La Jinete de Dragones

Esa noche, Elin nunca se imaginó encontrarse con el objeto más extraño que una niña como ella podía tener. Le cambió la vida por completo y aún no sabe si fue para bien o para mal. Lo único cierto es que ella ya nunca volvió a ser la misma.

Desde que se acordaba, siempre esperaba el amanecer para entrar al mar y ver al Sol resurgir de las aguas mientras ella permanecía sumergida al calor del océano. Le encantaba bucear y nadar tocando el fondo con su pecho. Lo hacía casi a diario porque a veces se encontraban cosas interesantes que las personas botaban, objetos valiosos que ella recogía para vender en el mercado del pueblo.

Elin no tenía familia, su madre murió cuando ella era muy pequeña. Así que le tocó madurar rápido y coger las riendas de su propio destino. Era buena comerciante, generalmente si no conseguía nada en el mar, pescaba y luego lo vendía, pero esa mañana las cosas no iban bien. Por alguna razón, algo había espantado a los peces y las aguas estaban vacías completamente.

Su estómago comenzó a protestar porque las horas avanzaban y ella aún continuaba sumergida buscando entre las piedras del acantilado que acompañaba la playa. Solo hasta último momento, detectó una cosa que brillaba. Estaba atorada entre una de las fisuras y la corriente la empujaba contra el muro. La tomó de prisa evitando que ella también fuera arrastrada a las profundidades e impulsándose con ayuda de la misma pared emprendió el regreso a la playa.

– ¿Qué cosa eres? – preguntó extrañada.

En sus manos tenía un objeto redondo del tamaño de un coco y de textura lisa. Parecía una pelota de color gris con visos negros. Nunca en su vida había visto algo parecido.

Su estómago volvió a rugir y se encogió de hombros.

“Tengo que venderte a como dé lugar” se dijo.

. . . . .

 

– Nunca encontrará nada parecido – le dijo a Masawa el dueño de la tienda de cachivaches del pueblo.

– No compro basura.

– ¿Cómo puedes decir eso? Nunca le vendería algo así – era el quinto puesto del mercado que visitaba, pero nadie parecía interesarle.

La verdad es que por más que lo había limpiado y pulido, el objeto parecía una roca tosca y simple.

Masawa bajó un poco sus gafas para mirarla con desconfianza.

– No me hagas hablar – respondió con voz cansina. – Sal de acá.

– Perooo.

– Desaparece de mi vista o llamaré a los guardias.

Recogió la esfera con rapidez y se retiró sin nisiquiera despedirse. La última vez, había cumplido su amenaza y la habían encerrado por tres días en los calabozos del palacio.

Al salir se topó de frente con uno de los hombres más importantes del pueblo, casi lo arroya, pero lo había esquivado justo a tiempo.

– Señor Xibal me alegra encontrarlo – le dijo cortésmente. Él alzó una de sus cejas y cuando abrió la boca para echarla de allí, lo cortó enseguida. – Tengo un objeto único, ideal para alguien de su posición. Es una de las joyas más exquisitas del lejano territorio del norte, donde las arenas ardientes del desierto lo cubren todo y …

– ¿Me vas a embaucar?

– Claro que no – respondió y pasó saliva porque su guardia personal se había preparado en caso de que su señor lo solicitara. – Si quiere obsérvelo por usted mismo – lo levantó para que lo tomara.

Xibal no lo cogió y lo observó sin tocarlo.

– ¿Qué es?

– Que bueno que preguntó. Los hechiceros del desierto lo llaman una perla de lagarto azul … ¿Los conoce?

Mentía, pero en su corta vida se había acostumbrado a hacer cualquier cosa para poder conseguir dinero y comer.

El hombre negó con la cabeza, y con su expresión incrédula y divertida al mismo tiempo la dejó hablar.

– Son criaturas de más de dos metros de largo que acechan en el desierto. De sus patas aparecen este tipo de protuberancias que son tan valiosas como las perlas de un mejillón.

– ¿Y cómo lo conseguiste?

– En el océano – contestó sin pensar.

– Si el desierto está al norte ¿cómo llegó al océano? – preguntó divertido.

