La Esmeralda Roja

– ¿Qué haces? estás apagando la lámpara.

– Lo siento es que no puedo dejar de temblar.

– Dame eso – le dijo Iska arrebatándole el farol de aceite que llevaba en las manos. – ¿No sé para qué viniste si sabías que era peligroso?

– No tienes opción, somos un equipo.

Iska puso sus ojos en blanco y se giró para seguir avanzando a través de la isla. Lipak era su hermano menor, su mejor amigo y por tanto su cómplice en todas sus travesuras. Aunque a veces le costaba reconocerlo, la verdad era que lo necesitaba, de no ser por él habría tenido más accidentes que aventuras. Su hermano era como el hilo de una cometa, era su polo a tierra.

Habían desembarcado en una de las islas del gran lago, el lugar donde se escondía Guahaioke; el gran dragón negro que dominaba la oscuridad. Aunque solo podía verse de noche, el monstruo se había convertido en una leyenda. Las aguas estaban encantadas y ningún mortal se atrevía a navegarlas en la oscuridad. Pero los hermanos no se consideraban del montón, ellos eran los hijos del gran guerrero Ataw, el vencedor de mil guerras.

Su padre tenía el honor de ser el hermano de uno de los ayudantes de los sacerdotes del templo del Sol, donde el gran Mohan hablaba directamente con el Cacique. Pese a que nunca habían podido relacionarse con su tío, o con uno de los sacerdotes del templo y menos aún con el Cacique, Iska y Lipak se consideraban mejores que los demás y por eso estaban allí. Querían demostrarle al pueblo que el dragón no existía y que solo eran cuentos para asustar a los más pequeños. Era común escuchar historias sobre niños menores de doce años que desaparecían cerca del lago y la creencia popular culpaba al dragón, aunque nadie tuviera prueba de ello.

Avanzaban en la oscuridad por entre la vegetación de la isla, pisando con cuidado para no hacer ruido y manteniéndose alerta con las macanas en las manos por si escuchaban cualquier cosa. No al dragón, claro que no, porque no existía, pero sí podía haber otros animales salvajes. Desde la orilla habían vislumbrado una pequeña colina en el fondo, así que era allí donde se dirigían con paso lento.

– ¡Cuidado! – dijo Iska tratando de mantener un tono bajo de voz y ambos se tumbaron al suelo, una lechuza pasó volando, rozando sus cabezas. Los había atacado con sus garras abiertas como si ellos fueran una simple presa, un ratón.

– Creo que ya demostramos que no hay nada aquí – susurró Lipak mientras se colocaba de pie quitándose la tierra que reposaba en sus rodillas – ¿no te parece? – dijo y tomó su macana del suelo. Aquella arma de guerra; una maza corta que en el extremo podía tener decoraciones filosas.

Su hermano mayor miraba en dirección de la playa mientras apretaba la boca.

– Ya recorrimos varios kilómetros y no hemos visto sino un búho – contestó Iska.

– Ni siquiera hemos visto animales terrestres.

– Exacto, tienes razón – se convencía. – Como siempre lo he dicho, aquí no hay nada.

El rugido de un animal en dirección de la colina hizo que movieran con brusquedad la lámpara y ésta se apagó haciendo que la oscuridad los engullera inmediatamente. No supieron quién fue el primero en salir corriendo, pero los dos descendían como liebres en medio de la arboleda, saltando y esquivando cualquier obstáculo que entre la penumbra pudiera atravesarse. Solo les faltaban un par de arbustos para llegar a la orilla y cuando lo lograron, Iska se quedó estático mirando en dirección de la playa. Lipak llegó detrás de él y lo tumbó al tratar de esquivarlo. Ambos cayeron en la arena dando vueltas.

El bramido que salía de un inmenso hocico hizo que se levantaran como resortes del suelo y sin quedarse a mirar de qué se trataba, echaron a volar internándose entre la vegetación. Corrían como almas que lleva el diablo sin rumbo fijo y en la completa oscuridad.

– POR AQUÍ – gritó Lipak que entre temblores miraba a su hermano con los ojos desorbitados por el miedo que en ese momento estaba sintiendo.

Entraron a través de una grieta angosta que encontraron, con certeza aquella criatura no los seguiría por allí. Por varios minutos caminaron con la respiración agitada entre las paredes de las rocas. Era tan estrecho el pasadizo, que por momentos parecía que la montaña los quería estrangular y tanto la lámpara como las macanas que aún llevaban en las manos, les estorbaban. Salieron a un espacio más abierto, donde la negrura era total y mientras avanzaban comenzaron a escuchar como se quebraba algo que se encontraba en el suelo. Iska con sus manos temblorosas, encendió la lámpara.

– ¡Es cierto! – exclamó Lipak retrocediendo para evitar seguir pisando los miles de huesos que se encontraban esparcidos por doquier.

– ¡Quédate quieto! – lo regañó su hermano y puso su dedo en la boca para indicarle que hicieran silencio.

La tímida luz de la lámpara era suficiente para detallar dónde se encontraban. El techo de la cueva era tan bajo, que con solo levantar las manos podían tocarlo. Había dos salidas, la grieta por donde habían llegado y una abertura mucho más grande enfrente de ellos. Iska avanzó hasta la entrada.

– ¡Detente! – exclamó su hermano menor con un hilito de voz quebrado por el terror que sentía en esos momentos. – ¿Qué pretendes hacer?

– Explorar – contestó con una mirada maliciosa en su rostro. – ¿Vienes?

