El Reflejo

Miraba el reflejo de su rostro sobre el agua de la laguna. Le gustaba imaginar que su hermana gemela aún estaba con ella. Nunca se separaban, iban juntas a cualquier lugar como si fueran una sola persona. Pero en días como hoy, la extrañaba aún más que nada en el mundo.

– ¡Ylín ya está listo!

Su madre había preparado su plato favorito con motivo de su cumpleaños número trece. Se limpió las lágrimas de los ojos y se levantó despacio para luego correr a su encuentro.

– ¿Qué hacías mirando el agua? – le preguntó inocentemente.

– Creo que vi una rana dorada – mintió. No le gustaba que su mamá se preocupara, ya tenía suficiente con los problemas del día a día para que ella le sumara un poco más.

La muerte de Nina había sido inesperada y tanto ella como su madre aún no aceptaban su partida, pero nunca hablaban de eso. No era un tema de conversación en la familia. Así que después de comer y de despedirse con un beso en la mejilla de su madre, salió a buscar a Roka su mejor amigo.

El bosque era parte del pueblo. Desde pequeños sabían que no debía ser alterado porque de él dependía la subsistencia de todo el ecosistema. Caminaba con tranquilidad para no afectar a los animales y los espíritus que allí habitaban. Entró en silencio y se dirigía al claro que se formaba al lado del río, allí con seguridad encontraría a su amigo. A él le gustaba pescar y el día era perfecto; no llovía y el sol se asomaba cálido y brillante en un cielo azul intenso.

Lo buscó durante toda la mañana y no lo encontró, entonces la tristeza volvió a invadirla y apretó sus labios para no llorar. Se dirigió a un pequeño riachuelo en el claro y se recostó sobre una roca mirando en dirección de la cascada mientras su mente viajaba junto con Nina. La caída de agua parecía mágica porque la luz chocaba sobre los hilos que se formaban creando pequeños arcoíris que decoraban con mil colores esa parte del bosque. Los colibríes se acercaban para bañarse tranquilamente sin temor alguno a ser atrapados y las mariposas revoloteaban entre los bejucos para tomar el polen de las flores.

Todo era hermoso y aún así su alma sentía que le faltaba su otra mitad. Tocaba el agua fría, parecía ceda de un color blanco que burbujeaba al chocar con las rocas que formaban el lecho del riachuelo. Visualizó su rostro sobre el manto líquido que caía debido a la fuerza de la gravedad. En la cascada podía ver su imagen de cuerpo entero sin ningún problema. Dejó que la fantasía llenara su mente y se contempló imaginando que su reflejo era Nina.

– ¿Quieres jugar? – le dijo con voz clara.

– ¡Si! Hollín – se respondió a ella misma y se echó a reír, esa era la forma como su hermana la llamaba cuando quería jugar.

Luego flexionó su tronco hacia adelante, pero el reflejo no lo hizo y en cambio le guiñó el ojo. Aquello la asustó tanto que dio un paso hacia atrás y la figura se esfumó. Se inclinó un poco hacia un lado para mirar por detrás de la caída de agua, pero no había nada, solo la pared de roca. Respiró profundo mientras sentía sus manos temblar, entonces las empuñó con fuerza. Dio un paso hacia adelante y entrecerró sus ojos para tratar de ver el reflejo nuevamente y allí se encontraba, pero esta vez sonreía.

Ylín comenzó a mover sus manos y la figura la remedó. Saltó varias veces en un solo pie y el reflejo hizo lo mismo. Se rascó la cabeza y se movía como si fuera un mono, y al voltear a mirar, la figura la estaba imitando. Comenzó a reírse a carcajadas de las tonterías que estaba haciendo, parecía que había regresado a su niñez junto con Nina. Ese era su juego favorito, su madre les huía cuando las veía en esa actitud porque no paraban de reírse mientras se copiaban perfectamente la una de la otra. Para las personas del pueblo, saber quién era quién, era imposible porque ellas eran dos gotas de agua y eso lo hacía más gracioso para las gemelas.

De pronto, el reflejo levantó su mano y le indicó que se acercara. Ylín arqueó sus cejas, no podía ser cierto lo que estaba observando con sus propios ojos. La que parecía su hermana volvió a sonreír.

– ¿Nina eres tú? – preguntó dubitativamente, pero con voz clara.

La figura asintió y dibujó una amplia sonrisa en su rostro. Después de ese día, la joven visitaba el bosque a diario para jugar con su hermana en la cascada. No importaba a qué hora llegara, ella siempre la estaba esperando con una expresión alegre en su rostro. Se comunicaban a través de señas; nunca fue un problema para las dos, con solo mirarse ya se entendían correctamente.

Ese día había llegado con Roka, porque no le había creído ni una sola palabra de lo que le había contado y la había llamado mentirosa. El peor error que alguien podía cometer era decirle que lo que estaba diciendo no era cierto, así que con la expresión contraída por la rabia que estaba sintiendo lo había retado.

– Te da miedo venir ¿cierto?

– ¿Miedo de qué? es una cascada.

– No es una cascada, es el espíritu de Nina.

– No le tengo miedo a los espíritus … ¿quién crees que soy? ¿un cobarde?

– Pruébalo – lo desafió – De lo contrario, pensaré que si lo eres.

Roka comenzó a caminar con paso fuerte en dirección al bosque, mientras Ylín lo seguía de cerca hasta que llegaron al claro del bosque al mediodía.

– No podemos demorarnos, va a llover – le dijo a regañadientes su amigo mirando al cielo.

– Ven y te darás cuenta que no miento.

