La Cueva Secreta

Respiraba el aire impregnado de sal mientras la brisa cálida enredaba sus cabellos. Por fin había terminado de realizar las labores que le habían asignado para ese día y no había mejor descanso que recostarse al lado de la playa y sentir la arena húmeda colarse por entre sus dedos. El sonido del vaivén de las olas la adormilaban y se recostó para mirar el cielo azul que comenzaba a oscurecer. El tintín de una pequeña campanita llegó a sus oídos. El sol brilló ante sus ojos deslumbrándola y tuvo que colocar su mano para poder detallar una figura oscura que caminaba a lo largo del paisaje que besaba las aguas. Se sentó tan rápido como si se hubiera soltado un resorte en su espalda y volvió a mirar para distinguir de qué se trataba.

Una vieja tortuga con un caparazón robusto avanzaba lentamente, pero apresuró el paso apenas vio que Thani la miraba. Bordeaba la costa y de vez en cuando el agua salada tocaba sus pequeñas patas para borrar las huellas que, un segundo antes había dibujado.

La joven sonrió y mientras se deleitaba viéndola desaparecer con el sol enfrente de ella, algo brilló en la parte alta de su vieja armadura. Destellaba expidiendo rayos que cambiaban de color como si fueran una fiesta de luz. Thani abrió los ojos y sin pensarlo corrió para asegurarse de que aquello que veía no era una ilusión.

La tortuga apresuró aún más la marcha cuando sintió que la joven la perseguía, pero era imposible ir más rápido y de pronto comenzó a caminar en el vacío; la habían levantado.

Thani observaba el oro y las gemas que tenía adherida a lo largo del caparazón. El resplandor que irradiaba hacía que sonriera porque no podía creer lo que había descubierto. De pronto, el animal se movió bruscamente escapándosele de las manos. Entonces la soltó, pero sin perderle de vista. El animal continuó caminando por la playa con su paso apresurado.

– ¡Espera! Necesito retirarte todo – dijo y decidió que debía seguirla, todavía tenía algunos minutos antes de que el sol se ocultara completamente.

Al verla huir se compadeció por ella, así que se mantuvo distante para evitar estresar aún más a la tortuga que parecía esmerarse por intentar desaparecer, pero todo era en vano, y el animal sentía que su perseguidora no le quitaba la mirada. Llegó hasta el risco que anunciaba el final de la playa y se detuvo.

– Ya no tienes para dónde más correr – hablaba con tono burlón. – Solo quiero retirarte lo que llevas encima, a ti no te sirve, pero a mí … – de un momento a otro desapareció.

Thani salió corriendo para capturarla, pero ya no estaba. Se quedó quieta detallando el lugar para determinar hacia dónde había cogido, pero los últimos rayos de luz se esfumaron y la oscuridad llegó de forma intempestiva.

“Mañana regresaré” se prometió y respiró profundo cuando recordó las esmeraldas y el oro que debían ser suyos.

Al día siguiente, salió más temprano de lo normal.

Desde que se despertó sólo tenía una cosa en mente; descubrir el lugar en dónde la tortuga se escondía. Arregló su cabello ondulado con una media cola para evitar que el viento le tapara la cara y no la dejara ver, tomó un cuchillo de hoja corta que le servía para cocinar y lo guardó en la cinta de su vestido que hacía de cinturón para poder retirar las gemas del caparazón. En menos de media hora estaba pisando la arena mirando en dirección al risco.

Buscaba con sus manos cada una de las comisuras de la roca, pero no encontraba nada. Volvió a intentarlo y repitió lo que había hecho tocando con impaciencia las ásperas paredes. El sol descendía a toda velocidad. Cuando trabajaba los días eran largos, pero hoy que necesitaba un poco más de tiempo, el astro la traicionaba apresurando la noche.

Se sentó desanimada sobre una de las últimas salientes que descansaban sobre la arena y suspiró.

“¿Qué fue lo que hiciste?” repasaba las imágenes en su cabeza, adivinando lo qué pudo haber pasado el día anterior. De repente un brillo llamó su atención. Venía de una de las grietas que estaba sumergida en el mar. Se convenció de que no podía ser otra cosa sino la tortuga y después de retirar sus zapatos se internó en el agua. El frío se coló inmediatamente entre los huesos y sintió un escalofrío cuando este tocó la parte baja de su espalda. Llenó de aire sus pulmones y sin ni siquiera pensarlo, llevada más por la curiosidad insensata que por la razón, se sumergió con la luz del día que se despedían para dar comienzo a la noche.

