La Cascada de Fuego

Ya ni siquiera corría, rodaba por la colina. Perdió el equilibrio cuando lo impactó la energía que escondía la cascada de Fuego. Su cuerpo golpea los arbustos y matorrales en su aparatoso descenso. En su cabeza solo podía conservan un único pensamiento.

“Detente … detente” suplicaba mientras se golpeaba con todo lo que aparecía a su paso.

Cuando abrió los ojos estaba solo en medio de la selva. Al mover su cuerpo, sintió un dolor agudo que le erizó la piel del cuello, era su pierna, estaba rota. Se sentó con dificultad y se arrastró ayudándose de las manos para apoyarse en el tronco de un árbol, pero fue inútil el dolor no lo dejaba moverse.

“¿Cómo es posible que todo hubiera salido tan mal?” pensó.

Lo había planeado por meses. Se había preparado para defenderse en caso de un ataque. Entrenaba a diario para fortalecer no sólo sus músculos, también su resistencia a la fatiga. Era rápido, mucho más que cualquiera de los de su tribu e inteligente. Por varios años consecutivos fue proclamado el mejor guerrero. Había estudiado cada uno de las piezas de cuero que consiguió durante sus travesías a lo largo del territorio, pero mantuvo el secreto de lo que había encontrado para evitar que se le anticiparan y por eso vivía solo. Ahora en medio de la vegetación y herido sin poder levantarse, se lamentaba de no tener a un amigo que lo ayudara. Percibió que algo se quemaba y miró a su alrededor. Era lo último que le faltaba, morir en un incendio forestal y que nadie hubiera conocido su hazaña. La mejor aventura de todos los tiempos.

Una pequeña estela de humo apareció delante de sus ojos y bajó la vista.

“El suelo” pensó horrorizado y retrocedió ayudado de sus manos. El dolor lo hizo gemir por un segundo y apretó la boca mientras aguantaba la respiración. Las trazas de ceniza y el olor a hollín lo perseguían, y nuevamente estaban ante sus ojos.

– Pero ¿qué es lo que sucede? – se dijo sin entender.

Repitió su última acción para corroborar lo que ya su visión había mostrado. El fuego se producía cuando sus manos apoyaban el piso. La yerba al contacto con su piel se encendía inmediatamente. No cabía en su asombro cuando sintió cómo el calor se esparcía por todo su cuerpo hasta llegar a su pierna. Después de un momento, el dolor disminuyó y se tocó para comprobar que se había sanado. Había conseguido lo que por años había perseguido, pero la alegría era amarga al ver que en sus manos se delineaban trazos brillantes de color amarillo y naranja como el fuego. Las líneas brillaban y al tocarlas podía percibir el calor que fluía a través de su piel.

Regresó hasta su viejo bohío a las afueras del pueblo. Con el pasar del tiempo comenzó a aislarse de los demás para mantener su secreto a salvo. A veces, no se reconocía porque del guerrero amiguero que fue, solo quedaba un ermitaño que no hablaba con nadie. Constantemente se repetía que sus amigos lo entenderían cuando lo hubiera logrado y entonces todo volvería a ser como antes.

Llegó un poco antes del amanecer a su casa. La costumbre hizo que cogiera el pomo con su mano y este se encendió enseguida. Las llamas crecieron devorando sin piedad su única morada, sus recuerdos, su vida. Se quedó pasmado, absorto por los mil pensamientos que atormentaban su cabeza. Ni siquiera se le ocurrió entrar y salvar lo poco que tenía, al fin y al cabo, él ahora era el mismo fuego.

Los habitantes llegaron para ayudarlo, pero no había mucho que hacer y nada que rescatar. Se quedó mirando como las llamas bailaban sin cesar en un frenesí destructivo y mordaz, destruyendo en minutos lo que había construido por años.

– ¿Se encuentra bien? – le preguntó un viejo que se acercaba levantando su mano para ayudarlo.

Newén retrocedió bajando sus brazos para evitar tocarlo. La actitud frenó al anciano que levantó sus cejas al notar las líneas de fuego en la piel.

– Estoy bien– le contestó en voz baja al líder del pueblo.

Una mujer también se aproximó, pero el viejo la detuvo para que no avanzara.

– Está maldito – le dijo.

Aquellas palabras golpearon su alma con tanta fuerza, que aún después de meses, Newén las mantenía grabadas en su memoria como si las hubiera escuchado la noche anterior. Él quería poder, quería ser el más fuerte de todos, ser invencible para que le temieran, y lamentablemente, lo había conseguido. Pero el regalo de la cascada de Fuego trajo consigo otras cosas y ahora deambulaba solitario por el mundo. Poco a poco comenzó a añorar su vieja vida, cuando era solo un joven en busca de desafíos y de aventuras que compartía con sus amigos y aunque no era poderoso, era amado y respetado por ser el mejor guerrero de su tribu.

Un día, mientras caminaba bordeando uno de los tantos ríos que recorrían el territorio, una chica salió de imprevisto entre la vegetación y chocó con él de frente rebotando en el suelo como una pelota.

– ¡Augh! – se quejó tocándose su brazo con cuidado.