El chico la siguió, obedeciendo a cabalidad las órdenes que la joven le daba. Se ubicó en el mismo lugar que ella lo hacía y le indicó hacia donde mirar para que pudiera ver el reflejo, pero Roka negó con la cabeza.

– Lo estás haciendo mal, déjame a mí.

Le cedió el paso y ella se ubicó de la misma forma cómo lo venía haciendo las últimas semanas, pero tampoco vio nada y se rascó la cabeza. No entendía lo que estaba pasando. Después de intentar varias posturas y de acercarse y alejarse un sin número de veces, se le ocurrió una idea.

– Es mejor que te ocultes, puede que este nerviosa con tu presencia.

– ¿Por qué iba a estar nerviosa? Si nos conocemos desde siempre.

– No lo sé – se encogió de hombros ­– pero hazme caso … yo te avisaré si la veo.

Así que Roka se escondió entre la vegetación a esperar. Estaba aburrido, pero no se marchaba porque de lo contrario Ylín lo perseguiría por días diciéndole que era un cobarde y él, no era nada de eso. Apretó la boca y se sentó mientras dibujaba con una rama en el suelo.

Ella se ubicó enfrente de la cascada y abrió su boca para llamarla, pero no tuvo que hacerlo porque inmediatamente la vio y sonrió.

– ¿Dónde estabas? – le preguntó. – Voy a decirle a Roka que llegaste …

Cuando intentó retroceder, la joven del otro lado alzó sus manos para detenerla y luego le indicó que hiciera silencio.

– ¿Por qué? – preguntó. – Él ha sido nuestro amigo de toda la vida.

Su hermana negó sutilmente y luego la miró. Levantó su mano para ofrecérsela con una actitud cálida y movía su cabeza para indicarle que la tomara. Ylín estaba confundida, cómo iba a lograr hacerlo si solo estaba el reflejo sobre una caída de agua, pero Nina insistió sin dejar la expresión en su rostro. Ella dudaba y miró en dirección de Roka, pero lo vio concentrado jugando con un palo.

“Típico … espera que me invites a pescar y te diré lo aburrido que es para mí” y luego pensó en la invitación de su hermana “¿Por qué estoy dudando? Es Nina …”

Tomó una buena bocanada de aire y estiró su mano en dirección de la cascada. Sintió el agua fría tocar su piel, estaba fresca, deliciosa y la introdujo un poco más hasta llegar a la muñeca. Unos dedos rozaban los suyos y alzó su vista para mirar los ojos que estaban del otro lado. Sonreían y sus manos se entrelazaban. Su corazón se iluminó y su pecho se llenó de esperanza al sentir como Nina la empujaba hacia el interior del chorro de agua.

En la medida en que su brazo ingresaba la sensación de tibieza que había sentido al principio, se transformó en un frío intenso que la hizo retroceder, pero su hermana cogió su mano con fuerza y la jaló. El movimiento hizo que perdiera el equilibrio empujándola hacia adelante. La temperatura del otro lado era tan baja que su piel comenzó a dolerle y alzó sus ojos para buscar desesperadamente a Nina.

Ella dibuja una expresión de complacencia en su rostro, pero había algo que parecía falso, irreal.

– ROKA – gritó con toda su fuerza aprisionada por el miedo que no la dejaba pensar con claridad.

Había clavado sus botas sobre las rocas para impedir que se la llevara al otro lado, pero las piedras lizas como una baldosa no facilitaban la tarea y sintió que se deslizaba poco a poco. Tomó agua cuando su cabeza atravesó el umbral y su piel se erizó al sentir un viento helado que movía su cabello violentamente.

En ese momento se dio cuenta que la criatura que la tiraba de la mano no era Nina. Su cuerpo etéreo dibujaba un rostro huesudo con ojos azules que brillaban como si fueran estrellas y en la parte superior de su cabeza, emergieron dos cuernos terminados en punta. Ya no sonreía, por el contrario, tenía una expresión contraída de forma maligna y dibujaba una línea gruesa en lo que se suponía eran sus labios.

– “SUÉLTAME” – gritó Ylín, pero no salió ningún sonido.

En cambio, el ser que la sujetaba con rabia e introducía sus largas uñas puntiagudas en su piel, gruñía como un perro rabioso en su afán de introducirla completamente a su mundo.

Estaba aterrorizada y buscaba con su otro brazo, algo con que sostenerse para contrarrestar la fuerza que la bestia producía. En ese momento, sintió que alguien tomaba su mano y pensó en su amigo, sus dedos se entrelazaron y el empuje en sentido contrario la estiró al máximo.

Por unos segundos creyó que todo sería en vano, sus botas seguían resbalándose y poco a poco su tronco comenzaba a ingresar en aquel ambiente frío y hostil, pero Roka la aferraba hacia él con firmeza y después de varios minutos de forcejeo, cayeron hacia atrás el uno encima del otro en el riachuelo.

Mojados, se sentaron con dificultad en la pequeña playa que se formaba al lado del río y su amigo se quedó mudo al ver la marcas en su brazo. Parecía como si un animal salvaje la hubiera arañado con sus garras afiladas. Ella lo abrazó entre sollozos porque no podía creer en lo que había pasado. Roka la estrechó con fuerza y se quedaron allí por varios minutos mientras lograban retomar la calma.

Regresaron y le contaron a su madre todo lo que había pasado. Ella la calmó y la acompañó durante toda la noche para que pudiera dormir sintiéndose segura. Al día siguiente, cuando regresaron a investigar iban acompañadas del Chamán del pueblo, pero lo que encontraron fue aún más extraño todavía, la cascada había desaparecido y el riachuelo se había secado como si nunca hubiera estado allí.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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