La Estirpe Oscura

Cayó sobre el piso levantando una estela de polvo. El caballo que montaba huía abandonándola en medio de la confrontación. Estaban en uno de los pueblos del sur, aldeas con pequeñas casas donde vivía gente humilde. Detuvo con su espada el ataque del mismo hombre que la había tumbado antes. Su contrincante arremetía con fuerza y podía escucharse el sonido del metal cuando las dos armas se encontraban. La joven de unos quince años, pateó con fuerza directamente a su rodilla y el hombre se quejó de dolor, soltando la espada para tomar con sus manos el lugar donde había sido golpeado. Zua se colocó de pie inmediatamente para atacar, pero el gemido de unas vocecitas llamaron su atención. Un grupo de pequeños se empujaban, arrinconados sobre una pared que sostenía milagrosamente el techo que ardía en llamas. Corrió hasta allá mientras se defendía de los ataques. Los pobladores trataban de impedir que se acercara, pero era imposible.

– ¡DETENTE! ­– le gritó una chica de piel morena que sostenía una pequeña daga en sus manos.

Temblaba y Zua se dio cuenta, así que sin prestar atención a la amenaza que tenía enfrente de ella, avanzó pasando por su lado. La chica levantó su pequeño puñal para atacar, pero la guerrera con un movimiento que parecía un juego de niños la desarmó.

– No estás ayudando, solo estorbas ­– le soltó Zua de forma severa con una mirada clavada en los ojos café oscuros de la joven.

– No permitiré que les hagas daño ­– sentenció Zhayna aún temblando.

Sabía que no tenía ninguna forma de vencerla. Ella era solo una pueblerina sin contacto con la guerra, en cambio la joven intrusa que tenía enfrente, aunque parecía tener la misma edad, demostraba ser una guerrera adiestrada para pelear.

Zua no la escuchaba y avanzó hacia los pequeños que se escondían como ratones asustados.

            – Por aquí ­– les dijo con voz suave. ­–¡Síganme! Los sacaré de este infierno ­– y tomó la mano de la más pequeña consiguiendo que los demás, en su afán de protegerla comenzaran a seguirla. Rápidamente los llevó al bosque, internándose en él con la joven morena siguiéndole el paso.

– Ahora sácalos de aquí, desde este momento quedas a cargo y eres responsable de que sobrevivan – su expresión ahora era serena y sin esperar réplica alguna, se retiró para internarse nuevamente en la batalla.

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– ¿Quién es ella? – preguntó Zhayna a uno de los compañeros que tenía al lado.

Después del ataque que su pueblo había sufrido, muchos de los jóvenes habían sido secuestrados por la Estirpe Oscura y llevados al Bosque Sombrío para ser entrenados como guerreros. A ella por desgracia, la habían capturado y ahora se encontraba en ese lugar con diez más de sus amigos de infancia. Los habían marcado con hierro y ahora en su antebrazo derecho lucía la marca de los cuervos.

– Dicen que es capitán, se llama Zua y parece que es una de las guerreras de mayor confianza del líder – contestó.

Zhayna la observaba, la joven caminaba entre los demás con una expresión seria y muchos se retiraban para cederle el paso. A ella le pareció ver a otra persona muy diferente a la que había salvado a los niños hacía unos días.

– Pues lo que tiene de temida lo tiene de hermosa – dijo otro que estaba un poco más retirado.

Zhayna siguió mirándola, era cierto, la chica tenía un cabello color avellana, de facciones suaves, piel trigueña y cuerpo esbelto, pero su actitud era seria y al parecer no hablaba con nadie. Sintió pena por ella, percibía que había mucha soledad a su alrededor.

Durante los siguientes días, la joven siguió a la capitán insistentemente. Había notado que a diferencia de los nuevos reclutas como ella, Zua podía salir del campamento. A veces duraba varias días por fuera y generalmente cuando regresaba se dirigía inmediatamente al comandante Odoultsa, el líder de allí. Un hombre alto de contextura gruesa y corpulenta que tenía la cara manchada por el sol. Sus ojos eran negros sin pupilas, propios de los devotos de las tierras del norte.

Esa mañana las nubes negras que acompañaban constantemente al Bosque Sombrío, oscurecían aún más el cielo. Zhayna salió del cuarto que debía compartir con otros diez guerreros porque había mucha algarabía, así que se acercó con curiosidad para ver de qué se trataba. Era una chica delgada y de baja estatura, así que se escabulló por entre sus compañeros para observar en primera fila lo que ocurría.

Una cría de un animal que nunca había visto, gemía asustado como un chiquillo acorralado. La criatura tenía dos grandes colmillos en el frente y su cuerpo estaba cubierto de un pelo duro y áspero que lo hacía ver desprolijio. El comandante ya había llegado y se dirigió a los cuervos que habían traído al animal.

– ¿Por qué hay un Ugal en mi campamento? – dijo con voz gruesa y Zahyna pudo ver una bruma oscura que aparecía en sus manos sutilmente. Se decía que los comandantes como él estaban poseídos por la Sombra que habitaba en el norte y la obedecían ciegamente.

Mientras el joven le contestaba a su comandante, Zhayna se dio cuenta que Zua estaba mirando a la criatura, su cara había cambiado y ahora se parecía más a la guerrera que conoció en su pueblo, el día del ataque.

