La Diosa Bagüé

– Hay invasores en el bosque.

El Cacique Somak se colocó de pie inmediatamente alertado por la situación mientras Maité seguía hablando con la voz entrecortada. Había atravesado toda el pueblo para dar la voz de alerta.

– ¿En dónde los viste?

Ella negó sutilmente mientras se reponía de la impresión y el Cacique supo que había sido solo un “presentimiento” como Maité lo llamaba.

>> Llama a los guerreros. Que salgan de una vez para una incursión. Necesitamos saber dónde están – dijo con seriedad a su hombre de confianza y el asintió antes de salir para obedecer sus órdenes. – Siéntate conmigo – le susurró con suavidad mientras la tomaba del brazo e hizo señas para que les trajeran algo de beber.

Maité se dejó llevar y se acomodaron afuera del bohío para mirar al pueblo, que ahora corría de un lugar a otro alistándose para salir en busca de los intrusos.

Somak miró su piel y apretó la boca, habían morados por todos lados. Ella al notarlo se cubrió inmediatamente y bajó la vista.

– ¿Te duele?

Ella solo asintió sin pronunciar palabras. El Cacique le ofreció uno de los vasos de agua que les habían traído y siguió preguntando.

>> ¿Cuándo vas a dejar que el curandero te revise? Podrían darte algo para el dolor.

– Estoy bien – respondió y se colocó de pie inmediatamente. – Gracias por creerme – dijo y se apresuró a alejarse, pero él la detuvo tomándola de la mano.

– Déjame ayudarte.

Maité posó su mano en su mejilla y lo besó con suavidad mientras sonreía tímidamente.

– El solo hecho de que me creas es suficiente – susurró.

– Siento que te estoy perdiendo – ya no era la voz del líder sino la de un hombre con un corazón cargado de amor a punto de explotar de desespero.

Su amada no alcanzó a contestar, el sonido de las lanzas los hizo reaccionar y se separaron inmediatamente para atender al pueblo.

– Iré a la laguna – le susurró ella y partió pensativa, mientras él la seguía con la mirada viendo como se perdía entre los casas.

Llegó a la parte de la cascada y se arrodilló al lado de la orilla. Cuando sus “presentimientos” llegaban no venían solos. En su interior se despertaba un deseo incontenible de conectarse con la diosa Bagüé y la mejor forma de hacerlo era por medio de la tierra y el agua.

Colocó sus manos sobre la arena y el dolor llegó inmediatamente. De su piel donde se vislumbraban círculos perfectos de color morado, comenzaron a aparecer pequeños brotes de vegetación que crecían con rapidez buscando acercarse al líquido cristalino que brillaba con los rayos del sol. El movimiento ondulante del agua cubrió sus pies por un momento para luego retirarse, pero el frío la hizo extremarse mientras que en su interior viajaban mil emociones que se conectaban con el pasado, el presente y el futuro de su pueblo.

Maité sonrió al tiempo que suspiraba, aquello que estaba viviendo había llegado sin previo aviso. No todos en su pueblo lo habían tomado de la mejor forma, pero Somak nunca había dudado de ella y por eso lo amaba, aunque no supiera aún como continuar con él.

Una mano la tomó del hombro y con brusquedad la lanzó al piso. Abrió sus ojos asustada sin comprender lo que estaba sucediendo y fue cuando vio que cinco hombres le apuntaban con lanzas largas de forma amenazante.

– Capturen a la bruja para irnos de una vez por todas de aquí – espetó el que parecía ser el líder.

– ¡No! esperen – alcanzó a decir, pero sus palabras se disiparon con el viento.

La levantaron sin contemplación. Sus brotes verdes habían desaparecido y solo permanecía sus laceraciones en la piel, pero eso no pareció importarles porque el guerrero que había obedecido la orden, la asía con fuerza, lastimándola. Amarraron sus manos y comenzaron a caminar con ella casi a rastras.

Mientras avanzaban, Maité se concentraba en mantener la calma. La habían llamado bruja y eso significaba que querían utilizar su conexión con Bagüé para algo, pero ¿para qué?

>> Puedo ayudarles – les dijo mientras apresuraba el paso. Caminaban tensionados porque sabían que el bosque estaba repleto de guerreros y cualquier equivocación podía terminar mal. – La diosa ayuda a todos – insistió al ver que no la escuchaban. – Solo deben pedírmelo y yo visitaré a su pueblo.

