En el Interior de la Mansión

Era de noche, la hora perfecta para entrar a hurtadillas en la mansión abandonada. Las abejas hacía décadas que se habían declarado propietarias de todo el lugar. Alborotadas se amontonaban sobre las cabezas de los intrusos y más de uno salió corriendo entre gritos para que no los picaran. Pero ella no era como las demás niñas y su última raspadura, que ahora le dolía como un demonio porque se había abierto al flexionar las piernas para acuclillarse en una esquina, se lo recordaba.

La vida es para los valientes se animaba cuando …

– ¡Augh! – gimió. La habían picado.

Xamira, su mayor enemiga la miró con una sonrisa maliciosa.

– Estoy escuchando un quejido Tara.

Su expresión burlona hacía que la detestara un poco más. Buscó el aguijón y lo retiró de un solo tirón al tiempo que le respondía con el mismo sarcasmo.

– No te preocupes, no voy a dejarte sola, voy a estar aquí para ver como sales llorando.

– Ni lo pienses.

La apuesta había sido clara. El último se llevaría todo el lote.

Después de media hora, quedaron solas. Los demás habían huido como ratones asustados buscando refugio. Se miraban recelosas la una con la otra. Xamira era alta de tez blanca y ojos azules. En cambio, ella tenía un hermoso color chocolate en su piel y su cabello lleno de trenzas combinaba perfectamente con sus intensos ojos negros. Eran tan diferentes, pero al mismo tiempo tan iguales que por eso no podían llevarse bien, bueno eso era lo que siempre decía la profesora Katia cuando se peleaban. Las dos tenían el mismo temperamento, aunque, para Tara el solo hecho de pensar que se parecía en algo a Xamira le producía náuseas.

– ¡Aich! – ahora fue Xamira la que se quejó.

Se levantó de un salto.

Demasiado rápido pensó Tara al ver el movimiento de su contrincante.

– ¡Augh! – volvió a decir y esta vez golpeó con fuerza la indefensa abeja que aún luchaba por abandonar su brazo.

El número de insectos voladores aumentó y la joven comenzó a mover sus manos descontroladamente para alejarlas, sin conseguirlo.

Maldijo entre dientes y un segundo después salía de la casa entre gritos desesperados.

Tara sonrió con suficiencia y recostó su espalda sobre la pared. Pensó en quedarse un poco más para demostrarles que no estaba desesperada por salir. Se tomaría todo el tiempo que se necesitara, hasta que aburridos, terminaran llamándola. Sonrió con complacencia.

Se levantó despacio y comenzó a explorar la casa. Según las historias del pueblo, llevaba más de cien años desocupada. De un momento a otro, su dueña, una señora que amaba la naturaleza desapareció. Los familiares la buscaron por meses, pero nadie dio con su paradero y luego con el tiempo, simplemente la casa quedó en el olvido.

Decidió que tenía suficiente tiempo para dar un vistazo, pero cuando se disponía a subir al segundo piso, escuchó que gritaban.

– ¡TARA!

La voz silbaba y parecía ser de un adulto, así que tuvo miedo, pero solo por un minuto. La casa estaba vacía no podía haber nadie, luego pensó en su abuela y el temor regresó triplicado. Buscó la puerta trasera para escapar, pero cuando se disponía a hacerlo, Xamira volvió a entrar y se toparon de frente.

–¿Qué haces acá? – le espetó.

– Como no salías pensé que te habías desmayado – había sarcasmo en su voz.

– Pues no lo estoy.

Un grupo de abejas que zumbaban a su alrededor se alborotaron al percibir los gritos de ambas.

– ¡Shh! – exclamó Tara molesta.

Pero era demasiado tarde y Xamira sintió uno de esos aguijones ardientes en su cuello y se quejó.

– ¡Quédate quieta! – le dijo Tara mientras se acercaba para calmarla porque la cara de estupor de su mayor enemiga le decía que estaba perdiendo el control.

Los manotazos que Xamira lanzaba al aire aumentaron y con ellos la agresividad de los pequeños insectos que ahora se encizañaban con la pobre niña.

Al ver lo que sucedía, Tara rasgó una de las cortinas gruesas que colgaban de las ventanas y la cubrió. La niña parecía sollozar de rabia y ella resopló de mala gana. Se encogió de hombros y se introdujo dentro de la tela para socorrerla.

– Tenemos que salir de aquí – le dijo a Xamira.

