Los Hacedores de Eca

Caminaba en la espesura de la selva. La travesía desde el pueblo de la Luna había sido larga y tediosa. Desde que salió hace siete días nada lo distraía. Entendía los riesgos a los que se enfrentaba, pero su resolución era firme. Hasta su viejo amigo Kallpa del pueblo del Bosque le había dado albergue por una noche. Le había rogado que regresara, pero él, tozudo, no descansaría hasta cumplir con lo que se había propuesto. Era eso o ver morir a su pequeña, cruzado de brazos sin ni siquiera luchar por su vida. Ya había perdido al amor de su vida con las fiebres de invierno y no permitiría que le siguiera su adorable Lilik.

Alcanzó a ver la cima al final del camino. Solo le faltaba terminar de atravesar el puente y alcanzaría el monte de Ixcha. Rezaría e imploraría a los dioses que sanaran a Lilik. Llevaba días pensando en lo que les diría, ensayando la forma como los convencería para que le dieran una segunda oportunidad, pero estaba varado sin poder avanzar por culpa de las cinco figuras que tenían enfrente suyo y que le cerraban el paso.

– Estábamos esperándote – dijo uno de ellos, pero no supo cual porque todos eran exactamente iguales y la bruma los cubría casi completamente.

Había subido tanto que desde allí se podía observar las nubes reposar a sus pies tranquilamente. Estaban suspendidas como un valle brumoso blanco, naranja y amarillo que se movía con lentitud a la más mínima perturbación.

Wanka abrió los ojos sorprendido. Los miró con más detenimiento para saber si llevaban armas, podrían ser atracadores y no había caminado por tantos días para terminar a merced de unos bandidos. Empuñó su bastón con fuerza y apretó los dientes. Llegaría a su destino así fuera lo último que haría. No es que él fuera un guerrero, solo era un campesino decidido a salvar a su hija.

– Baja el arma – le dijo otra voz. – No estamos aquí para lastimarte.

Wanka permaneció estático por unos segundos y luego con temor comenzó a avanzar lentamente. Mientras se acercaba las figuras ocultas entre la neblina se aclaraban. Los hombres vestidos con túnicas de colores oscuros utilizaban capuchas que cubrían sus cabezas. No tenían armas ni siquiera ostentaban joyas, sus atuendos eran lisos y simples sin decoraciones. En la medida en que se acercaba, ellos también lo hacían. Lo rodearon formando las puntas de una estrella. Estaba a solo tres metros de distancia de cada uno y fue cuando notó que no tenían rostro. Se asustó tanto que trató de retroceder, pero lo tenían cercado.

– No temas Wanka. No te haremos daño.

La voz de la derecha lo hizo girar ¿Cómo podían saber su nombre?

La figura ocultaba sus manos dentro de los pliegues de su túnica. Era delgada y más alta que él, pero ahora dudaba de que fuera un hombre. De por sí, si los miraba con detalle, no sabía de qué sexo eran. Sus voces tampoco sonaban masculinas, pero no eran mujeres.

– ¿A qué has venido? – ahora hablaba el que estaba enfrente suyo.

– ¿Quiénes son? – contestó Wanka con la voz temblorosa – ¿Y cómo es que saben mi nombre? – no había dejado de empuñar su bastón, aunque ya no los amenazaba.

– Somos los hacedores, guardianes del monte de Ixcha – la figura de la izquierda contestó.

– ¿Qué deseas de nosotros? ¿Por qué nos buscas? – le dijo otro.

– Busco a los dioses.

– Te escuchamos. Somos la voz de los cinco pueblos de Hischa.

“Los hacedores de Eca” pensó Wanka asombrado. “¡Realmente existen!”

Había escuchado las leyendas que se tejían en torno a los misteriosos creadores de los pueblos. Se decía que los dioses les dieron el poder para decretar el destino de los primeros humanos. Los pueblos del Sol, la Luna, el Bosque, la Luz y el Agua habían nacido gracias a ellos. La nueva tierra creció en medio del caos, pero los hacedores de Eca los organizaron y dictaron las normas que los regirían. Cada pueblo asumió una parte del territorio conforme los dones que les eran otorgados.

Se convirtieron en guardianes de los dioses, figuras sin rostro, desprovistas de cualquier objeto terrenal que simbolizara poder, pero conservando las diferencias propias de los cinco pueblos que habitan Hischa. Los dioses no querían que los hacedores fueran a ser utilizados como excusa por los mortales para la guerra, por eso los aisló y desde siglos protegían el monte de Ixcha.

– ¿Qué deseas de nosotros? – repitieron al unísono.

– Mi hija – comenzó diciendo. – Está muriendo.

