácame de acá! Un brujo me ha encerrado – le suplicó a Ivet y ella levantó una de sus cejas recelosa.

– ¿Cómo te llamas?

– Egil.

Dudaba de lo que debía hacer, porque su Rey siempre hablaba mal de aquel pueblo.

– Estoy muriendo, casi no puedo respirar – gimió y aquello la alertó aún más.

Un protector nunca permitiría que aquello ocurriera, era parte del juramento que los convertía en lo que eran. Así que echó un poco para atrás y botó una gran llamarada, pero este se confundió con el que abrazaba la esfera que retenía al dragón. Se retiró un poco para reflexionar, lo que estaba haciendo no iba a funcionar. Voló haciendo círculos mientras pensaba. Había una técnica que los dragones utilizaban en caso extremo; implicaba expulsar aliento helado en lugar de fuego, pero eso requería un esfuerzo enorme de sus pulmones y ya con el escaso oxígeno que había a esa altura, temía no lograrlo.

– Me ahogo – susurró el dragón de las minas.

Decidió que debía hacerlo, era necesario. Se acercó aún temerosa y respirando profundo cerró sus ojos. Expulsó todo el aliento que pudo almacenar por unos minutos en su pecho y disparó directo a la bola de fuego. La esfera comenzó a apagarse súbitamente y luego el sonido como de un cascarón al romperse la hizo sonreír. Una vez más, lo había logrado. Lo imposible siempre era posible. Así que abrió sus ojos para contemplar su obra, pero se sintió mareada y luego todo se tornó negro.

Caía sin remedio, girando sin control con el aire golpeándole las alas. Estas ahora replegadas por completo aceleraban aún más el inminente golpe que se daría contra el suelo. La oscuridad la camuflaba y temió que nadie descubriera lo que había pasado, su mayor virtud se convertía ahora en su enemigo.

Unas garras la aprisionaron con fuerza y luego sintió que comenzaba a elevarse nuevamente. Expulsó el aire que había contenido por unos minutos traduciéndose en un gran suspiró.

Un dragón de color verde volaba con ella entre sus patas, la había recuperado y, con la luna como testigo, recorrió el extenso cielo para luego posar el cuerpo desgonzado de Ivet sobre el suelo. Ella no se percató de aquello, hacía minutos que había perdido el conocimiento.

Cuando despertó se encontró atada al suelo como una prisionera y una figura caminaba de un lugar a otro murmurando entre dientes.

– Suéltame – exigió y se zarandeó fuerte para tratar de liberarse. Le costó trabajo entender cómo había llegado allí. Tenía la respiración agitada y observaba a su alrededor para detallar dónde se encontraba, hasta que se topó con dos ojos verdes que miraban disimuladamente. – TU … – le espetó con soberbia, pero fue la otra criatura quien habló primero.

– Egil te trajo hasta aquí porque estabas herida – el que hablaba era un anciano, por su dije que colgaba del cuello sabía que era un curandero. – Déjame soltarte, te movías mucho mientras dormías y con tu cola llena de púas casi destruyes todo el recinto.

Aquello la hizo sonrojar y al detallar que el joven estaba lleno de heridas en su piel, se avergonzó aún más. En ese momento, un dragón de contextura gruesa y acompañado de varios más entraron al salón.

– ¿Dónde estoy? – preguntó con voz suave al ver de quién se trataba.

– Mi nombre es Einar, rey de los dragones de las minas – le dijo. – Lo que has hecho por mi pueblo nunca lo olvidaremos. Fagua secuestró a mi hijo para debilitarnos, pero tú lo recuperaste. Aunque, debo confesarte que de no ser porque Egil ve en la oscuridad casi tan bien como en el día, no te hubiéramos encontrado.

Ella lo miró y sus ojos se conectaron. Aquel lazo perduró por años. No solo permitió que los clanes se unieran en uno solo, también que una nueva amistad naciera. Ahora ambos comparten mucho tiempo juntos haciendo lo que más les gusta; volar a través de la gran bóveda celeste bajo la luz de la luna, aunque Egil aún espera que Ivet algún día le diga que si.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

¿Te gustó? suscríbete para acceder a información VIP
Loading

MENU PRINCIPAL

LIBROS    CUENTOS    AUTOR

Deja un comentario