Lazos Oscuros

Cneo miraba a su hermano desde el límite noroeste del Bosque Sombrío. De vez en cuando se reunían para mantener la conexión que los unía desde el mismo momento en que fueron creados. Era tan fuerte que ni siquiera su permanencia en la Estirpe Oscura había logrado romperla. Pero ahora, dudaba porque cuando Kaeso perdiera sus últimos trazos de humanidad, ya no volvería a reconocerlo y sería el final para los dos.

– ¿Por qué? – le dijo Cneo desde la parte exterior del bosque, donde el sol besaba su piel sin ningún impedimento. No se resignaba a verlo partir.

Su hermano gemelo era parte de su vida, de su ser y la unión que tenían era mucho más grande que la de las simples palabras. Cneo sabía que los mitos sobre los gemelos a veces eran exagerados, pero entre ellos había una conexión intangible y muy real, que los demás nunca podrían llegar a entender.

– ¿Por qué Kaeso? – repitió.

– Ya no respondo a ese nombre – dijo con un matiz de voz neutral, carente de cualquier sentimiento.

– Es el único que acepto – contestó y frunció el entrecejo. Una cosa más que odiaba de ese lugar. Él había logrado escapar cuando los capturaron, pero su hermano no lo había conseguido. Cuando trató de recuperarlo, ya era demasiado tarde, Kaeso había probado del jugo negro y se había convertido en un súbdito de los Beltza, los líderes de la Estirpe Oscura. Le habían dado un nombre nuevo y una nueva razón para vivir. Balanceaba su cuerpo en el otro pie para continuar hablando, necesitaba convencerlo. – Puedes venir conmigo ahora mismo. Eres un guerrero excelente y podemos cubrir tus huellas sin problema. Nadie sabrá a dónde nos fuimos.

– Vine porque sabía que me estabas buscando. Deja de hacerlo – lo miró fríamente con sus ojos negros sin pupilas y se volteó para adentrarse en el bosque.

– No puedo – espetó con severidad Cneo.

Kaeso se detuvo, pero no se giró. Le daba la espalda mientras su hermano continuaba hablando con una voz entrecortada cargada de sentimiento y de impotencia.

– ¿Qué es tan importante qué te impide dejarlos? – preguntó, aunque en el fondo sabía que el jugo negro que corría por las venas de Kaeso era lo que lo dominaba, sus pupilas negras siempre se lo recordarían. Él tenía los ojos azules, pero su hermano, por culpa del inmundo líquido se tornaban oscuros. – ¿Has olvidado todo? Tu familia, tus padres … yo.

– Soy alguien importante aquí y los Beltza quieren que me una a ellos.

– ¿Y después? Lo has pensado … perderé a mi hermano y no puedo aceptarlo.

Kaeso se mantuvo erguido, como si reflexionara, aunque todos sabían que los cuervos, como les decían despectivamente a los guerreros de la Estirpe Oscura, eran incapaces de hacerlo por culpa del jugo negro. Se giró lentamente y lo observó por varios minutos.

– No lo habías contemplado ¿cierto?, nacimos juntos y moriremos juntos … fue lo que prometimos una vez ¿Lo recuerdas?

El tiempo se prolongaba y su hermano solo permanecía estático sobre el lindero del bosque, cubierto por la oscuridad que lo acompañaba y por el aroma a moho que despedían los árboles que se encontraban a su alrededor.

Cneo levantó su mano ofreciéndosela, convencido de que lo seguiría y cuando su hermano avanzó hacia él, su corazón se disparó de efervescencia.

Kaeso lo abrazó como hacía años no lo hacía. Un apretón emitido con fuerza que Cneo respondió sin pensarlo. A su mente vinieron todos los recuerdos de niñez; sus travesuras y complicidades. Su mejor amigo estaba de vuelta y la alegría no le cabía en el corazón.

– Acompáñame – le dijo con seriedad. – Me encargaré de que no nos separen y viajemos juntos durante el trayecto hasta los Beltza. Podrás ver la magnificencia y el poder de la Estirpe Oscura. Así podremos permanecer juntos y cumplir con nuestra promesa.

Cneo abrió sus ojos como maras. Eso no se lo esperaba. Trató de pronunciar algo, pero las palabras se le quedaron pegadas en el paladar.

Su hermano lo contempló unos minutos más y luego asintió débilmente. Su conexión era tan fuerte que de pequeños habían logrado comunicarse sin necesidad de palabras, solo una mirada era suficiente para comprenderse.

Kaeso retrocedió y apretó la boca antes de marcharse.

Cneo vio cómo se alejaba para entrar nuevamente en la oscuridad del Bosque Sombrío y con debilidad logró hablar tartamudeando.

– E-Espera.

Su hermano volvió a detenerse.

– ¿N-no los abandonarás? – sonaba derrotado.

– Esta será la última vez que nos veamos – Kaeso lo detallaba con su rostro inexpresivo de pupilas negras, y comenzó a alejarse de nuevo.

Esta vez fue Cneo quien ingresó en el bosque y la oscuridad lo envolvió completamente. El ruido de sus pasos al pisar las hojas y ramas que yacían en el suelo, retumbaron por toda la arboleda. Se rascó la nariz por culpa del olor viciado que despedía el ambiente y contempló a su único hermano. Su hermano gemelo.

Kaeso lo miró molesto y abrió la boca para terminar de una vez por todas con esa conversación. Su hermano nunca entendería que para él, regresar no era una opción así lo quisiera, porque los cuervos sólo obedecían los mandatos de los Beltza. Esa era su razón de vida.

 Cneo levantó la mano para que no hablara y lo miró largamente.

– Iré contigo – musitó resignado. “Lo regresaré a casa así me toque convertirme en un cuervo” se dijo y suspiró profundo.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2021. Fernanda Maradei

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