– ¡Lo siento! – dijo aún aturdido.

No supo de dónde había salido e inmediatamente un lobo blanco saltó sobre él clavándole los colmillos y moviendo su cabeza para desgarrar la piel. Cayó de espaldas sobre el piso golpeándose con fuerza y levantando una estela de polvo que los cubrió por unos minutos. Un segundo después, el animal salía despavorido con humo saliendo de su pelaje. Se internó nuevamente en la selva. Aullaba y sus quejidos se escucharon varios kilómetros a la redonda.

Newén se levantó con sangre en sus brazos que ya ensuciaba sus ropas, pero el calor de su interior hacía su trabajo y el dolor empezaba a menguar. Buscó a la chica con sus ojos y la encontró aún sentada cubriéndose la quemadura que él le había provocado, pero a diferencia de los demás en su mirada no había miedo sino curiosidad.

– ¿Te encuentras bien?

– Me has lastimado – refunfuñó mientras se colocaba de pie y su cara era seria.

La joven se acercó al riachuelo y mojó su brazo para aliviar el dolor.

– Si … ya te pedí disculpas.

No lo miraba, estaba concentrada buscando algo de su morral. Desocupó su contenido y decenas de pequeños frascos se esparcieron por toda la orilla. Cogió uno y después de untar con él un lienzo comenzó a colocárselo para taparse con cuidado la quemadura.

– Espero que no me deje una cicatriz – dijo al terminar.

– ¿Eres una curandera?

Al escuchar su voz, la joven se giró para mirarlo, parecía que había olvidado su presencia por unos momentos. Avanzaba y a cada paso que daba lo hacía despacio alargando su cabeza para detallarlo completamente, hasta que quedó enfrente de Newén.

– ¿Qué sucedió contigo? – preguntó.

Se quedó mudo sin saber qué responder. En los años que llevaba vagando por el mundo, había recibido comentarios de todo tipo. Desde maldito hasta monstruo, pero nunca nadie le había preguntado qué había ocurrido. Así que le contó su historia y lo que había pasado en la cascada de Fuego cuando intentó tomar la energía de ella. Liu lo escuchó detenidamente y hasta preparó la fogata y la cena con tal de que él no se detuviera, estaba concentrada escuchando cada una de las historias que narraba.

– Entonces estás maldito – resumió. La cara de tristeza que puso Newén le decía que debía seguir hablando para hacerse entender, así que continuó. – Me acabas de contar que la cascada de Fuego se ilumina con el sol cada cuatro años esperando al elegido, solo a él le dará su poder … creo que tú no lo fuiste.

– ¡¿Eh?!

– Creo que cuando trataste de tomar la energía, la fuerza que sentiste fue su rechazo hacia ti. Conclusión: no eres el elegido así que te maldijo.

– Gracias … por nada – estaba molesto, aunque en el fondo sabía que era cierto. Él ya había llegado a la misma conclusión.

Al ver la cara de malestar que había puesto Newén, Liu siguió indagando.

– ¿Qué esperas que te dijera?

– No lo sé … llevo horas contándote todo por lo que he pasado y tal vez … tal vez creí que por primera vez alguien me entendería … tú también …

– Yo también ¿qué?

– Por la forma como sabes preparar un campamento y el equipaje que llevas … diría que deambulas como yo … viajas de allí para acá, tienes pocos amigos y tal vez eres una … ¿aventurera?

Que alguien pensara que ella era aventurera, le causó mucha risa y soltó una carcajada que ahuyentó a los pequeños animales que merodeaban cerca del lugar. Una persona tan reflexiva como lo era ella no podía dejar nada a la suerte, eso simplemente explicaba que él no la conocía en lo absoluto. La verdad es que Liu vivía sola desde la muerte de sus padres, viajando de pueblo en pueblo para aprender el oficio de la curación y ganarse la vida. Podía ser todo, menos una aventurera, pero era cierto, llevaba años recorriendo los caminos sola y un poco de compañía era lo que necesitaba hacía mucho tiempo.

Después de ese ese día, no se separaron y mientras se desplazaban de un lugar a otro, buscaban la cura para la maldición de Newén. Se convirtieron en buenos amigos y ella se dio cuenta del rechazo que los demás le tenían, era como si portara una enfermedad contagiosa. Lo curioso era que, era él quien evitaba tocar a los demás, así que nadie lo tocaba. Aunque la mayor parte del tiempo su actitud era alegre, Liu sabía que aquello lo estaba matando, su cuerpo se degradaba por culpa del fuego que llevaba por dentro.

La travesía de tantos años lo regresó a su punto de partida y ahí estaban, contemplando la cascada de Fuego en toda su majestuosidad. Su amiga, lo convenció para que subieran hasta la cueva dónde él había tomado la energía. Entraron con cautela, pero el lugar parecía muerto. Newén le había contado que la energía recorría las paredes y podía verse a simple vista, pero lo que tenían ante sus ojos era roca, no había nada más.

– No fue una maldición – dijo Liu mirando con detalle su alrededor.

– ¿Qué estás diciendo?

– ¡Míralo! Este lugar no tiene magia.