Pero no dejó que Lipak contestara y se internó en el pasadizo llevándose la luz con él. Un minuto después sintió los pasos de su cómplice y sonrió para sí mismo. En la medida en que avanzaban, la cueva comenzaba a ser menos oscura, así que después de varios metros la lámpara dejó de ser útil y la apagaron. Frente a ellos había una gran cueva con una bóveda como techo desde donde se podía ver la luna llena.

– Este debe ser el lugar donde se esconde – dijo Iska emocionado.

– Listo, ya lo vimos … ¿podemos irnos antes de que llegue y nos devore? – Lipak no se había alejado de la entrada. Estaba tan asustado que no solo temblaba, respiraba de forma entrecortada y hablaba como si estuviera llorando.

Cuando su hermano mayor se giró para contestarle y de paso tratar de calmarlo, le pareció vislumbrar algo a lo lejos y se detuvo expectante, hipnotizado mirando entre las sombras, detallando cada piedra, cada esquina de aquel lugar.

– ¿Los escuchas?

Lipak lo conocía tan bien que intuyó en sus gestos lo que estaba pensando. Su actitud temeraria a veces llegaba a exasperarlo, como en esos momentos.

– Ni lo pienses – le dijo cogiéndolo con fuerza de la mano.

– No podemos dejarlos allí, hay que sacarlos.

Se soltó tirando con un movimiento brusco y comenzó a descender en dirección de los gritos de los niños que levantaban sus brazos para que los dos jóvenes los pudieran ver. Lipak suspiró, pero siguió a su hermano mayor, adentrándose poco a poco en la guarida de Guahaioke. Casi habían llegado cuando sintieron ingresar al dragón, sus pisadas hacían temblar toda la cueva. Los jóvenes se ocultaron rápidamente entre las sombras con los pequeños detrás de ellos.

Iska trataba de encontrar una salida, pero la bestia bloqueaba el trayecto por el que habían llegado. El dragón rugió buscando su cena y comenzó a olisquear el aire. Tenía una cabeza amplia con cachos, se apoyaba en cuatro patas y no tenía alas porque era un animal acuático regido por Chía la diosa de la Luna. Era negro como la oscuridad, pero los destellos de luz que llegaba de la parte superior de la bóveda hacían brillar sus escamas, con tonos rojizos que se intensificaban cerca de su cuello. Mientras el dragón se movía con desespero, los jóvenes junto con los pequeños se mantenían estáticos, tan quietos como podían, rezando porque el animal no los encontrara, pero lejos de eso, el hocico halló el rastro y dirigió su enorme cabeza hacia ellos. Iska inmediatamente levantó su macana.

– Yo lo distraeré y tú, sácalos de aquí.

Lipak quiso contradecirlo, su hermano ya se abalanzaba sobre la bestia haciendo todo el ruido que le era posible para que se alejara de los demás, y lo consiguió. Así que, mientras Iska se escurría como una hormiga para evitar ser aplastado por las garras del dragón, el hermano menor subía la cuesta con los pequeños para lograr escapar por donde habían entrado.

Amanecía cuando salieron de la roca, pero no se detuvieron. Corrían sin mirar atrás, escuchando los rugidos que salían de la colina y retumbaban por toda la isla. No había tiempo para descansar, solo para huir y evitar ser devorados por aquel demonio. Los niños junto con Lipak subieron en el bote listos para partir, pero él no se atrevía a hacerlo. Sus ojos estaban clavados en la colina que apenas se vislumbraba en el horizonte, deseando que ocurriera un milagro y viera a su hermano aparecer entre la vegetación.

Un quejido de dolor que venía de la cueva detuvo su corazón y la esperanza se perdió completamente. Así que, mirando al mayor de los niños le entregó la pala y la responsabilidad de llegar a tierra sanos y salvos. Él regresaría por su hermano, no lo dejaría morir solo, pero cuando iba a poner uno de sus pies en la arena para poder descender, vio una figura que corría a trompicones hacia ellos.

– ¡VAMONOS! – gritó con desesperó y de un brinco se subió arrebatándole los remos al pequeño.

La embarcación avanzaba rápidamente porque Iska no dejaba de impulsarla con sus potentes brazos. Nunca dejó de mirar en dirección de la isla y solo hasta que la noche se despidió completamente, se pudo relajar. Todos en el pueblo sabían que el Sol lastimaba a Guahaioke.

Cuando Iska cedió el remo al mayor de los niños, Lipak se dio cuenta que su hermano mayor estaba herido y corrió a socorrerlo. Tenía varias escamas rojizas del dragón incrustadas en su dorso derecho.

– No te preocupes es solo un rasguño – le había dicho Iska, su expresión había cambiado y ya no había pánico en ella, ahora sus ojos brillaban de emoción. – ¡Ha sido una de mis mejores aventuras!

Ahora, después de años de lo ocurrido, Lipak recordaba aquella historia en el entierro de su hermano. Después de esa noche, ellos habían sido elevados a la categoría de héroes y reverenciados por todos los habitantes. Su hermano había llegado a ser uno de los mejores guerreros del pueblo y él, un poco menos intrépido, se había convertido en sacerdote al servicio de su Cacique. Ahora junto a la tumba, sostenía con su mano derecha la macana de Iska, decorada en su cabeza con una extraña piedra que fue llamada la esmeralda roja, su filo fue temido por los enemigos del imperio, capaz de cortar hasta el más duro de los metales. Sin embargo, su escudo construido con el resto de las escamas reposaba junto con él. Aquellos objetos eran las únicas pruebas de que Guahaioke, el monstruo del lago realmente existía.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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