La Piedra de Eón

Una mariposa blanca bailaba enfrente suyo, a ella, le siguió una más y luego otra. Cuando se levantó del suelo para sentarse mejor, se encontraba rodeado de decenas de ellas que volaban formando una espiral hacia arriba.

– Perdidos – se quejó su compañero que vaciaba la última gota de agua que quedaba de la cantimplora.

– Hicimos todo lo que está escrito … este es el sitio – Zak se colocaba de pie para contemplar mejor el espectáculo que realizaban los pequeños insectos voladores enfrente suyo. – Además la luna ya apareció.

– Por eso – gruñó Teo molesto. – No te das cuenta que estamos en medio del desierto siguiendo los deseos de un pergamino escrito por un anónimo.

– Por uno de los dioses.

– ¿Cómo?

– Escritos por uno de los dioses, no por un anónimo – le corrigió y alzó sus ojos hacia el cielo. La luna montaba con rapidez llevando consigo pequeñas estrellas fugaces a su alrededor.

Suspiró.

– ¿Ves las mariposas?

– Si – se encogió de hombros sin entender.

– Son una señal.

Teo lo detallaba desconcertado, moviendo su cabeza para desaprobarlo. – No sé cómo me dejé convencer por ti para venir hasta acá … Estamos en el fin del mundo sin agua y agotados completamente.

– Mira – le señalaba a los pequeños insectos que ahora se confundían con la superficie de la luna, por lo que era difícil seguirlos.

– Zac deja de soñar, tenemos que pensar cómo vamos a hacer para regresar o de lo contrario moriremos de sed.

 En ese momento, la luz del astro se intensificó. El viento se detuvo y los pequeños insectos quedaros suspendidos en el aire, estáticos, como adornos colgados por hilos transparentes. Ambos se quedaron perplejos.

El movimiento de la arena los despertó del trance. Un torbellino consumía con rapidez el piso donde estaban parados, así que retrocedieron para salir de su centro, pero el embudo los chupaba y poco a poco perdieron el apoyo cayendo al suelo. A cuatro patas intentaron huir sin conseguirlo. Aterrizaron sobre una gran roca que emergía del mar de arena. Teo se golpeó en la cabeza y comenzó a sangrar, pero su amigo embelesado como estaba, ni siquiera se había dado cuenta.

– Lo conseguimos – murmuró Zac para sí mismo, pero no sonreía, sus nervios habían tomado el control de su cuerpo y temblaba ligeramente.

– ¡Aléjate! Puede ser peligroso – Teo lo tomó de los hombros mientras una gota roja descendía por su mejilla.

– Espera – insistió Zac.

Se mantuvo estático contemplando la piedra del conocimiento que ahora brillaba a la luz de la luna. Era gigante, con más de dos metros de altura y su exterior brillaba; la superficie era lisa y estaba completamente pulida. Se sorprendió que las mariposas blancas revoloteaban por todos lados, más aún, que brillaban con la luz blanca del cielo que caía como si fuera un gran farol.

– ¿No te das cuenta? Estamos enfrente de la famosa piedra de Eón. Una de las piezas que componen la biblioteca más grande de todos los tiempos.

– Eso veo, porque de biblioteca más bien poco, solo es una roca – comentó avanzando para quedar a lado suyo. Parecía tan confundido como él.

Una pequeña mariposa se posó en la mano de Zac  y él respiró profundo.

– Voy a tocarla – anunció alargando su mano.

Con solo acercarse a la superficie lisa, sintió un corrientazo que traspasó su piel viajando a través de sus huesos, de sus venas, dilatando sus pupilas. El piso volvió a temblar y la piedra comenzó a emerger nuevamente. Crecía a pasos agigantados y los dos hombres retrocedieron para evitar ser arrastrados por la estructura. Cada minuto que pasaba reflejaba toda su magnificencia.

>> Es hermosa – balbuceó Zac mientras Teo atónito solo alcanzaba a mover su cabeza como gesto de aprobación.

La edificación estaba hecha de piedra de más de cuatro pisos de altura. La superficie que Zac había tocado hacía parte del techo de lo que parecía ser el ala principal. Desde donde estaban parados, podía verse los amplios corredores con barandas decoradas de figuras geométricas y miles de puertas que invitaban al interior. En la mayoría de ellas, caían delicados hilos de agua que expedían destellos titilantes a pesar de la escasa luz. Teo no pudo evitar salir corriendo para tomar toda la que su cuerpo podía.

>> Vamos – lo animó Zac cuando llegó hasta él.

Durante el viaje, Teo no había dejado de hablar, pero ahora, parecía enmudecido completamente y se dejaba llevar del brazo como un chiquillo.

