La Protectora de Sia

Una pequeña estrella brillaba en el cielo. Sia como la llamaban sus hermanas y hermanos, tenía un vestido azul con destellos plateados que la envolvían cálidamente. En su familia, todos eran de diferentes colores; algunos de un intenso amarillo, otros naranjas y la más viejita de todas, destellaba con un color rojo profundo.

Vivían en aquel espacio infinito, pero Sia era muy pequeña para entender cómo funcionaba el universo. Por tanto, se aburría con el pasar de los días, años y milenios.

Un día, encontró un pequeño planeta que vestía del mismo color que ella y sintió curiosidad. Desde ese momento, Sia fisgoneaba lo que ocurría sobre su superficie. Encontró que había criaturas que lo habitaban y que se movían a lo largo y ancho del territorio.

– ¿Has visto lo que hay en el interior de ese planeta? – le había preguntado la pequeña estrella a una de sus hermanas mayores.

– Son solo humanos y otros animales – le contestó con aire de suficiencia, sin darle mayor importancia.

Pero para Sia su vida de aburrimiento cambió, porque su curiosidad hacía que la pequeña estrella observara con detenimiento lo que ocurría allá abajo todos los días. Detallaba cada una de las cosas que ese planeta contenía y que hasta ahora eran extrañas para ella. En su mundo solo había gases, polvo estelar y más estrellas, pero en la tierra había cosas que nunca había visto.

Miraba con asombro el tamaño de las montañas que se esparcían por doquier, así como los diferentes tipos que había, algunos incluso expulsaban fuego a través de sus bocas y destruía los lugares donde los humanos y animales vivían.

También se dio cuenta de dónde provenía aquel color azul que combinaba con su vestido y que hacía que aquel mundo fuera tan diferente a los demás. Estaba maravillada por comprender que el agua ocupaba gran parte de aquel planeta y que podía cambiar con mil formas diferentes; desde una pequeña gota suspendida en el aire sin obedecer a la gravedad, hasta convertirse en un océano completo con una fuerza tan extraordinaria que podía destruir a mil ejércitos completos.

– Gracias a nosotros, ellos tienen ese líquido que te parece tan preciado – le dijo uno de sus hermanos mayores al ver que la pequeña Sia llevaba días embebida con aquel tema.

Durante toda la semana había estado preguntando sin parar a toda aquella estrella que se le cruzaba por el camino. Quería comprender todo lo relacionado con aquel líquido maravilloso.

– ¿Por qué te gusta tanto? – le preguntó otra con curiosidad.

– Porque se parece a mí.

Sus hermanos la miraron sin comprender lo que estaba diciendo, así que Sia aclaró su garganta y trató de explicarse mejor.

– Primero que todo es de color azul – dijo con voz dulce. – Pero también porque es delicada y suave, y al mismo tiempo fuerte y potente, como nuestra luz.

– Estás creciendo Sia – dijo con una sonrisa su hermano mayor. – Veo que ahora empiezas a comprender el universo. ¿Si quieres protegerla puedo ayudarte a hacerlo?

Estaba tan emocionada que su rostro brilló tanto que su hermano tuvo que cerrar sus ojos para que no lo deslumbrara.

Y fue así, como en una mañana tranquila y nublada, la tierra saludaba un nuevo día. Poco a poco el ambiente se calentaba con los rayos de luz que atravesaban la atmósfera y se colaban por entre las ramas del denso bosque. Las pequeñas gotas de agua, vestigio de la neblina de la noche anterior brillaban al ser tocados por la gran estrella que los humanos llamaban Xué. Pero esa mañana no era como las demás y el enorme astro que se levantaba imponente sobre la bóveda celeste, venía acompañado de una pequeña estrella azul que lo seguía.

– ¿Estás lista? – susurró su hermano mientras dibujaba una expresión de complacencia en su rostro.

La pequeña asintió.

– Bien, entonces hazlo como lo practicamos.

Sia se concentró y proyectó con fuerza uno de sus haces de luz azul con destellos plateados, impactando sobre una de las gotas de rocío que yacían sobre los pétalos de una campanilla violeta que crecía al lado de un riachuelo. El brillo cegó a todos los animales que se encontraban alrededor y todo quedó en silencio por unos segundos.

De pronto, de la luz apareció una pequeña niña de cabello y ojos cafés. Estaba recostada sobre la yerba y abrió sus ojos para mirar al cielo. Así que la estrellita, empujada por su hermano mayor comenzó a hablarle.

– No debes temer porque siempre te cuidaré. Puedes llamarme Sia, la diosa del agua y tú serás mi elegida. Todos te llamarán mi protectora.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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