La Invasión de Suesux

El olor a humo lo despertó. Miró a través de la ventana para contemplar atónito el incendio que arrasaba con la ciudad. No entendía lo que estaba sucediendo porque desde que llegaron todo había transcurrido en calma. Hacía tres noches que se encontraban en Suesux y los preparativos para la ceremonia estaban casi terminados. 

El ruido de la puerta lo despertó de sus cavilaciones y se giró para mirar.

– ¿Qué sucede? – preguntó sin esperar a que su amigo ingresara a la habitación.

– Nos atacan – respondió agitado y luego comenzó a toser sin poder detenerse.

Yaku tomó la jarra de agua para servirle un vaso, pero estaba distraído mirando a los niños que dormían plácidamente sin percatarse de lo que sucedía afuera.

 – Así está bien – Rumi se acercó para arrebatarle el vaso antes de que el líquido se desbordara. Había dejado de toser y también contemplaba a los pequeños protectores al igual que Yaku. – ¿Qué hacemos? Si los encuentran estarán en peligro.

– Hay que sacarlos de aquí – respondió con voz resuelta el más anciano de los dos.

Después de despertarlos comenzaron a avanzar en medio de los pasillos del palacio. Las personas se movían de un lado para otro buscando la forma de huir de la catástrofe que se avecinaba. Los pequeños caminaban tomados de las manos, habían sido elegidos por la diosa Sia como protectores del pueblo del Agua. La más pequeña de los cuatro miraba con ojos nerviosos el aspecto que ahora tenía el gran salón. Unas horas antes había servido para conocer al futuro cacique del pueblo del Sol, pero en ese momento las llamas lo consumían lentamente. Un estruendo que derrumbó parte de la pared que tenían enfrente los hizo retroceder.

– Hay que dividirnos – espetó Rumi.

– No estoy seguro – Yaku observaba todo a su alrededor, el espacio por donde iban a salir ahora se encontraba bloqueado por el muro que había caído. – Los necesitamos a los cuatro.

– Por eso – Tosió, la estela de polvo que se había levantado más el humo del ambiente no lo dejaban respirar. – Nos vemos en la laguna.

– ¿En la laguna?

– No pueden capturarlos o todo estará perdido – hablaba con firmeza. –  Sin ellos no habrá ninguna ceremonia.

–  ¿No estará pensando en el portal?

Rumi asintió nervioso.

– Tampoco me gusta, pero hoy los astros nos favorecen. Temíamos que el eclipse ayudara al pueblo de la Luna de alguna forma, pero nadie imaginó que lo utilizarían para destruir la ciudad esta misma noche. Quieren desalojar al pueblo del Sol de estas tierras, pero si nombramos al príncipe como cacique su plan habrá fallado.

– Está bien, pero no se demore o no podrán atravesarlo. 

Tomó a dos de ellos de las manos y se acuclilló para mirarlos a los ojos mientras les explicaba calmadamente lo que iban a hacer. Miró a su amigo y sin perder un minuto más, comenzó a huir hacia el punto de encuentro.

La oscuridad de la noche y el aire cargado de humo reflejaba el caos y la caída del cacicazgo. Su contextura robusta hacía que se moviera con dificultad, pero eso no lo haría desistir. Sudaba copiosamente mientras corría a través del palacio llevando consigo a los dos niños que con dificultad le seguían. 

Entraron a un gran salón sin techo, que tenía jarrones de barro inmensos a lo largo del pasillo. En el centro se levantaba una hermosa fuente de agua cristalina con la figura de una mujer. La estatua sostenía un cuenco mientras parecía tocar con sus dedos el estanque donde decenas de pececillos de colores nadaban sin percatarse de lo que estaba sucediendo a su alrededor.

Una mujer le cerró el paso y tuvieron que detenerse.

– Yaku – susurró. – Han bloqueado la entrada principal, no podrás salir por ahí.

– Iré por el bosque hasta llegar a la laguna, no te preocupes. Todo saldrá bien.