– Zua – dijo de repente Odoultsa sorprendiéndola, quien cambió la expresión de su rostro y alzó la vista, ahora miraba de forma inexpresiva. – Mátalo.

La joven lo miró sin responder y se mordió el labio. Luego como si algo la hubiera hecho reaccionar, desenfundó su espada y se acercó a la criatura indefensa. El corte había sido limpio, como lo haría un experto cazador para evitar que su presa sufriera, pero nadie se dio cuenta de eso, solo Zhayna que conocía el arte de la caza.

– Termina con los demás y acaba también con la madre, no quiero animales aquí – le ordenó aquel hombre con soberbia y se retiró del lugar.

Zua enfundó su espada después de limpiarla y luego partió.

____

La guerrera contemplaba la entrada de la cueva donde se suponía estarían las criaturas que debía eliminar.  Shayna la observaba entre la vegetación, la había seguido desde el campamento sin que nadie se hubiera dado cuenta.

Zua entró y unos minutos después Shayna. La encontró junto a la cría que aún quedaba en el lugar. No había rastros de la madre, así que la levantó del suelo y la cargó entre sus brazos.

– ¿Por qué me sigues? – hablaba con un tono neutral y solo después de terminar de formular su pregunta, se giró para observarla. – llevas días haciéndolo … ¿qué buscas?

Aquella pregunta sorprendió aún más a Shayna, porque una de las cosas por las cuales su padre siempre había estado orgulloso de ella, era por su destreza para rastrear sin hacer ruido.

– Q-quiero ser tu amiga – titubeó.

– Los cuervos no conocen esa palabra.

– Tu me ayudaste a salvar a los pequeños de mi pueblo ¿recuerdas?

– Si, lo sé – respondió. – Regresa al campamento.

– Sé que no eres esa persona que quieres mostrar a los demás o de lo contrario por qué estás tratando de salvar al cachorro cuando te ordenaron matarlo.

– REGRESA, es una orden.

Del exterior llegó el rugido de un Ugal que se acercaba y las dos jóvenes dirigieron la mirada hacia la puerta de la cueva.

– Vete de aquí rápido – le dijo Zua. – Yo me encargaré de sacarlos del bosque – y sin esperar su respuesta, se perdió rápidamente con la cría entre sus brazos.

Cuando Zhayna salió de la cueva, la guerrera corría a través del bosque con la mamá siguiéndola de cerca. Miró en dirección del campamento, pero sabía que los gruñidos del animal estaban cargados de ira.

“No importa dónde estés, siempre debes hacer lo que consideres correcto” vino a la mente de Zhayna las palabras que siempre repetía su padre y apretó la boca con fuerza. – ¡Rayos! – exclamó entre murmullos.

_____

Respiraba con dificultad, el trayecto había sido largo. Además, el bosque en esa parte era denso y más oscuro que el resto, así que tropezó un sin fin de veces mientras lo atravesaba. Los árboles se alzaban como monstruos gigantescos que la retenían. Por momentos, sentía que el oxígeno se agotaba y la oscuridad era total, pero su padre le había enseñado bien, así que nunca perdió el rastro y después de varios minutos, que a ella le parecieron horas, llegó al borde de un río poco profundo. El rugido del Ugal, hizo que pudiera ubicar con rapidez dónde se encontraba Zua y corrió hasta allá.

La guerrera estaba al otro lado de la orilla de un pequeño riachuelo, mientras que la mamá caminaba a través del lecho con ansiedad en busca de su hijo. Zua dejó la cría sobre el suelo y retrocedió levantando las manos, pero la bestia estaba furiosa y después de revisar que el pequeño estuviera bien, comenzó a avanzar hacia ella.

– Vamos ya tienes al pequeño – le decía la guerrera con la voz tensa mientras tomaba una daga de su bota. – No me hagas hacerlo, no quiero lastimarte. – retrocedía, pero el animal avanzaba y Zua sujetaba con fuerza el arma en sus manos.

De pronto, una piedra lanzada desde el otro lado golpeó el lomo del Ugal, eso la aturdió por un minuto. Zhayna aprovechó y lanzó otra más con una honda que sostenía en su mano. Desde que su padre se la regaló cuando cumplió diez, siempre la llevaba consigo. La joven tenía una excelente puntería, y la roca cayó nuevamente sobre el cuerpo del animal. Este giró en redondo y emitió un gruñido potente en su dirección que duró varios segundos.

El pequeño se acercó a su madre y le tocó la pierna con el hocico, así que lo miró y después de responder las caricias de su cría, comenzó a marcharse en dirección de las tierras del norte, alejándose del Bosque Sombrío.

– Gracias – le dijo solemnemente Zua al acercarse a ella, su expresión era diferente, volvía a ser dulce.

– No podía dejarte, tengo una deuda contigo – contestó Zhayna – y me gustaría ser tu amiga … los amigos se protegen – le guiñó el ojo.

– Pues te lo agradezco, había olvidado lo que se sentía tener un amigo – sonrió por primera vez después de años de estar en aquel bosque, a las órdenes del comandante Odoultsa.

Zhayna se convirtió en su mejor amiga, su única amiga en aquel lugar. Siempre se mantuvieron juntas protegiéndose día tras día, hasta que llegó el momento de escapar del Bosque Sombrío.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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