La Dama del Anillo

Qori había crecido sola y ya no recordaba su verdadero nombre, ni siquiera que en algún momento de su vida había podido tocar a un dragón. Algo que era casi imposible porque los pueblerinos decían que ya no existían. El último había sido el Gran Dragón Azul y se había marchado después de crear el Árbol de Fuego.

Estaba sentada al lado del risco que limitaba con el mar. Ese era su lugar favorito para dormir porque podía ver las estrellas mientras cerraba los ojos y los sonidos de las olas la arrullaban dulcemente. Miraba fascinada como la lluvia caía mientras el rocío le acariciaba la cara, estaba completamente mojada de pies a cabeza, pero eso no le molestaba porque el techo de su alcoba era nada más ni nada menos que, la bóveda celeste. Aunque no tenía un adulto que la cuidara, le complacía pensar que los chicos del pueblo la envidiaban porque podía hacer cualquier cosa, pero en el fondo, cuando miraba a las familias añoraba tener una. No sabía por qué le había tocado una vida diferente.

El cielo se iluminó y la “niña” como todo el mundo la llamaba, observaba las nubes negras y detrás de ellas el resplandor. Casi inmediatamente emergió un hilo brillante y retorcido que se estiró hasta que tocó el suelo. Con el rayo, vino el estruendo y el piso tembló.

–¡Wow! – exclamó sorprendida y esperó al siguiente, que no se demoró en llegar.

Decenas de rayos cayeron en pocos minutos y la niña no dejaba de mirar para todos lados tratando de adivinar dónde caería el próximo. Era un espectáculo único.

Tenía sus ojos clavados en el cielo cuando detectó una sombra pequeña que parecía saltar de nube en nube. Su figura se confundía con los nubarrones que resaltaban con el violeta oscuro del fondo. Al siguiente rayo, la figura se dejó caer precipitadamente y la niña contuvo la respiración, porque el extraño caía y su cuerpo se acercaba con rapidez al mar, donde la muerte sería inminente. Pero en el último momento, remontó con agilidad. Era como si hubiera absorbido el rayo. El trueno nunca llegó y la luz se extinguió inmediatamente.

Qori pegó sus ojos a la figura que seguía moviéndose de un lado a otro, era como seguir con la mirada a un mosquito en un espacio abierto mientras llovía. No desistió hasta que la vio aterrizar en la parte norte del pueblo. Sin pensarlo demasiado, descendió apresuradamente y echó a correr para encontrar aquella cosa extraña. Tenía que descubrir de qué se trataba.

Fanar era un pueblo pequeño y lo conocía bien. Así que no le tomó trabajo llegar a la parte alta donde suponía que había caído aquello, fuera lo que fuera. Entró con cautela, pero la noche estaba oscura y no podía ver con claridad. Se mantuvo quieta como una estatua por si sentía algún movimiento extraño, pero salvo por los perros que deambulaban buscando comida, no había nada. La lluvia aún caía a cántaros y viajaba de un lugar a otro por culpa del viento, como cortinas veladas que bailaban armoniosamente.

Sintió frío y se cubrió con sus manos. Ya estaba por retirarse cuando uno de los animales que se peleaban por los restos de basura de una de las viviendas, la sintió. Se giró y comenzó a bufar. Ella retrocedió, desde que se acordaba siempre tenía que pelear con ellos para conseguir algo de comer. Sus gruñidos alertaron a dos más y de un momento a otro estaba rodeada por cuatro perros que mostraban sus dientes de forma amenazante. Pasó saliva y se mordió el labio, y cuando estaba a punto de recibir el primer mordisco la expresión en el rostro de las bestias cambió; bajaron las orejas y luego el rabo para luego salir corriendo entre gemidos ruidosos.

Qori se giró para saber qué los había asustado, sus pupilas se dilataron porque enfrente de ella había una estructura larga y delgada que reflejaba su rostro como si fuera un espejo y además levitaba. Cuando alzó su mano para tocarla, esta se cerró hasta quedar del tamaño de un puño y luego desapareció. Estaba tan asombrada que había perdido la capacidad para hablar. Pasmada y sin poder moverse, siguió detallando el lugar. Aún llovía y la pequeña detalló que las gotas se desviaban de su trayectoria inminente hacia tierra, ondulaban como siguiendo un contorno, y de pronto, fuera lo que fuera lo que estaba delante de ella, comenzó a alejarse.

– ¡ESPERA! – gritó con voz entrecortada y enseguida la claridad de lo que estaba viendo llegó a su mente. Estaba muy oscuro, pero ahora bajo uno de los rayos de luna el rostro de una persona se mostraba ante ella.