El interior era más majestuoso, habían pequeñas hojas de luz que caían desde las ramas de un árbol viejo que yacía en el centro del gran salón. Aunque eran pequeñas, la luz que emitían era suficiente para dar claridad a todo el recinto. Era como si la noche ya no existiera y además de mariposas blancas, ahora volaban otras de colores amarillos y azules. Una de ellas se posó en una de las piedras del conocimiento que se encontraban distribuidas de forma equidistante. Zac al verla, se apresuró a cogerla.

– ¡Espera! – le dijo su amigo y él volteó a mirarlo. Le señalaba a su alrededor.

Zac abrió sus ojos, de no ser por Teo no se hubiera dado cuenta que habían más personas alrededor de ellos. Decenas de hombres y mujeres permanecían cerca de las otras piedras o sentados en mesas llenas de comida y con piedras del conocimiento más pequeñas en sus manos. Su primera reacción fue saludar, pero nadie contestó. El silencio era absoluto y fue cuando ambos se percataron que parecían estar congelados, estáticos, perdidos en el tiempo.

>> ¿Qué sucede Zac? – preguntó con recelo.

Su amigo había conseguido el pergamino que los había conducido hasta allá, en una venta de baratijas. Había sido una ganga según él que era conocedor de los misterios antiguos que involucraban a los dioses. Para Teo, todo eso era basura, pero para Zac, aquello lo era todo y él lo sabía. Decidió acompañar a su amigo en esa aventura por más dudosa que fuera, era eso, o dejarlo ir solo sin que nadie lo protegiera. Zac era el que usaba la cabeza, él usaba las armas.

– No estoy seguro – empezó diciendo su amigo dubitativamente. Caminó con cautela hasta el grupo más cercano y pasó su mano enfrente de los ojos de uno de ellos.

– ¿Están congelados?

– No lo creo – colocó su mano debajo de la nariz del hombre que tenía enfrente. – Respira … pero débilmente.

Teo hizo lo mismo con la mujer que tenía al lado y asintió.

– Entonces, ¿Qué les pasa?

Zac fruncía el entrecejo, pensativo.

Después de un rato, señaló a una pequeña mariposa que posaba sobre la mano de la mujer y Teo se acercó a detallarla más de cerca.

>> Sus alas parecen moverse, pero muy lentamente. Casi no se ve … – dedujo.

– ¡El pergamino! – dijo de repente Zac ensimismado y hurgó en su morral para sacarlo. Se sentaron en el suelo y lo abrió para buscar la frase exacta que rondaba por su cabeza. – Aquí … donde menciona a Eón el dios del tiempo.

– “… El conocimiento conlleva a la sabiduría y esta es una forma de vida eterna concedida por los dioses …” – leyó Teo.

Se miraron por un rato sin decir palabra.

– Voy a entrar – murmuró Zac.

– NO.

– Vine hasta acá para esto.

– Es una trampa, quedarás congelado quién sabe por cuantos siglos.

– No estaré congelado – le aclaró. – Iré a otra dimensión … es lo que dice el pergamino. Creo que allá, el tiempo se mueve diferente.

– Pues aquí estarás congelado eternamente.

– … Una forma de vida eterna – susurró para sí.

Enmudecieron.

– Es lo que deseo hacer Teo … Es lo que vine a hacer. Esto es lo más maravilloso que hay en el mundo, puedo vivir leyendo durante toda la eternidad. Nunca me arrepentiré de haber decidido quedarme.

Teo asintió con dificultad y pasó saliva.

– ¿En serio quieres irte?

– Si.

– Entonces, al parecer vine solo a acompañarte para verte partir.

– Temo que sí.

Se levantaron lentamente y se abrazaron.

Un búho que se había mantenido oculto entre las ramas del árbol viejo, salió entre las lágrimas de luces mostrándose ante ellos.

– Los recibiré a los dos si así lo desean – les dijo. La voz que utilizaba era gruesa y profunda.

– ¿Quién eres? – preguntó Teo mostrando por primera vez su arma.

– Solo soy el guardián del palacio que pertenece al dios Eón; dios del tiempo eterno, sin inicio y sin final. Protector de la sabiduría – respondió sin moverse de la rama donde se encontraba iluminado completamente. – Los recibiré a los dos si así lo desean – repitió. – El tiempo de los humanos viaja con premura y es necesario regresar.

Teo miró a Zac.

– Eres el mejor amigo que una persona como yo, puede tener en su vida. Me vas a hacer mucha falta.

– ¿Estás llorando? – se burló, porque de los dos, Teo era el guerrero.

– Quieres cerrar la bocota … – respondió con severidad y volvió a abrazarlo con fuerza.

Amanecía cuando la brisa se llevó el último rastro de la biblioteca que contenía la famosa piedra de Eón y Teo suspiró largamente. Había logrado llenar sus cantimploras y recogido comida del interior. Ahora solo le quedaba regresar a casa, solo.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2021. Fernanda Maradei

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