Las Fauces del Jaguar

Vio a su amigo llegar de forma agitada, se movía como un felino esquivando los obstáculos que se aparecían en el camino. Saltó y sobrepasó casi volando una roca inmensa en lugar de bordearla. Cayó sobre sus dos pies, pero no se detuvo, parecía impulsado por una energía inexplicable. Siguió avanzando con grandes zancadas acercándose a él y de pronto, en lugar de detenerse, pasó de largo.

–¡Espera! ¿Qué pasa? – gritó Mohaw.

– CORRÉEE – fue la respuesta de Nym que ya se encontraba a diez pasos de distancia.

Su amigo emprendió la huida siguiéndolo de cerca. Al trotar a toda velocidad sobre el lecho del riachuelo disparan gotas de agua para todos lados. El jaguar más grande que habían visto en toda su vida bramó y Mohaw sintió el vacío en la boca de su estómago. Venía pisándole los talones y los chicos corrían con los ojos desorbitados de miedo.

– ¡Apúrate! te van a alcanzar – le gritó Nym, pero no se giró, si lo hacía perdería celeridad y se convertiría en la cena.

Los chicos se internaron rápidamente a la protección del pueblo. Siempre mantenían el fuego encendido para espantar a los animales, era una forma efectiva de impedir su ingreso sin hacerles daño.

Se ensuciaron de barro completamente cuando cayeron dando vueltas en el suelo muertos de cansancio. Mohaw resoplaba en el piso con el corazón temblando como un volcán a punto de explotar mientras que Nym estallaba en risas nerviosas. Sus piernas ahora como gelatina no podían mantenerlo en pie.

– ¿Lo conseguiste?

Nym levantó la mano como una bandera de guerra mostrando orgulloso un mechón de pelo de color cobre totalmente apelmazado.

– Dámelo – le dijo arrebatándoselo – ¿Cómo lo lograste? – preguntó Mohaw.

– Dormía y me acerqué despacio … tomé un poco que estaba enredado entre las ramas, pero al retirarlo lo desperté sin querer – Para Nym de todos los animales del bosque, el Jaguar era su preferido.

– No se lo diremos a nadie – murmuró su cómplice.

– Claro que no, es pelo de jaguar es lo único que importa – y se lo quitó. –  Me traerá buena suerte, ahora tengo su poder en mis manos.

Mohaw dibujó una sonrisa.

– Por fin te encuentro – dijo la voz de una mujer.

Su cabeza tapaba el sol, pero Nym no necesitaba ver su rostro para saber de quién se trataba.

– Hola mamá – respondió y se levantó de un salto para verla a los ojos.

Venía con su hermana mayor. Entonces recordó por qué lo estaban buscando; hoy la presentarían al sacerdote que había llegado desde el pueblo del Agua. Un pueblo regido por la diosa Sia que protegía al preciado líquido gracias a los animales sagrados.

Se despidió de su amigo y comenzaron a caminar en dirección del templo de la Luz. Mientras marchaban Enola, su madre, trataba infructuosamente de arreglarlo para que estuviera presentable.

–––––––

 

Era el mediodía, y el astro se observaba en lo más alto de la bóveda del templo. Los haces de luz ingresaban para formar un círculo perfecto en el suelo, este se movía de forma imperceptible mostrando a su paso una infinidad de figuras y formas geométricas que decoraban las paredes rocosas del lugar.

– ¡Nym detente! – le gritó su madre mientras lo cogía de la mano para alejarlo de la tarima.

El pequeño había tomado las piedras de luz que reposaban sobre las superficies curvas del lugar y había comenzado a tirarlas para jugar con ellas. Enola, era una gran devota de Gata; dios del fuego y del trueno al mismo tiempo porque él era capaz de invocar a la lluvia. Gracias a ella, que se derramaba con dulces y cristalinas gotas se podía alimentar los cultivos y los ríos.

– Ven acá – continuó diciendo.

Esta sentada junto con su hija mayor, observando al más travieso e inquieto de la familia, Nym. Su madre tomó una de las rocas para mostrársela y lo llamó. El pequeño que tenía cinco años era tan inteligente como su padre; uno de los sacerdotes del templo. Amaba que le contaran historias cargadas de magia y misticismo. En cambio, su hermana pasaba largas horas estudiando la bóveda celeste, en especial todo lo que se relacionara con Sia, la diosa del Agua.

El chico se acercó y Enola cerró su puño para destruir una de las piedras de luz ante sus ojos. Al hacer fuerza se desmoronó entre sus manos como lo hace la arcilla seca, dejando al descubierto una pequeña gota de luz resplandeciente. La soltó y esta quedó suspendida en el aire.

El brillo que producía se reflejaba en las miradas asombradas de los niños. Nym abrió sus ojos color miel y con su dedo índice apuntando hacia el pequeño destello se acercó para tocarlo. El copo de luz se quedó adherido a su dedo por unos segundos, pero al rato se diluyó en el ambiente para confundirse con los rayos del sol que entraban desde el cielo.

Se encontraban en el lugar sagrado esperando a que Koda, su esposo, los pudiera atender. Había llegado una comitiva buscando niños para ser educados como protectores de Sia y querían presentarles a su hija mayor.

Nym miró el Corazón de Piedra que se mantenía erguido en la mitad del templo. Aquel objeto de dimensiones descomunales era el núcleo central de todo lo que existía alrededor de ellos. Las rocas de Luz se encontraban por todos lados, a medida que se acercaban al corazón eran más numerosas. Los guardianes de la Luz lo protegían porque su forma atraía a los rayos que caían del cielo. Sin ellos no existía el fuego y tampoco la lluvia, así que los campos se secarían y todos los animales morirían. Con el pasar de los siglos, para los habitantes se hizo imprescindible proteger todo lo que Gata representaba y por eso se hacían llamar el pueblo de la Luz.