La mujer ladeó su cabeza un poco y aguardó.

– Espera – repitió con más calma y se acercó prevenida.

– ¿Puedes verme? – Qori asintió. – Eso es imposible porque los humanos no pueden vernos … ¿Sabes lo que soy? – la pequeña negó con la cabeza. – Soy un fantasma – dijo con voz severa, esperando que con esa revelación la pequeña huyera despavorida.

– ¡Aja! – fue su respuesta mientras admiraba los destellos azules que salían del cuerpo de la chica. La hacían ver hermosa.

Ella alzó sus cejas y la miró aún más desconcertada.

– ¿Sabes lo que es un fantasma?

Qori se encogió de hombros.

– Somos espectros – clarificó, pero la niña seguía mirándola más con ojos curiosos que con miedo. – La gente nos teme porque dicen que somos malos – siguió en su afán de convencerla.

– No pareces mala – respondió la niña. – A mi me parece que eres muy bonita.

La mujer dibujó una leve sonrisa aún sorprendida y dio un paso hacia atrás con el propósito de retirarse, pero la pequeña la siguió.

– ¿Eres tú? – preguntó de repente al darse cuenta lo que la mujer llevaba en su espalda. Corría para tratar de seguirla, sus piernas eran muy pequeñas y le costaba trabajo alcanzarla. – Vi como volabas, capturaste los rayos ¿Cómo lo hiciste? ¿Me enseñas? Yo podría …

– Uo uo uo ¿No respiras cuando hablas? – ya estaban en las afueras del pueblo y Qori no se le despegaba. La miró con detenimiento, parecía que iba a ser difícil zafarse de ella, así que se detuvo para indagar un poco más – ¿Cómo te llamas? – le preguntó después de colocar en el piso varias botas en forma de cuerno que llevaba cargando en sus hombros.

La lluvia comenzaba a ceder.

– Niña – respondió inmediatamente.

– ¿Qué nombre es ese?

Qori se encogió de hombros.

– Todos me llaman así – se disculpó. – ¿Y tú?

– Nayarak – dijo mirándola fijamente. – ¿Qué haces tan tarde en la calle? Esos animales hubieran podido herirte.

– Te seguía porque vi lo que hiciste.

– Pero es de noche ¿Dónde están tus padres?

La pequeña se mordió los labios. No le gustaba que le hicieran esa pregunta porque no conocía la respuesta.

– ¿Y bien? – insistió.

– No tengo.

Nayarak la miró con más detalle, ella también había sido huérfana y sabía lo que eso significaba en un pueblo como Fanar. Ella tendría que sobrevivir por su cuenta.

– ¿Qué son? – preguntó Qori señalando los cuernos que yacían en el suelo.

– Ya lo dijiste … rayos, soy una cazadora de rayos.

– Y … ¿Qué vas a hacer con ellos?

Nayarak sonrió antes de contestar, empezaba a caerle bien la pequeña.

– Es mi alimento.

– Yo quiero, tengo hambre – respondió con un brillo en sus ojos. La mayor parte del tiempo la dedicaba a buscar comida, pero a veces era difícil para una niña como ella y generalmente tenía hambre.

– No puedes – su voz era risueña. – Los humanos comen otras cosas. – la miró largamente. – Debo irme – le dijo y se arrodillo para quedar enfrente de Qori.

– ¿Puedo ir contigo?

Sonrió, sabía que iba a formularle esa pregunta, pero era imposible que un espectro caminara junto a un humano. Ni siquiera entendía cómo la pequeña podía verla. Sentía algo especial en ella, pero no sabía qué era y llevarla junto a los otros fantasmas sería un grave error, porque ellos también sentirían la energía que emanaba de su cuerpo y ellos se alimentaban de energía.

– ¿Sabes qué? – comenzó diciendo Nayarak y se quitó el anillo que tenía en su dedo anular. – Tómalo – se lo ofreció. – con este podrás crear un escudo que te ayudará a vencer cualquier cosa. Ya viste cómo funciona.

– ¿Los perros?

Ella asintió y Qori sonrió contemplando aquella joya que colocó en su dedo pulgar. Nunca nadie le había dado un regalo y menos algo tan especial como un anillo.

– Gracias – musitó.

Nayarak la besó en la frente y se colocó de pie, era el momento de marcharse. Necesitaba llegar al bosque Azur lo más rápido posible para llevar el cargamento de rayos a los otros espectros.

– Cuídate niña – le dijo con una sonrisa. – No te preocupes, no me olvidaré de ti, te prometo que nos volveremos a encontrar – y luego simplemente desapareció.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2021. Fernanda Maradei

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