La Tierra de Cenizas

Un estruendo sordo hizo que levantara su rostro para mirar al cielo. El sonido aumentaba de intensidad y luego apareció una luz roja que centelleaba. Se desplazaba con rapidez barriendo el cielo hasta formar un arco que después de unos segundos, se perdió en el horizonte. Las ondas de choque que producían el ruido al pasar forzosamente a través del aire se apaciguaron, así que Zaid continuó con lo que estaba haciendo. Desde que la guerra en el norte había empezado, era normal escuchar noticias sobre sucesos extraños que no tenían explicación para ellos.

– Esas tierras están malditas – había dicho su abuela una noche frente a la fogata después de escuchar el rugido de un dragón.

Se refería a las tierras septentrionales más allá del mar central. Se decía que gracias a una alianza las tierras del sur ahora dominaban a los dragones, además combatían con las tierras del norte para detener un espectro maligno que se hacía llamar Maya y que amenazaba con destruir todo. Para ellos, aquello no era más que cuentos fantásticos para entretener a los más pequeños.

– Guerreros, magia, brujos … puff – dijo la abuela botando aire por su boca. – tonterías para justificar todo lo que hacen.

Vivían al lado de la playa, en la zona árida limitada por el agua. Los Bedú eran nómadas y pacíficos, así que todo lo que ocurría fuera de su pueblo, no les gustaba.

Zaid pensaba en las palabras de su abuela cuando un estallido lo sobresaltó y miró para todos lados buscando el lugar donde aparentemente había caído algo del cielo. Alka su perro lobo empezó a aullar y a retroceder de forma nerviosa. Él se preocupó tanto que cogió su enorme cabeza con las dos manos para tratar de calmarlo mientras le susurraba suavemente al oído.

El animal logró serenarse, y después de unos minutos y de mucha valentía, comenzaron a internarse en las arenas del desierto para buscar aquello que había descendido de las nubes, fuera lo que fuera. El calor era sofocante, así que se tapaba completamente la cabeza, dejando al descubierto solo los ojos. Desde lo lejos se podía ver un sutil destello que se confundía con las ondulaciones que el aire caliente provocaba y que distorsionaban el paisaje, pero estaba seguro que allí encontraría lo que estaba buscando.

Ya estaban muy cerca de los cerros donde se encontraban las fuentes de agua dulce del territorio. Sabía que en unos minutos llegaría al sitio y la tensión de sus venas aumentó. Sentía el palpitar de su corazón en el oído y la boca de su estómago en la garganta, pero aún así, Zaid continuaba hacia adelante porque su pueblo era valiente, o bueno, eso era lo que siempre le repetía su abuela.

Los más viejos mantenían sus discursos de fortaleza y coraje que caracterizaba al pueblo Bedú, pero varias veces había visto a sus amigos y familiares emprender una rápida huida cuando las cosas se complicaban, era la respuesta predominante en las situaciones peligrosas. En parte, esa era la razón de haber elegido un estilo de vida nómada, cuando las cosas se ponían difíciles simplemente se movían.

Tomó su espada con ambas manos y avanzó lentamente para bordear el risco y ver lo que estaba del otro costado. Alka se mantenía a su lado, levantando el hocico mientras olía el aire que estaba impregnado de azufre y metano.

El tono negro producido por el hollín de la vegetación que se había incendiado había manchado sus botas y su pantalón. El perro lobo llevaba la peor parte, porque su melena comenzó a llenarse de ceniza que se adhería sutilmente sobre el pelo, pero cuando Zaid pasaba su mano para eliminarlo, este se esparcía embarrándolo todo.

Estaban a solo dos pasos del borde exterior de la roca, cuando escucharon un sonido gutural y él retrocedió pegándose a la pared. Ese movimiento terminó manchándole completamente las ropas. Maldijo para sí mismo, pero Alka después de olerlo siguió avanzando y él sin darse cuenta, observó como la cola de su perro se esfumaba de su vista.