Elin se sonrojó y Xibal soltó una carcajada

– Eres buena para hablar. De pronto algún día te contrataré, pero por ahora eres solo una mocosa que me estorba y no me deja continuar mi rumbo.

La pequeña apretó la boca y le cedió el paso. No había mucho que hacer, la había descubierto porque entre el desierto y el océano estaba los territorios donde ellos vivían. Era imposible encontrar una “perla de lagarto azul” en el mar.

Se recostó desanimada sobre la pared con el Sol sobre su cabeza. Había llegado el mediodía y no había conseguido dinero para comprar algo y llenar su estómago. Miró al extraño objeto que mantenía en sus manos.

– Tendremos que robar – le dijo con tristeza.

Lo guardó en el morral, necesitaba sus manos libres. Siempre odiaba cuando tenía que hacer eso porque después debía alejarse de allí. Nadie volvería a comprarle a un ladrón. Al anochecer debía cambiar nuevamente de pueblo.

. . . . .

 

Decidió partir cuando el cielo se oscureció y caminó a lo largo de la orilla. Había escuchado que a unas horas de marcha quedaba un pequeño poblado de pescadores. La Luna le alumbró todo el camino y casi al amanecer vislumbró pequeños resplandores de antorchas que avecinaban la cercanía de las murallas de ese nuevo lugar. Buscó donde descansar y encontró un pequeño refugio entre la maleza. Solo hasta bien pasada la mañana podría entrar a través de las puertas e ingresar al pueblo. Posó el morral sobre el suelo, sentía que pesaba demasiado y su espalda le dolía. Se recostó y casi inmediatamente se quedó dormida.

. . . . .

 

Los días pasaron, se centró en conocer a los mercaderes del pueblo y a los señores poderosos para poder comercializar, aunque era difícil porque muchos la veían como una niña y siempre trataban de engañarla. La apariencia del objeto había cambiado, ahora era ovalado y su superficie azulada, parecía más un huevo que otra cosa. Recién había llegado, había tratado de venderlo sin conseguirlo, pero ahora estaba tan entusiasmada con la idea de conocer a la criatura que albergaba en el interior, que lo mantenía oculto dentro del refugio. Por fin tendría compañía y no estaría sola.

Esa tarde regresaba a su pequeña morada cuando sintió que la perseguía, apresuró el paso y se internó en la vegetación. Cuando pensó que los había perdido aparecieron de repente tapando la entrada de su cueva hecha de ramas y hojas.

– Nos dijeron que estás vendiendo un huevo de dragón.

Elin abrió sus ojos.

– ¿No sabías qué era, Mocosa? – dijo el otro sujeto de forma burlona y ambos se rieron a carcajadas mientras ella miraba recelosa la entrada de su puerta.

– Si lo sabía – respondió con la voz seria. – Cualquiera podría darse cuenta … aunque, lamento informales que ya no está en venta.

– Creo que no lo entiendes, cuando Wawen quiere algo lo toma, así que dime ¿Cuánto pides por él? Y cerramos de una vez el trato.

Ella retrocedió, pero una mujer que no había visto antes, apareció y le cerró el paso.

– Mira niñita, no queremos hacerte daño. Entréganos el huevo y no volverás a vernos nunca más.

Elin lo miraba fijamente. No era la primera vez ni la última que se tropezaba con maleantes, pero ella era aún pequeña y ágil, y para conseguir lo que querían tendrían primero que atraparla. Pensó en el cerro al lado del mar y sin darles tiempo para que se alistaran, salió a correr con los tres sujetos pisándole los talones. Trepó y saltó como un chivo de monte para alcanzar la cima, allí había descubierto una pequeña cueva que miraba hacia el mar y podría esconderse sin problema, pero cuando estaba a punto de llegar, uno de los hombres la atrapó del brazo. Se retorció para que la soltara, pero no lo consiguió. La agarró de su ropa y la levantó para suspenderla en el filo del acantilado.

– Te iba a pagar, pero el tiempo de negociación pasó. Me dirás dónde tienes escondido el huevo o tendremos que buscarlo sin tu ayuda.