Giró sobre sí mismo para observarlo completamente desde el suelo hasta el techo y luego se acercó a una de las paredes. Colocó su mano sobre ella y la sintió fría, áspera, arenosa.

– Crees que…

– Recibiste el poder que estabas buscando. La cascada de Fuego te lo dio.

Aquella revelación lo dejó sin habla y retrocedió un paso porque no tenía sentido. Había buscado grandeza, pero lo que había encontrado había sido soledad.

Algo carraspeó la roca y los dos voltearon a mirar al interior de la cueva. Unos ojos naranjas se asomaban desde la penumbra y avanzaban lentamente. El hocico ancho terminado en punta mostraba unos colmillos largos que los amenazaba. El animal bufó al verlos.

Los dos retrocedían, Newén mantenía su bastón de metal en la mano que ardía con su contacto. Esperaba cualquier movimiento del dragón para atacar.

– Vete de acá Liu … corre yo te protegeré – le dijo a su amiga.

– ¡No! espera … no quiere atacar.

Él la miró sin comprender, tenían un animal de más de 4 metros de altura que los miraba fijamente y ella estaba tranquila, observándolo con curiosidad. Tenía la misma mirada del día en que se conocieron. Liu levantó sus manos y avanzó un paso mientras le hablaba a la bestia.

– No queremos hacerte daño – se percató de que tenía un huevo entre sus garras y volteó a mirar a Newén. – ¿Por qué la cascada dona su poder cada cuatro años?

– ¿Por qué? ¿De qué hablas? Este no es un buen momento para que debatamos las viejas escrituras.

– Vamos Newén piensa ¿Por qué?

– Porque cada cuatro años la temperatura del territorio se eleva y todo el ambiente se vuelve caluroso. La sequía baja el nivel del agua y es posible entrar a la cueva a través de la cascada para …

– Poner un huevo.

– ¿Poner un huevo?

– ¿Vas a seguir repitiendo todo lo que diga? – refunfuñó su amiga y el dragón gruñó.

No había dejado de mirar a Newén y con sus garras acercó el huevo hacia él.

– ¿Qué sucede? – dijo él retrocediendo nuevamente.

– ¿No te das cuenta? – puso sus ojos en blanco. – Podrás ser un excelente guerrero, pero te falta sentido común. – lo regañó e hizo una pausa esperando a que él entendiera.

– ¿Vas a decírmelo? O quieres que nos quedemos aquí toda la tarde con este animal mirándome como si me fuera a comer.

– El poder que le robaste a la cascada le pertenece a los dragones.

– Pero las escrituras decían que sería el más poderoso de todas las criaturas.

– ¡Aja! – y Liu volvió a abrir sus ojos, pero en vista que Newén no entendía sus insinuaciones tuvo que explicarle. – Los dragones son las criaturas más poderosas.

– Ahhh … ya entendí.

La bestia volvió a bufar con delicadeza mientras le mostraba su huevo.

– ¿Qué debo hacer? – le susurró y luego miró al dragón para dirigirse a él. – ¿Dime cómo puedo ayudar a tu cría y con gusto lo haré?

– Devuélvele el poder a la gruta – respondió y ambos retrocedieron con torpeza al escuchar la voz profunda que salía del animal. – Si me das el fuego de tu interior, serás el guerrero más noble de todos … ahí está el poder que buscabas.

Newén avanzó con paso firme hacia una de las paredes.

– Ya la toqué antes y no pasó nada – se quejó.

– Debes abrir tu corazón – respondió.

– Está bien – extendió su mano que brillaba con sus líneas naranjas que lo habían acompañado durante los últimos años. – Abre tu corazón – murmuró “Cómo si eso fuera tan fácil” pensó.

Cerró los ojos y lo primero que vino a su mente fue Liu, con sus ojos negros de pestañas largas y su cabello que recogía en trenzas. Pensó en sus viajes y sus conversaciones interminables sobre las leyendas y cuentos de su pueblo. En su boca y sonrió, y luego en su piel tersa que nunca había podido tocar aún si lo deseaba desde hacía ya varios meses. Después, todo se tornó blanco y se sintió caer.

Cuando despertó estaba al lado del riachuelo, viendo la cascada de Fuego en todo su esplendor. La luz del sol la tocaba y la hacía brillar tanto que parecía arder como la lava de un volcán. El tono naranja resaltaba con el azul del cielo y fue cuando vislumbró a un dragón que volaba con un pequeñín persiguiéndolo. Lo siguió con la mirada hasta que sus ojos se toparon con unos que lo estaban observando con intensidad y sonrió.

– Lo logramos – le dijo una boca de labios rojos mientras acariciaba su cabello retirándoselo de la frente.

– ¡Me estás tocando!

Liu asintió con una expresión llena de alegría.

– Ahora estás sano.

Así que Newén se sentó para poder mirarla mejor y por primera vez la tocó. Pasó sus dedos sobre su mejilla con delicadeza, sintió su piel suave y luego enredó su mano entre sus trenzas.

– Todo es gracias a ti – murmuró y tomó con sus manos el rostro de la mujer más bella ante sus ojos y la besó con dulzura.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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