La Cueva Bakartia

Se levantó de la cama y cubrió su cuerpo con una sábana. Caminó hasta el balcón para ver toda la ciudad. Sus ojos eran completamente negros porque el tono original de su iris nunca había regresado después de la ceremonia.

– Retírate, quiero estar sola – le ordenó Maya.

El guerrero acató las órdenes inmediatamente, así que se puso de pie sin decir palabra y desapareció de la habitación dejándola sola. Habían pasado dos meses desde el ritual en la cueva Bakartia y ahora se encontraba en la ciudad principal de las tierras del norte. Curiosamente, siempre que regresaba de sus estados de letargo, ese joven estaba junto a ella. Sabía que se llamaba Kenia y parecía tenerle mucha devoción.

Se cubrió los brazos con sus manos, las emociones vividas en el ritual se colaban de vez en cuando y la piel se le erizaba de solo recordarlo. La brisa cargada de humedad movió su trenza y suspiró. Se sentía diferente; ni bien, ni mal, solo diferente. Tanto que no se reconocía.

– ¿Mi ama desea algo?

Alguien habló desde el fondo de la recamara y la sacó de sus cavilaciones. Aún no se acostumbraba a que la llamaran de esa forma.

– Tráeme de comer, muero de hambre – le dijo sin voltear a mirarlo.

La ciudad era tan lúgubre como sus tierras, la bruma siempre se mantenía a ras de suelo, impidiendo que plantas pequeñas pudieran crecer fácilmente. También, las nubes oscuras se mantenían constantemente cubriendo el cielo, estorbando la entrada de los rayos del sol, así que, la oscuridad era una constante a lo largo de todo el territorio.

Después de la fusión con la Sombra, su consciencia era intermitente. No recordaba qué había pasado después de la ceremonia, ni mucho menos cómo había llegado a la ciudad. Parecía que compartía su mente con aquel ser, quien a veces tomaba posesión completa de su cuerpo y ella se perdía en una especie de limbo. ¿A dónde iba en esos momentos? no lo sabía, pero cuando retomaba otra vez el control, la embargaban los sentimientos de venganza, ira y dolor sin saber el por qué. A veces llegaba uno parecido al amor, pero era absorbido por la oscuridad que hospedaba su alma y entonces solo quedaba el sufrimiento. Era como cuando peleaba con sus amigos de pequeña, con el tiempo solo quedaba el malestar, pero sin recordar la razón del disgusto. Por otro lado, sentía que sus verdaderos recuerdos se esfumaban poco a poco y eran reemplazados por los de la Sombra, era como si se estuvieran convirtiendo en una sola persona.  Cuando despertaba de aquellos trances se sentía ahogada, sin poder respirar y tenía que salir a tomar aire, como en aquel momento.

Se arregló y se apresuró a salir, debía buscar a los Beltza, los magos que la habían llevado hasta allá y la habían convencido de que se sometiera al ritual para unirse con la Sombra. Ahora que estaba lúcida debía indagar la forma de revertir todo eso.

– Ama – dijo una figura esquelética de torso largo y brazos cortos apenas la vio ingresar al gran salón. El hombre se inclinó para recibirla.

El resto de los Beltza se giraron al verla y se arrodillaron con sus cabezas gachas en señal de sumisión. Todos se parecían, eran delgados y mantenían una mirada ansiosa sumergida en dos ojos negros sin pupilas. La piel era blanca como una vela, pero con venas negras que podían verse a simple vista, debido a la bebida oscura que consumían para mantener la comunicación con la Sombra.

– Cada día la esencia mortal que alberga en su interior, está desapareciendo mi ama – comentó contento otro al alzar su vista y quedar enfrente de ella.

– Si, es verdad – respondió siguiéndoles el juego. Tal vez así podría descubrir cómo sacar al demonio de su interior. – Aunque siento que podría volver en cualquier momento.

Impossible – esta vez la que hablaba era una mujer que siseaba. Sus ojos brillaban a la luz de las fogatas y su cara estaba tan pálida como una calavera.

– ¿Pueden asegurármelo?

– El ritual fue realizsado a cabalidad mi ama. Ademáss, noss retiramoss inmediatamente. Esstamos muy lejoss para que exissta cualquier influencia. Verá que en pocos díass la joven mortal dessaparecerá y no volverá a sentirla.

– ¿Qué quieres decir con eso? ¿Qué no puedo acercarle a la cueva Bakartia?

– ¡NO! – dijo sobresaltado el que había hablado primero. – Debemos esperar varias lunas antes de querer volver.

Maya sonrió y después de permanecer unos minutos en el gran salón para no levantar ninguna sospecha, se retiró apresuradamente a sus aposentos. Necesitaba huir. Su única escapatoria era regresar a la cueva e intentar revertir lo que habían hecho con ella.

Mientras caminaba por los pasillos, se encontró con Kenia, el guerrero que horas antes había estado en su alcoba y apretó la boca con fuerza. No tenía tiempo para discusiones, debía marcharse lo más rápido posible de ese nido de serpientes.

– ¿Se encuentra bien mi ama? – preguntó colocando su mano sobre su brazo.

– No me interrumpas – le espetó con soberbia soltándose para que la dejara pasar. Si la llamaban ama entonces era porque la adoraba, así que lo utilizaría a su favor. – Tengo prisa.

– Estoy a sus servicios – respondió haciendo una reverencia más exagerada de lo normal.