Se detuvieron de improviso. El líder hizo señas para que se replegaran un poco y determinaran la existencia o no de guerreros cerca. Pero no tuvo que esperar mucho para ver las lanzas y arcos que les apuntaban mientras aparecían entre la vegetación. Uno de los intrusos en su desespero por mantener el control, tomó a Maité con su brazo para acercarla a él y luego la amenazó con un cuchillo en su garganta.

– Suéltala o todos morirán – ordenó con voz gruesa Somak.

El hombre hundió un poco más su daga en la piel y Maité gimió, lo que hizo que los guerreros se aproximaran de forma amenazante.

>> Bajen las armas, no voy a negociar – los ojos del Cacique brillaban por la tensión que ya se manifestaba en todo su cuerpo. Los músculos de sus brazos se marcaban fácilmente y su expresión era severa.

– Mataremos a la bruja antes de entregarla.

¿La bruja? Pensó Somak y apretó la boca de forma molesta.

– He dicho que iré con ustedes – repuso Maité y los guerreros de su pueblo miraron desconcertados. – No necesitan amenazarme. Iré si realmente necesitan ayuda de la diosa – y se soltó para alejarse de ambos grupos que aún sostenían sus armas apuntándose mutuamente.

Se tocó el cuello porque la herida le ardía y una pequeña luz apareció para sanarla inmediatamente. Todos miraron asombrados y solo Somak se acercó a ella.

– No lo permitiré – le dijo, pero al ver que Maité abrió su boca para replicar, continuó. – Por lo menos no te dejaré ir sola.

Fue así como Somak junto con un grupo de guerreros caminaron con sus invasores para llevar a Maité hasta su territorio. Después de semanas de marcha llegaron. Lo que encontraron fue devastador y no se cansaban de mover sus cabezas de un lado para otro procesando lo que veían ante sus ojos. El incendio los había atacado en la noche, arrasando con todo lo que estaba a su paso. Niños, mujeres, ancianos, hombres, animales y plantas por igual, fueron consumidas por las llamas en cuestión de minutos. Los rostros de desolación y temor por un futuro incierto se reflejaba en cada una de las personas que les cedían el paso en la medida en que ingresaban a lo que había quedado del pueblo.

La Cacique Kiwa salió de su bohío apenas fue advertida de su arribo. Apresuró el paso con su brazo levantado con la intención clara de detenerlos y Somak se adelantó para proteger a Maité, pero ella con la dulzura que lo había enamorado, lo detuvo y giró en redondo para enfrentar a la lideresa. Su mirada era tan intensa y cargada de tranquilidad que la Cacique trastabilló por unos minutos desconcertada.

– Puedo ayudar – le dijo Maité y avanzó a su encuentro. – Solo necesito la fuente de agua más próxima.

– Quiero advertirte que no estoy de acuerdo con la brujería, pero los ancianos insistieron – dijo señalando a un grupo de hombres que se mantenían separados del resto.

– No es una bruja – replicó Somak con voz gruesa, pero Maité volvió a acariciarlo, silenciándolo por completo.

– No soy una bruja – ratificó – pero si puedo ayudar … si así lo desean.

Kiwa asintió y le indicó que la acompañaran.  No demoraron mucho en llegar a un nacimiento de agua que permanecía oculto entre la poca maleza que aún se mantenía alrededor.

– Es todo lo que queda – comentó la Cacique, señalando con la mano el lugar donde brotaba un fino hilo de agua cristalina.

– ¿Qué sucedió? – preguntó Maité mientras observaba con detalle a su alrededor para buscar el mejor lugar donde conectarse con Bagüé.

– La tierra quiere que nos vayamos, pero no le hemos obedecido así que nos maldijo con un rayo.

La respuesta la dejó desconcertada porque Bagüé nunca haría algo así. La energía que percibía contenía amor, no odio.

– ¿Por qué creen que fue la diosa?

– Nos lo advirtió la última vez que vino.

– ¿La diosa? – esta vez, el que había preguntado con voz incrédula era Somak.

La Cacique asintió.

