La Cazadora de rayos

Trató de detenerse, pero no podían asir nada y cuando encontraba un bejuco o una rama se le escapaba de las manos. Los rayos caían y la lluvia se acrecentó de un momento a otro. Se deslizaba con rapidez, pero estaba ciego.  Sentía su cuerpo golpearse con todo lo que se atravesaba y de pronto el piso se desvaneció. El vació en la boca de su estómago le hizo entender que estaba cayendo.

Llevaba más de dos días caminando sin problema, pero esa mañana todo cambió. La tempestad acariciaba la tierra de forma hostil y parecía no dar tregua. El viento azotaba sin piedad todo lo que se cruzara a su paso llevándose por los aires plantas y animales pequeños por igual. El manto que utilizaba para cubrir su cabeza de la lluvia estaba completamente empapado y ahora le pesaba, se le enredaba en sus piernas para luego elevarse empujándolo hacia atrás, obligándolo a retroceder una y otra vez. Se había inclinado hacia adelante para resistir la fuerza del viento que parecía la de mil hombres.

Al caer, pensó que había cometido un error al insistir en el viaje, pero no podía aplazarlo, era imperativo que llegara a Mangue antes de que el Sol se ocultara. Aunque por lo difícil que estaban resultado las cosas, lo más sensato hubiera sido detenerse a descansar hasta que la tormenta hubiera acabado. Todo estaba completamente mojado y lo que antes era un camino se convirtió en un pequeño riachuelo donde circulaba agua y barro. Se alejó en dirección del cerro, pero allí el lodo apenas cubría la superficie lo que hacía que el piso fuera resbaloso, obligándolo a caminar con precaución para no caerse. El agua que caía del cielo lo bañaba completamente y decenas de rayos que chocaban con la tierra desplegando sus sonidos estruendosos hacía vibrar el suelo. Decidió apresurar la marcha y correr, pero cayó de bruces sin poder evitarlo, golpeándose en la cara. Quedó inconsciente por unos minutos y cuando recobró el sentido se deslizaba sin control a lo largo de un barranco ensuciándose de pies a cabeza. Luego, cayó del precipicio.

Abrió sus ojos con lentitud y vio a una joven que se encontraba de espalda a él. Había anochecido y la luna llena alumbraba el lugar como un gran faro en el cielo. La lluvia había cesado y aunque todo estaba inundado, curiosamente su ropa se encontraba seca. Se sentó con dificultad sin dejar de mirarla y luego observó a su alrededor. Estaban en la entrada de una cueva en la parte baja del cerro.

– Fue una horrible caída – comentó la joven girando para poder darle la cara y después de sonreír siguió hablando. – Mi nombre es Nayarak.

– Atoq – le respondió él y le tendió la mano. – Gracias por ayudarme, creo que la buena suerte aún me acompaña.

Ella asintió y se volteó para seguir con sus labores.

Él se tocó sus brazos y luego sus piernas buscando indicios de alguna fractura, pero parecía que estaba en perfecto estado. Sonrió con suficiencia al acordarse de las palabras de su abuela cuando era pequeño.

“Eres tan flexible que pareces un gato … tienes como siete vidas en ese cuerpo” ese recuerdo lo hizo sonreír. “Después de todo la caída no debió ser tan aparatosa y el agua amortiguó el golpe” pensó.

Se acercó para verla trabajar y ella sonrió. Cerraba unos cuernos largos y luego los colocaba ordenadamente sobre una pila que amarró con una reata larga de cuero. Atoq notó que había separado unos cuantos que eran más pequeños que el resto y los metió en un morral. Solo uno de ellos quedó en sus manos.

– ¿Quieres? – lo convidó ofreciéndoselo.

– Claro … – se acercó con curiosidad. – ¿Qué es?

– Energía.

– ¿Energía?

– La necesitarás – respondió mientras la abría.

El olor de una bebida exquisita lo atrajo aún más, pero por más que trataba de identificar de qué se trataba, no daba con ella. Nunca había olido algo así, era algo nuevo. Lo que vio lo sorprendió aún más, la luz que había en su interior se reflejaba en sus ojos. Una maraña de destellos intermitentes con luces amorfas que chocaban las unas con las otras como queriendo escapar de su encierro no merecido.

– ¿Qué es esto? – volvió a preguntar rechazando su contenido con tal brusquedad que por poco cae al suelo.

– ¡Cuidado! – exclamó Nayarak alarmada. – Los rayos son realmente difíciles de capturar y no sabemos cuándo será la próxima tormenta.

Él abrió sus ojos e inmediatamente comenzó a retirarse. Estaba asustado. Los cuentos de brujas eran muy comunes en su pueblo, y aunque nunca se había encontrado con una, les tenía miedo, y definitivamente la joven que tenía enfrente suyo no podía ser otra cosa que una de ellas.

Las nubes se movieron y permitieron el paso de los rayos de luz que venían del cielo para posarse suavemente sobre Nayarak. Ella lo miraba todavía con la expresión sería de solo pensar que faltó muy poco para que se derramara el contenido del cuerno. Levantó la mano para llevárselo a la boca y tomar un buen sorbo que destelló en la medida en que bajaba por su garganta. La luna iluminó su rostro desvaneciendo su piel para dar lugar a un ser traslúcido donde emanaba un tono azul que delineaba su contorno.

Atoq retrocedió tan intempestivamente que se resbaló sobre el piso húmedo y cayó de espaldas, pero no le importó, con ayuda de sus manos y pies echaba hacia atrás en un afán de alejarse de aquella bruja que seguía mirándolo de forma severa.

– ALÉJATE – le gritó nervioso, aunque ella no se había movido.

En cambio, Nayarak había transformado la expresión de su rostro. Ahora reflejaba diversión.

Él trató de levantarse, pero cayó nuevamente. Estaba desesperado de no ser capaz de coordinar sus piernas con sus manos para por lo menos colocarse de pie.

– ¿Qué estás haciendo? – preguntó Nayarak muerta de risa.

– Te dije que te alejes bruja.

Las carcajadas que le siguieron a esa amenaza lo dejaron perplejo y pensó que tal vez aquella criatura era la más malvada de todas y que definitivamente todo estaba perdido.

– Es mejor que bebas un poco o de lo contrario comenzarás a desvanecerte – le dijo ofreciéndole otra vez el cuerno.

La miró con perplejidad y al tratar de abrir la boca para replicarle a ese ser abominable engendrado por la oscuridad, ella se adelantó señalándole su brazo.

– La luna ha comenzado a afectarte.

Fue solo al verlo que su miedo se triplicó. Su mano comenzaba a desaparecer frente a sus ojos.

– ¿Qué me has hecho? – gimió.

– Tu te lo hiciste ¿qué esperabas? Caíste de una altura de más de veinte metros – se alejaba de él y comenzaba a preparar su equipaje para partir. – No tengo tiempo que perder, vienes conmigo o vas a seguir quejándote y llamándome bruja.

Atoq la miraba partir sin atreverse a levantarse, solo el dolor del rayo de luz lastimando su piel lo hizo reaccionar.

– ¡ESPERA! – ella se detuvo y lo miró. – ¿En qué me he convertido? ¿Quién eres?

Nayarak tomó el cuenco y lo abrió para ofrecérselo, su sonrisa había vuelto.

– Solo soy una viajera … toma un poco, es importante que mantengas la energía de tu cuerpo.

– ¿Qué somos?

– Espectros.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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