– Lo sabemos – dijo el que estaba enfrente asintiendo con la cabeza.

– ¡Es solo una niña! … no es justo – su última frase había sonado débil, como un suspiro. – Deben ayudarla. Deben protegerla.

– No podemos hacerlo.

– Por favor, se los suplico – imploró el viejo.

– Todo tiene un precio a los ojos de los dioses. El equilibrio de la energía es nuestra prioridad …

– ¿Qué estás dispuesto a darnos? Debe ser algo igual o más grande – dijo otro.

– Mi vida misma si con eso puedo salvarla – repuso sin pensarlo abriendo sus ojos como dos maras a punto de salir.

– ¿Sabes que si lo hacemos ya no se podrá destruir?

– Asumo las consecuencias, pero sálvenla.

– Aceptamos el trato.

– Cada mañana tú le regalaras un día y ella vivirá los días que estaban destinados para ti. – contestó el que estaba a su espalda y cuando giró para verlo, se diluyó entre la bruma que ahora volvía a tomar posesión del territorio.

Quedó solo en medio de la nada, pero con su corazón aliviado. La angustia que por meses le oprimía el pecho desapareció de pronto y sonrió.

“¡Lo logré!” se dijo, no podía creerlo y emprendió su regreso a casa con el mismo ímpetu con el que lo había comenzado la mañana que partió de su hogar.

Cuando terminó de atravesar el puente se encontró con Kallpa. Abrazó a su amigo lleno de emoción y le contó lo que había sucedido, aunque le omitió la parte donde él perdería días de su vida, no quería que nadie se preocupara por él. Ambos lloraron de alegría por la buena noticia y sin retrasar su regreso, Wanka partió con las primeras luces del alba para ver a su pequeña Lilik.

El trato había funcionado y él enfermó, pero eso no importaba porque todas las mañanas su hija se hacía más fuerte y hermosa. Verla así lo llenaba de gozo y satisfacción.

Por el contrario, la vida de Kallpa cayó en desgracia. Paqari, la esposa de su amigo se apagaba poco a poco. Era como si la luz de su interior de un momento a otro se hubiera extinguido. Kallpa desesperado la había hecho revisar por varios curanderos, pero no habían encontrado la causa de su agotamiento físico. Todos llegaban a la misma conclusión; no estaba enferma y lo que le sucedía era inexplicable. El viejo desesperado viajó hasta el pueblo de la Luna para contarle lo que le estaba sucediendo.

Vio con asombro que Lilik ahora llena de vida jugaba como cualquier chiquilla con otros niños del pueblo, pero también se acongojó al encontrar a su amigo débil y demacrado. La ira lo invadió y pensó en vengarse de los Hacedores de Eca porque se sentía engañado.

Wanka lo tranquilizó, pero él con una voz inflexible, le confesó lo que le sucedía a su esposa. Le contó que esa noche había esperado su partida y después él mismo había ido a verlos, pero a diferencia de Lilik, su amada había enfermado.

Wanka lo miró sin comprender, porque no era justo para su amigo. Con él había funcionado y ¿por qué con Kallpa no? Entonces le narró la conversación que había sostenido con los hacedores de Eca.

– Como ves mi enfermedad es solo parte del trato y la acepto porque ahora Lilik podrá tener una larga vida.

Kallpa retrocedió con sus ojos clavados en el piso. Su trato había sido diferente. Les había pedido fuerza, quería ser un poderoso guerrero a costa de lo que fuera, pero los hacedores de Eca no habían sido claros con lo que ellos llamaban el equilibrio de la energía.

Al darse cuenta de lo que había sucedido, golpeó con su puño la pared que tenía enfrente quebrándola como si fuera una hoja de papel.

– ¡Me engañaron! – gritó con soberbia.

Trató de calmarlo, pero su amigo encolerizado partió para vengarse de los cinco hacedores.

Wanka, enfermo como estaba lo siguió y marchó hasta el puente que conectaba con el monte de Ixcha para suplicar por la vida de su amigo, pero no encontró a nadie. Todo había desaparecido, al igual que el paso que conducía hacía los dioses.

Regresó cabizbajo con el corazón contraído por lo que había sucedido. En su trayecto a casa, pasó a visitar a Paqari. La encontró en cama, ardiendo en fiebre. La cuidó con esmero mientras él sentía que su vida se le escapaba, pero eso no importaba. Su amigo se merecía eso y mucho más.

Kallpa nunca regresó, pero Wanka al ver a la esposa de su amigo rebosando de vida supo que él había terminado haciendo lo correcto.

Wanka murió una tarde cuando el Sol alumbraba con su máximo esplendor el valle donde reposaba su casa. Murió al lado de su hija y de Pakari que ahora cuidaba de su hija.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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