Ella asintió y comenzaron a moverse para acercarse a la puerta, pero sin poder ver con claridad tropezaron con una de las lámparas que se erguían con elegancia desde el piso. La estructura metálica no dudo en pendular sobre sí misma y como estaban dentro de la manta no pudieron atajarla. Así que tuvieron que presenciar con impotencia cómo se aporreaba violentamente contra las baldosas. El sonido metálico hizo mella en los insectos que, alborotados, buscaban a las culpables de semejante desfachatez.

Las dos, debajo de la cortina, permanecían agazapadas aguantando la respiración, pero el zumbido no parecía cesar y al tratar de moverse para avanzar el ruido aumentó.

 – ¡VEN TARA!

La voz silbante había regresado.

– ¿Quién está hablando? – preguntó Xamira nerviosa.

Tara se encogió de hombros y con lentitud se asomó por debajo. Su mejilla apoyaba el piso lleno de polvo mientras uno de sus ojos miraba a través de la cortina. El susto al ver lo que había del otro lado fue tan grande, que al retroceder chocó con el cuerpo de la antipática Xamira, quién reaccionó empujándola hacia adelante.

– DILE A TU AMIGA QUE TAMBIÉN PUEDE VENIR – el silbido se escuchaba tan claro que parecía que estuviera al lado de ellas.

– Debemos salir de aquí … rápido – Tara hablaba con la voz entrecortada.

– Estás nerviosa – el tono burlón de Xamira había regresado.

– Cállate y cuando te diga, no pares de correr – y acto seguido, Tara se levantó con la cortina aún cubriéndolas.

Parecían dos fantasmas en una mansión embrujada, pero uno que estaba ciego y a cada paso que daban, las cosas se atravesaban por su camino impidiéndoles caminar en línea recta. Entre tantos atajos terminaron chocándose con un viejo reloj de torre. La estructura hecha de madera se tambaleó, inclinándose peligrosamente y amenazando con caer.

Tara se apresuró a cogerlo y salió de su manto protector quedando al descubierto. Las abejas no dejaban de zumbar alrededor suyo. Pero solo cuando puso sus manos sobre la madera, se dio cuenta que había sido una enorme equivocación porque ella era muy pequeña y no tenía la fuerza para impedir que se viniera abajo. El objeto cayó y fue tanto el estruendo que el reloj se fracturó en varios pedazos. Ella quedó inmersa en una nube de abejas alborotadas que no sabían para dónde volar.

En medio del gran salón, sin una cortina que la cubriera, pudo ver quién estaba hablando. La criatura se movía como si danzara. Crecía en tamaño en la medida en que las abejas acudían a su llamado en una especie de red viviente que comenzaba a tocar el techo de la mansión.

Tara estaba congelada a causa del estupor. Trató de hablar, pero no salía nada de su boca. De repente, Xamira la tomó de la mano y al jalarla varias veces, consiguió que entre trompicones su enemiga comenzara a caminar. Sin embargo, la nube de insectos zumbó en un claro mensaje de reproche, bloqueándoles la salida. Así que tuvieron que improvisar, sin pensar mucho y aún tomadas de la mano, corrieron escaleras arriba mientras los llamados de la criatura no cesaban.

Les pisaba los talones, pero, las pequeñas eran tan ágiles como una liebre y en pocos minutos encontraron una ruta de escape para lograr abandonar el lugar. Entraron a una de las habitaciones que estaban abiertas y saltaron por la ventana sin mirar lo que había del otro lado. Rodaron por el techo y luego del vacío siguió el golpe sordo contra el piso. No hubo tiempo para quejas, ambas se colocaron de pie como si estuvieran hechas de un material resistente y atravesaron el inmenso jardín de la mansión.

Ninguna de las dos hablaba. El silencio se prolongó por varios minutos mientras no dejaban de jadear. Miraban de vez en cuando hacia atrás por si aquella cosa pudiera salir a perseguirlas. Fue Xamira la que rompió el mutismo en el que se encontraban.

– Salvarte la vida es agotador.

– Estaba bien hasta que entraste … la histérica a causa de las abejas era otra.

– Eso es cierto – apuntó. – Pero si no te cojo la mano aún estarías congelada por el susto.

– Y qué susto – Tara la miró por un momento. – ¿Qué no se te suba a la cabeza?

– No te preocupes, siempre he sido humilde – Sonrió.

Tara también sonrió y se miraron con complicidad. No necesitaban palabras para saber, que si no hubiera estado juntas, tal vez no hubieran podido salir de allí.

– Nos veremos de nuevo Xamira – le dijo moviendo la cabeza hacia atrás mientras se alejaba calle abajo.

– Eso espero – le respondió y tomó la dirección opuesta.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2021. Fernanda Maradei

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