– ¿Puedo ir al río? – preguntó a su madre, se aburría sin poder jugar.

En ese momento, su padre salió con un hombre que vestía una bata larga de color azul oscuro y supuso que era del pueblo del Agua. Su mamá le presentaba a su hermana al sacerdote y luego su papá hablaba y hablaba de mil cosas aburridas que él no entendía mientras esperaba que lo pudieran llevar a nadar.

Ya era pasada la tarde, cuando su mejor amigo se asomó por el umbral del templo haciéndole señas para que saliera.

– ¿Ya me puedo ir? – le dijo a su madre, pero nadie lo escuchaba y su hermana lo miró recriminándole la interrupción.

Mohaw siguió haciéndole caras, así que poco a poco comenzó a retroceder para perderse de allí.

– ¡Vamos! ¡Vamos! – le dijo a su amigo y los dos pequeños salieron en dirección del arroyo.

_____

 

– Deben venir corriendo – les gritó una de las mujeres.

– ¿Qué sucede? – preguntó Enola alterada.

– Tu hijo.

Salieron a toda prisa sin tener otra imagen que la de Nym en su cabeza. No le habían dado tiempo para que explicara lo que sucedía, pero por el tono de desesperación que había utilizado para llamarlos, pensaban en lo peor. Koda había sido más rápido que ella y le tomó ventaja. Cuando llegó sin poder respirar y con el corazón sobresaltado como un caballo brioso, su esposo y el sacerdote del pueblo del Agua ya se encontraban allí totalmente estáticos ante lo que estaban viendo.

Al sentirla llegar, Koda levantó la mano para que se detuviera. El animal había levantado los ojos y la miraba amenazándola. Ella se mantuvo callada, sabía que su esposo tenía una destreza especial con los animales, pero estaba nerviosa y temblaba al ver a su hijo tan cerca del jaguar.

– No lo mires a los ojos … – decía con voz suave su padre a Nym con dificultad, casi no podía hablar, estaba muy angustiado porque al más mínimo error el resultado podría ser catastrófico. – Comienza a retroceder lentamente.

Los guerreros del pueblo también habían llegado y habían templado sus arcos. Estaban listos en caso de que la criatura atacara al niño. El jaguar rugió al verlos y el sacerdote tuvo que intervenir para que bajaran las flechas. El segundo gruñido llamó a las nubes del cielo que se tornaron negras y de pronto el sol se ocultó amenazando con llover. Nadie movía un ápice de su cuerpo mientras Koda con su brazo levantado trataba de acercar a Nym hacia él.

– Pisa hacia atrás suavemente – le ordenó a su hijo y el pequeño comenzó a obedecerle, pero apenas levantó su pierna para moverla, el jaguar rugió.

El río comenzó a vibrar y una cortina fina de agua comenzó a ascender desde el lecho cubriendo al niño y a la bestia. Koda se adelantó para atrapar a Nym, pero la pared se lo impidió. Elona se acercó para intentarlo, pero ahora, niño y bestia estaban inmersos en una esfera cristalina donde todos podían ver el interior. De pronto, comenzó a llover.

Nym observaba con sus ojos de par en par al jaguar, que al igual que él, estaba nervioso. El susurro tranquilizador producido por las ondas de agua que subía y bajaban para mantener la pared estable, producía frescura en el interior de la cápsula donde se encontraban, lo que hizo que él se cubriera el pecho con las dos manos, pero no dejó de mirar al jaguar ni por un segundo.

De pronto, el sonido de una roca que se fracturó llegó a sus oídos y automáticamente ambos miraron el lecho del río. De ella salió una pequeña esfera de luz, como la que había visto en el templo unas horas antes. Subió lentamente para ubicarse frente a ellos y después simplemente se dividió. Las dos lágrimas que brillaban con intensidad tomaron rumbos diferentes y unos segundos después, ingresaban por sus bocas.

El chico sintió el calor descender por su garganta y bajar por su pecho para extenderse por todo su cuerpo. El jaguar se sentó en sus cuartos traseros y produjo un sonido suave e intermitente con su garganta mientras lo miraba.  Nym sonrió, y de repente la esfera que los había cubierto se desplomó cayendo al río, levantando una estela de agua que chocó con los habitantes que se encontraban alrededor. Cuando el panorama se despejó, pudieron ver a un pequeño de cinco años que posaba sutilmente su mano sobre la cabeza de un enorme felino, que aún sentado casi le duplicaba en altura.

La lluvia había menguado de intensidad y ahora eran abrazados por pequeñas partículas que los rociaban de cabeza a pies. Koda se quedó sin respiración al verlos. Las gotas de agua se deslizaban por su rostro aún paralizado por el miedo y trató de avanzar para retirar a su hijo de allí, pero Enola lo detuvo con su mano.

El jaguar se levantó de súbito y sin mirar a nadie, se alejó a grandes zancadas perdiéndose en la vegetación de la selva. Fue hasta ese momento, que su madre se acercó para abrazar a Nym mientras lo besaba en la cara incansablemente.

– Creo que la diosa ya escogió y estamos enfrente de uno de sus protectores – le dijo el sacerdote que ya se encontraba al lado de Koda.

Él con lágrimas en los ojos asintió sutilmente.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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