Thani era una excelente nadadora, de ser por ella viviría metida en el océano las veinticuatro horas al día. La sensación de libertad que le provocaba no podía ser igualada por nada que ella hubiera conocido antes. Con sus ojos abiertos para poder mirar a través del agua, se dirigió hacía el brillo que se asomaba sobre el filo de la roca y cuando llegó, lo bordeó para descubrir qué había detrás.

Se asombró al percatar una entrada que se formaba entre dos losas verticales y por primera vez dudó de que estuviera haciendo lo correcto. Subió para tomar aire y miró hacia el sol, aún tenía unos minutos más. Se mantenía a flote mientras reflexionaba sobre si retirarse y regresar a nado hasta la playa o continuar, fue cuando vio que la tortuga que había visto el día anterior nadaba en círculos alrededor de ella y luego se sumergió.

La siguió con la mirada, ya no había duda ese era el lugar. La curiosidad se apoderó de ella y comenzó a bucear para seguir a la poseedora de su riqueza. Atravesó con dificultad el umbral que permitía el acceso, gracias a su contextura delgada no tuvo inconveniente en entrar en los treinta centímetros de apertura y siguió nadando. El trayecto era largo y en la medida en que avanzaba la oscuridad se apoderaba de la poca luz que se reflejaba. Temió terminar ahogada si no se devolvía inmediatamente, pero cuando se detuvo por unos segundos vio un destello de claridad más adelante. Entonces se animó a continuar y tensionó sus músculos para apresurar la marcha, se estaba quedando sin oxígeno. Se impulsó hacia arriba y al salir tomó una bocanada de aire para llenar sus pulmones completamente.

Estaba en una cueva de roca gris, el ambiente era lúgubre y las paredes parecían llorar al mostrar unas lágrimas oscuras que se deslizaban perezosamente por el muro. Mientras miraba alrededor para detallar todo, la tortuga se introducía por una grieta nuevamente.

“No te me escaparás” pensó y apretó la boca mientras se colocaba de pie y se apresuraba para agarrarla por una de sus patas.

El animal produjo un gemido débil mientras Thani la levantaba del suelo y acariciaba con sus ojos las joyas de su caparazón.

–Esto será rápido y luego podrás seguir tu camino– le murmuró como si pudiera entenderle. Sacó el pequeño cuchillo y trató de desprender cada una de las piedras, pero por más que lo intentaba no podía alcanzarlas. Trataba de hacerlo con minuciosidad, pero pretender tomar las joyas, para luego guardarlas en sus ropas y sostener el reptil al mismo tiempo, no era tarea fácil y después del tercer intento la tortuga cayó al piso y caminó hacia el interior de la cueva.

Thani la siguió con la mirada. Alzó sus cejas al encontrarse con una montaña de oro y piedras preciosas que se encontraban en el fondo de una cámara que apenas había visto. A diferencia del espacio que tenía a sus espaldas, este estaba iluminado, aunque no sabía de dónde provenía tanta luz y en uno de sus costados bajaba una cortina de agua que se perdía en el piso de la loza. Entró despacio embelesada por la cantidad de riquezas que había y se lanzó a tomar todas las que pudiera coger con la mano, pero al igual que antes, se le escapaban. Era imposible, por más que ensayaba se le escurrían por entre los dedos.

– Debes tomar del agua – escuchó que le decían, pero no había nadie a su alrededor, solo la tortuga que la miraba fijamente desde el fondo de la cueva. – Si quieres el tesoro, debes tomar un poco de la fuente.

Thani observó con el ceño fruncido el reptil que se mantenía estático en frente de ella, pero a varios pasos de distancia en una actitud serena, expectante. Caminó hasta la pared de agua y después de meter el dedo, la saboreó. Era dulce.

“¿Cómo es posible?” pensó y miró nuevamente a la tortuga que no había cambiado de posición. Así que con sus manos haciendo un cuenco, bebió un poco y se mantuvo atenta. Había esperado sentir algo anormal en su cuerpo, pero nada había pasado.

Aún sintiendo los ojos inquisidores del pequeño animal, caminó hasta la montaña de oro y piedras preciosas. Se acuclilló y antes de hundir sus manos respiró profundo.