– Esto puedo hacerlo sola, sin ayuda de nadie.

– Ama, nunca me lo permitiría. Estoy a sus órdenes – y volvió a reverenciar.

– Basta – soltó de repente, le fastidiaba todo aquello. El muchacho se levantó sin comprender.

– Puedo ayudarle si me lo pide – le dijo, su expresión había cambiado, ahora había calidez en ella. – Puede pedirme cualquier cosa – le insinuó.

Maya dudó y apretó los dientes mientras pensaba con rapidez. Tenía que llegar a la cueva Bakartia antes de que la Sombra volviera a apoderarse de su conciencia, por tanto no podía permitirse dormir. Debía partir de una vez, para llegar antes del mediodía y arreglar el problema de una vez por todas, pero no sabía si podía hacerlo sola. La vigilaban. Sabía que todos los Beltza estaban pendientes de lo que realizaba durante el día, parecía que aún sospechaban que su “ama” aún era vulnerable.

– ¿Cualquier cosa? – le preguntó.

– Cualquier cosa … Maya – respondió y ella abrió sus ojos, la había llamado por su nombre, no con ese detestable apodo.

El silencio los invadió por varios minutos en los que ella no se decidía.

– Está bien – dijo al rato. – Llévame a la cueva Bakartia. – le ordenó con voz severa y Kenia se flexionó como respeto. – No vuelvas a llamarme por mi nombre.

El guerrero la miró avergonzado, confundido. Maya se irguió y caminó delante de él para dirigirse hacia las caballerizas, pero sonrió por lo bajo, necesitaba que siguiera pensando que ella era la Sombra, no la mortal que había poseído o su plan no funcionaría.

Mientras Kenia alistaba los caballos, ella se paseaba inquieta. No sabía cuánto tiempo le quedaba de lucidez antes de que la Sombra volviera.

– Te estás demorando demasiado – le espetó.

– Ya están listos – respondió reverenciando y con la mirada clavada en el piso le pasó las riendas.

La ayudó a montar y cuando él estuvo listo, emprendieron su viaje hasta el lugar donde todo comenzó. Todo estaba saliendo a la perfección, no habían tenido ningún contratiempo y Maya se permitió una sonrisa triunfal cuando descendieron de los animales.

– ¿Qué estamos haciendo aquí ama? – le preguntó Kenia en un susurro.

La pregunta había sido simple, pero la respuesta no lo era tanto. ¿Qué tenía que hacer ahora para deshacer lo que los Beltza habían hecho? No tenía la menor idea. ¿Tal vez si se lo contaba a Kenia? Pensó. Dudaba y él lo notó inmediatamente. Maya se movía inquieta de un lugar a otro en el umbral de la puerta.

>> Entremos – le propuso el guerrero y ella asintió.

La cueva tenía una bóveda amplia, tallada en piedra de color rojo. Al pasar la mano sobre ella, soltaba polvo por lo que sin querer manchó sus ropas al tratar de limpiarse. El ambiente era sofocante y muy caluroso porque no había corrientes de aire que lo refrescaran. También había antorchas que estaban colgadas alrededor de las paredes, que aumentaban la temperatura interna. Miró al techo y vio murciélagos colgados dormitando. Comenzó a sudar.

>> ¿Qué desea hacer ama?

La voz de Kenia la devolvió a la realidad.

– Dame tu daga – le espetó largando su brazo para poder tomarla.

El guerrero obedeció sin refutar, pero tenía el ceño fruncido y Maya lo notó.

>> Vete … quiero estar sola.

Kenia comenzó a marcharse y mientras lo hacía, ella se acercó a lo que parecía el altar. Allí habían utilizado su sangre para hacer salir aquella cosa de su escondite bajo tierra, así que utilizaría la misma táctica.

“¿Qué haces?” una voz en su cabeza la detuvo. “Pierdes el tiempo … mi tiempo, esclava” siguió hablando.

– No soy tu esclava – se acercó con paso firme con la daga en su mano – y ahora vas a salir de mi cuerpo – cortó una de sus muñecas y la sangre comenzó a fluir.

“¿Qué has hecho?”

– Eliminarte.

Kenia sentado en los escalones que conducían a la entrada de la cueva, esperaba que su ama lo llamara. Jugaba con la espada cuando sintió que los pasos de Maya se dirigían hacia él y se levantó inmediatamente.

Caminaba despacio, apoyada de una de las paredes como si en cualquier momento se fuera a caer. Se veía débil. De una de sus muñecas manaba sangre, como cualquier mortal. Esta había dibujado una finísima línea en el piso, indicando el camino que había seguido para resurgir de la oscuridad de la cueva y salir al exterior. El guerrero se apresuró a tomarla antes de que cayera, pero ella lo empujó con tanta fuerza que cayó sentado aún más perturbado.

– ¿Se siente bien ama? – preguntó consternado mientras se levantaba.

Maya alzó su mano, aquella donde su muñeca estaba cercenada y comenzó a crear una esfera gaseosa que crecía rápidamente. Al principio no funcionó, pero luego comenzó a llenarse de poder, crecía. La admiró complacida.

– Mejor – respondió aún con su mirada fija en los hilos rojos y violetas que centelleaban de la energía que mantenía en su mano.  

Kenia pudo ver cómo la herida de su muñeca absorbió los rayos luminosos, cerrándose completamente.

>> Esa imbécil solo apresuró todo, pero ya me encargué. No volverá a molestarnos.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2021. Fernanda Maradei

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