Elin con el vacío debajo de sus pies apretaba la boca para no gritar, pero su corazón a mil por hora le decía que nunca había estado tan asustada en toda su vida.

– RESPONDE – gritó e hizo el amague de querer soltarla.

Un grito ahogado provocó que los bandidos se rieran a carcajadas y ella sin poder evitarlo miró hacia abajo. La boca de su estómago se le comprimió tanto que comenzó a dolerle. Pensaba o por lo menos lo intentaba porque el miedo que sentía no la dejaba mantener en su cabeza otra idea diferente a la de una horrible muerte.

– ¿Y bien?

– Lo vendí – contestó apresurada. – Hace ya varios días …

– MIENTES.

Sin esperar replica alguna el maleante la soltó y Elin comenzó a caer sin remedio. Siempre supo que una niña como ella tenía una vida más difícil que la de los demás, pero el destino lo había querido así. Lamentablemente su madre murió de fiebre y sin otro familiar cerca, su vida se convirtió en una batalla diaria por sobrevivir. Cerró los ojos, ya todo terminaría y su lucha acabaría de una vez por todas, pero algo la atrapó y comenzó a elevarse nuevamente. Abrió sus ojos. No podía creer lo que estaba viendo.

Después de posarla sobre la hierba se colocó delante de los tres sujetos y éstos cayeron de espalda. Sus expresiones de horror y curiosidad al mismo tiempo se mezclaban con la forma como intentaban huir de aquella bestia arrastrándose en cuatro patas. Intentaban alejarse sin conseguirlo.

El dragón rugió y el fuego que expidió por sus fauces fue el acto final para una caótica retirada de los bandidos. Elin que se mantenía estática viendo aquella escena, pasó saliva cuando el animal se giró para observarla.

– Por fin te encuentro – le dijo con voz serena.

– ¿A-aa mí? – titubeaba, estaba congelada del miedo.

– Mi nombre es Dhalia princesa del reino perdido y tienes algo que es mío.

– No lo sabía … yo nunca quise hacerle daño, yo …

– Lo sé, quiero darte las gracias por cuidar de él – terminó diciendo haciendo una reverencia con su cabeza.

Elin asintió, su nerviosismo comenzaba a disminuir.

– ¿Puedes llevarme a él?

La dragona después de examinar su huevo y hacer un gesto de aprobación, lo recogió con sus patas para atraerlo hacia ella. Elin se sentó, miraba aquel encuentro y pensó en su mamá. Una lágrima bajó por su mejilla, estaba triste. Había pensado que cuando el huevo eclosionará nunca volvería a estar sola, pero ahora sabía que solo había sido un bonito sueño.

La dragona abrió sus alas para disponerse a partir. La despedida había sido emotiva y la pequeña aún tenía sus ojos llorosos.

– ¿Quieres venir con nosotros? – le dijo de imprevisto.

Cuando recuerda aquella historia sonríe con nostalgia, porque después de aquel inesperado encuentro su vida cambió por completo. Dhalia la llevó al reino de los dragones donde creció con las criaturas más maravillosas que pueden existir. Nunca volvió a estar sola, aunque era la única humana en todo el lugar.

Aprendió mucho de todo, como el hecho de que los dragones nunca abandonan a los suyos, aún si sus padres perecieron, porque proteger su futuro los hace fuertes. Se convirtió en la primera jinete de dragones de todo el territorio, admirada y temida por los hombres. Ahora como embajadora del reino perdido visita los poblados donde mendigó cuando era niña para llevar los milenarios conocimientos de su familia adoptiva: los dragones.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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2 Comments

  1. Diana G.C. Iracheta el junio 6, 2021 a las 9:50 pm

    Vaya, en serio amo tu sitio web. Muchas felicidades por todo lo que has hecho aquí!
    Me encantó tu cuento! Todo está muy padre y cuidado.
    Saludos desde México.

    • Fernanda Maradei Fernanda Maradei el junio 6, 2021 a las 11:28 pm

      Gracias, espero que puedas leer todos los cuentos que quieras, ese el propósito de este blog.

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