– Aún recuerdo su cabello plateado y ojos rojos – contestó estremeciéndose. – dice que esta tierra le pertenece y que la diosa Chia está con ella.

Maité la miró extrañada y mojó sus labios para arrodillarse cerca del nacimiento, pero antes de hacer cualquier cosa, Somak se puso a su lado.

– ¿Qué pasará? – preguntó preocupado entre susurros.

– No estoy segura, esto es tan nuevo para mí como para ti. Aún no sé cómo funciona realmente, tampoco por qué me eligió. Solo sé que debo ayudar.

– Y si es una trampa … Por lo que hizo aquí, parece no ser buena.

– No creo que sea la misma diosa – le hablaba suavemente mirándolo a los ojos. – Y aunque lo fuera, no tengo alternativa. Ya está dentro de mí.

Cerró sus ojos y enseguida la sintió en su cabeza. Entendió lo que sucedía, y porque le había dado ese regalo.

– Es Xhube – dijo Maité mirándola.

– ¿¡La diosa de la oscuridad!?

– No es una diosa – le contestó – y nunca lo será. No les quitará esta tierra. Ahora sé lo que debo hacer … Por qué Bagüé me dio este presente. Sabía lo que estaba ocurriendo, aunque no dónde. Xhube tiende a ser impredecible hasta para una diosa.

Somak la abrazó y besó su frente como hacía meses no lo hacía. Todo había sido tan rápido que nunca pudieron hablar realmente de lo que había sucedido aquella tarde al lado de la laguna. La luz los había enceguecido y luego la piel de Maité había tomado un tono rosado en algunas partes, para luego cubrirla completamente. Con el tiempo se volvieron moretones y fue allí donde ella comenzó a alejarse. No quería que él se preocupara, aunque, sabía que había una razón para lo que le estaba sucediendo, nunca supo cuál era, hasta ahora.

Maité cerró sus ojos nuevamente y los brotes aparecieron apenas colocó sus manos sobre la tierra, al contacto con el agua cristalina que fluía hacia la superficie. Esta montó por sus brazos y sintió la humedad fresca colarse por entre sus poros y sonrió.

Todos los que estaban a su alrededor, retrocedieron y Kiwa abría sus ojos de par en par por lo que estaba presenciando. Los ancianos rezaban y alzaban sus brazos al cielo mientras una pequeña Maité era envuelta por lianas que salían de su cuerpo, cubriéndola. Se introducían en la tierra y absorbían el poder del agua para luego transportar esta energía a otros lugares extendiéndose como una enorme maraña. En pocos minutos, la joven había desaparecido de la vista de todos y la vegetación comenzaba a crecer nuevamente recuperando el bosque calcinado por el fuego.

Somak se negaba a retroceder, pero sus hombres lo forzaron mientras la vida renacía en todo el bosque y Kiwa esbozaba su primera sonrisa en días.

Unas horas después, el paisaje había cambiado. Todo había retornado a su equilibrio y el pueblo celebró con cantos y danzas el retorno de la vida. Sus alabanzas iban dirigidas a la diosa Bagüé, creadora de todo lo hasta ahora conocido por el hombre.

– Gracias – escuchó que le decía Kiwa y Somak la miró dibujando una pequeña sonrisa.

Durante todo ese tiempo no había desprendido sus ojos del lugar donde había dejado a Maité. Esperaba infructuosamente que regresara, pero los minutos pasaban en vano.

>> Ahora sé que no era una bruja … Me disculpo por eso.

El Cacique permaneció días entero al lado del nacimiento, esperando la llegada de su amada Maité, pero en la medida en que el tiempo pasaba las esperanzas se agotaban. La había perdido y lo sabía, pero se negaba a admitirlo.

Regresó al pueblo y sus días transcurrieron con lentitud recordando a su amada, hasta el día en que la diosa se la devolvió. La encontró en la laguna, dormida entre un lecho lleno de flores amarillas. Parecía un sueño y se demoró en reaccionar, pero cuando corrió hacia ella y logró despertarla, su alma moribunda renació de las cenizas. Somak la besó y lloró de felicidad por haberla recuperado. Maité nunca recordó lo que había sucedido y sus manchas en la piel desaparecieron, pero en su interior sabía que la diosa siempre estaría allí, con ella.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2021. Fernanda Maradei

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