Aquella mujer se había quedado contemplando la fuente, sus ojos estaban desorbitados por el miedo y temblaba ligeramente. Yaku la conoció cuando llegó a Suesux porque hacía parte del séquito personal del príncipe del pueblo del Sol, al verla tan desesperanzada tuvo que hablarle con voz gruesa para que reaccionara.

– Sia los protegerá … ya deberían saberlo.

Ella asintió y se mordió los labios.

– ¿A dónde los enviarás?

– A Bacatá.

La mujer asintió y se retiró para que marcharan, pero no dejó de observarlos hasta que se perdieron en medio de las calles.

Siguieron corriendo sin parar, atravesaban la arboleda mientras los gritos que venían de la ciudad comenzaban a apaciguarse. Lo estaba logrando y en la quietud momentánea que la noche le estaba regalando, pensó en la suerte que tendrían los pequeños al llegar a ese mundo desconocido.

Sia los protegerá” se convencía.

– Ya casi llegamos – los animó mirando al cielo. – ¡Vamos! aún se puede hacer – dijo aliviado apresurando la marcha.

Una pequeña sombra de forma circular comenzaba a devorar a una de las lunas y la oscuridad que los abrazaba se tornaba cada vez más profunda.

Las aguas tranquilas de la laguna aparecieron ante sus ojos y el hombre los invitó a que se acercara a la orilla. Los pequeños obedecieron. Estaban muy asustados, la niña temblaba mientras su hermano se acercaba a ella para protegerla. Al tomarla de la mano un ligero brillo se desprendió de sus cuellos. Cada uno tenía un tatuaje dibujado al lado de la oreja derecha en honor a su protectora, la diosa Sia.

– Vengan – les dijo Yaku mientras les ofrecía su mano para que lo siguieran. Hablaba con ternura porque había notado el miedo en los ojos de los niños. – Todo saldrá bien – les dijo para calmarlos.

– ¿Por qué tenemos que irnos? – Nym era el mayor de los dos.

– No quiero irme – Quyn comenzó a sollozar y se limpiaba las lágrimas con el dorso de su mano.

– Si se quedan puede que ocurran cosas malas … allá estarán a salvo. No deben temer.

Los gritos de varios guerreros que parecían acercarse alteró al viejo. Sacó de su bolsillo dos pequeños dijes de oro que colocó en sus cuellos y luego los besó suavemente en la frente. Los pequeños no se habían soltado de las manos y el agua había empezado a vibrar.

“¿Dónde estás Rumi?” pensaba mordiéndose los labios. El tiempo se agotaba y cuando el eclipse acabara no podrían irse. Reflexionaba sobre las opciones que tenían mientras esperaba con ansias que su amigo llegara.

Vislumbró unas figuras que venían del fondo y respiró aliviado. Volvió a observar al cielo, si se apresuraban podrían lograrlo, bajó la mirada y el ruido de la voces comenzaron a llegar.

– QUÉDESE QUIETO – gritaban y una flecha surcó los aires para incrustarse a unos pasos de él y los niños.

El anciano se arrodilló inmediatamente frente a los pequeños. Tenía que enviarlos por el portal, no podía esperar un minuto más.

– Todo saldrá bien – les dijo calmadamente mientras se separaba para dejarlos solos. – Recuerden que aquí siempre los estaremos esperando y no olviden que la diosa Sia los protegerá hasta que regresen a casa.

Los pequeños avanzaron con timidez como les habían enseñado a hacer en el pueblo del Agua. La diosa se manifestaba de muchas formas, pero su favorita era la neblina. Llegó y se enredó en sus cuerpos para cubrirlos completamente.

– Deténgase anciano – espetaron los guerreros del pueblo de la Luna que ya lo habían alcanzado.

– ¿Qué hace aquí? Todos han sido convocados a la plaza principal.

– Nada, ya iba para allá – respondió con firmeza el sacerdote, pero sus ojos estaban clavados en la bruma.

Respiró aliviado porque los protectores de Sia se habían marchado.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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