Sus ojos se llenaron de alegría. No podía creerlo, ahora era la mujer más rica de todo el territorio, ya no tendría que trabajar nunca más. Entonces la prudencia llegó a su cabeza. Solo tomaría lo suficiente para vivir un tiempo y después regresaría por más. Llenó sus bolsillos todo lo que pudo y emprendió su viaje de regreso en medio de la noche.

Al día siguiente, cuando abrió sus ojos por culpa de la luz que se colaba por su ventana, una ráfaga de imágenes se amontonaron en su cabeza y al recordar lo que había pasado, su corazón saltó de emoción queriendo salir de su pecho. Se levantó despacio y miró en dirección de la única mesa de su bohío. La bolsa de tela que le había servido para guardar sus riquezas estaba esperando pacientemente a que su ama la tomara con sus manos. Thani dibujó una sonrisa y se abalanzó para comprobar que lo había logrado.

Durmió toda la mañana como no lo había hecho en años y después de alistarse con su mejor atuendo, salió en dirección del mercado para comprar todo lo que necesitara. Al llegar, vio a su mejor amiga y se apresuró a alcanzarla.

– ¡Nuna! ¡No sabes lo que me ocurrió ayer!

La chica pasó por su lado sin ni siquiera mirarla y siguió de largo. Thani no podía creerlo ¿cómo podía ser tan egoísta? Lo más seguro era que estuviera brava con ella por no haber asistido al trabajo hoy, pero ¿no saludarla? Eso no se lo perdonaría. La ignoró de la misma forma como ella lo había hecho y se internó entre la gente para ir a buscar sus nuevas mudas.

Llevaba más de veinte minutos mirando mil vestidos diferentes, con telas increíbles traídas de otros pueblos. Sabía que debía ser discreta, pero había uno entre todos los demás, al que era incapaz de decirle que no. Se aventuró a preguntar su precio, había tomado la decisión de que se lo merecía.

– ¿Me gustaría saber cuánto cuesta este vestido? – preguntó.

– Tres monedas de oro – respondió la señora.

“No es tan costoso” pensó y comenzó a hurgar en la bolsa de su cinturón.

– Tome joven – escuchó la voz de la vendedora. – Espero que le queden bien.

Ella giró en redondo para darse cuenta de que no había hablado con ella, la venta se la había hecho a un chico que le entregó las monedas a cambio de unos zapatos.

– Buenos días – dijo aclarando su garganta. – Quisiera este vestido.

La señora siguió de largo y se dirigió a otra persona que estaba comprando en el fondo.

– SEÑORA – pronunció con voz gruesa, era imposible que la gente fuera tan maleducada. se acercó para tomar el traje con sus manos y mostrárselo, pero se le escurrió por entre los dedos. Lo intentó nuevamente, pero no podían tocarlo y se le hizo un nudo en la garganta. Un escalofrío se apoderó de su cuerpo y retrocedió instintivamente. Trató de hablar con dos personas más, pero nadie la miraba, era como si no estuviera allí.

Corrió lo más rápido que pudo, sintiendo su corazón galopar a mil por hora mientras un cosquilleo nervioso le recorría todo el cuerpo. Llegó a la playa, pero esta vez no se retiró los zapatos para entrar al agua. Se sumergió e ingresó a la cueva del tesoro con la respiración entrecortada. Todo estaba en la misma forma como lo dejó, la montaña de oro y piedras preciosas reposaba al lado de la cortina de agua.

“La tortuga” pensó y la rabia comenzó a desplazar el miedo.

– ¿Dónde estás miserable? – gritó y retumbó con mil voces que repetían sin sentido lo que habían escuchado.

Algo en el fondo se movió y entrecerró sus ojos para enfrentarlo. La figura avanzó con lentitud ubicándose bajo uno de los haces de luz que inexplicablemente viajaban a través de las rocas.

– Gracias por regresar – dijo con una sonrisa.

– ¿Quién eres tú? – espetó Thani con una voz nerviosa y molesta a un joven de piel morena y ojos cafés que poco a poco comenzó a diluirse como el humo de una vela.

– ¡Espera! ¿Quién eres? ¿Qué eres?

El chico desapareció manteniendo su expresión alegre, pero nunca respondió, y el báculo que sostenía en su mano, hecho del más fino oro con una esmeralda que brillaba intensamente retumbó al caer sobre la loza del piso. Una voz que salió del interior de la cueva le confirmó lo que estaba pensado.

– ¡Felicitaciones! Porque ahora eres la nueva guardiana del tesoro.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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