– ¡ALKA! – dijo con una voz firme, pero sin gritar. No sabía lo que encontraría del otro lado.

Entonces escuchó a su perro gemir y como poseído por una necesidad apremiante de protegerlo, se apresuró y cruzó el umbral. Todo estaba petrificado, la textura de la poca vegetación era áspera como si fuera de roca. El ambiente mantenía un tono gris opaco, así como las flores y el suelo que conservaban el mismo aspecto inerte. La pata delantera de Alka se había atorado en las raíces de uno de los árboles y gemía buscando zafarse. El pelo de la nuca estaba erizado y mostraba los dientes incesantemente en dirección del árbol más grande.

Zaid corrió hacia él, pero el animal desesperado por huir había complicado la situación. Su pata ahora estaba lastimada con el filo de la raíz ahora convertida en piedra. Mientras intentaba infructuosamente liberarlo, una bruma densa y oscura comenzó a avanzar. Esta se enredaba en sus botas, haciendo una pequeña presión en sus tobillos.

– Alka cálmate o no podré sacarte – había terror en su voz y el canino lo sabía, podía oler el miedo que expedía su amo.

Zaid sacudió con fuerza sus pies mientras se mantenía de cuclillas para ayudarlo; quería despegar la neblina que se enredaba en su cuerpo. Al sentirla en sus piernas, la piel se enfrió y a sus oídos llegó el murmullo de un sonido gutural. Era como escuchar una canción, pero entre susurros y por tanto era imposible entenderle. Sin embargo, el sonido se metía en su mente y trataba de controlarlo. Así que se concentró para impedir que lo dominara mientras aquella cosa reptaba hasta llegar a su tronco.

Alka gruñó apenas recuperó la libertad retrocediendo y mostrando sus colmillos. El pelo de su dorso aún estaba erizado, pero su amo no se movía. Entonces, brincó sobre él y mordió su mano con la fuerza justa para no lastimarlo, pero si para sacarlo de allí. Un segundo después, ambos salían a rastras del lugar. Zaid utilizaba sus manos y pies para moverse, avanzaba más forzado por la insistencia de su perro que por sus propios deseos. A cada paso que daba se lastimaba con las rocas afiladas, pero Alka no lo dejaba renunciar.

Al cruzar el peñasco, la influencia de aquella cosa menguó y ambos pudieron respirar profundamente. Estaban sucios, llenos de hollín y polvo de cabeza a pies. El perro sangraba y se lamía su pata para limpiarla infructuosamente, mientras él colocaba la mano sobre su cabeza.

– Vamos … debemos avisar a los demás sobre esto – dijo con voz débil.

Se sentía agotado mentalmente y lo que había sentido mientras estuvo seducido por la bruma no lo dejaba pensar con claridad, era como si una parte de él deseara regresar allí sin importar las consecuencias. Se obligó a ponerse de pie y acarició la cabeza de Alka mientras miraba en dirección del pueblo, esperaba que sus piernas no flaquearan. Debía tener la fortaleza de los hombres de Bedú, así que tomó todo el aire que pudo contener sus pulmones y movió su pierna para caminar.

“El primer paso es el más difícil” pensó y apretó la boca mientras intentaba avanzar para poder comenzar a huir.

El segundo resultó más sencillo. Comenzaba a moverse con más rapidez, cuando Alka giró en redondo mostrando sus dientes y gruñendo. Zaid no quiso voltear a mirar porque estaba sintiendo su presencia. Era incapaz de seguir y quedó paralizado sin poder moverse. Algo respiró desde arriba, el aire era caliente y sofocante, y cuando alzó la mirada la vio. Entonces todo se tornó negro y el mundo desapareció ante sus ojos.

El aullar desgarrado de dolor de un lobo llegó a los oídos del pueblo, acompañado por las nubes negras que comenzaron a acumularse en los cerros.

– La maldita guerra nos ha alcanzado – murmuró la abuela y todo Bedú huyó de allí sin mirar atrás.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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