Monte de Ixcha

Veía cómo tomaba agua del arroyo. Lo había seguido por horas, el tiempo suficiente para detallarlo completamente. Era joven y apestaba a un miembro del pueblo del Sol, desde la vestimenta hasta la contextura física de su cuerpo. Su traje de tonos ocres tenía las decoraciones propias de ellos, con protectores de cuero en las muñecas y botas cortas.

El reflejo de los rayos de luz sobre una de las piezas de oro que portaba, la deslumbró por un instante. Se agachó y siguió apreciando a la legendaria macana de Iska.

El momento había llegado. Tensó su arco y respiró despacio para no perturbar su pulso. Lo tenía en la mira y aunque parecía discreto, ella lo era mucho más. Nadie podía detectarla. Vio de reojo cuando levantó su brazo listo para atacar y disparó. La flecha salió y rozó con delicadeza la piel de su mejilla mientras escuchaba su dulce silbido, pero el joven se levantó de imprevisto desviándola con su macana. Se giró en redondo mirándola con severidad.

“¿Es imbécil o qué?” pensó y tuvo que salir de su escondite mientras apuntaba con rapidez a su blanco. Se aproximaba con celeridad así que disparó sin tregua.

Esta vez, Iska no la detuvo y giró su cuerpo para enfrentarse a un engendro mitad humano mitad murciélago que se abalanzaba en su dirección. La flecha dio en el blanco y la piedra de luz que componía su cabeza comenzó a dilatarse en el interior de la bestia. Presionaba sus órganos internos mientras el calor lo quemaba. El gemido de dolor lo detuvo y el guerrero del pueblo del Sol aprovechó para propinarle un golpe con su macana que hizo que el gigante se desplomara al suelo.

La amenaza había sido neutralizada, así que se acercó a Iska para ayudarle.

– Retrocede – le espetó con severidad levantando su brazo para detenerla.

El agua del arroyo burbujeó y arropaba a la criatura nocturna mientras el guerrero del Sol murmuraba palabras inteligibles. Una bruma oscura salió de la boca del caído y en un segundo la macana de Iska la absorbió. El guerrero tuvo que apoyarse con sus manos sobre el suelo para no caer, se veía débil.

– ¿Te encuentras bien?

– ¿Quién eres? – aunque había palidecido su voz era gruesa.

– Yanay, guardiana del pueblo de la Luz – y le ofreció su mano.

Él se levantó y se quedó mirándola, pero no le correspondió siguió de largo y arregló su equipaje para irse de allí.

– La Asamblea de los pueblos me encomendó a ti.

Resopló aire por su boca antes de hablar.

– ¿Para qué te necesito? – su mano temblaba ligeramente y Yanay movió sus pupilas sin querer, para mirar aquel pequeño detalle. Él al darse cuenta cerró su puño disimuladamente y siguió hablando para desviar su atención. –  Diles que pierden el tiempo, no la entregaré.

Se refería a la Esmeralda Roja que decoraba la cabeza de su macana. La leyenda decía que él se había enfrentado a Guahoioke el dragón de la oscuridad y que resultado de aquella confrontación había terminado gravemente herido. Las escamas rojas de la bestia que le habían retirado de su piel, habían servido para tallar la piedra roja. Él se había convertido en el guerrero más poderoso de todos los tiempos porque el filo de su macana era capaz de cortar hasta el más duro de los metales. Sin embargo, el cacique del pueblo del Sol había manifestado en la Asamblea de los Pueblos su preocupación por el comportamiento cada vez más errático de Iska y se nombró a la joven, una de las mejores guardianas de su pueblo y conocedora del arte de controlar la luz, para ayudarlo y conducirlo al monte de Ixcha donde descansaban los dioses al interior de la laguna.

Un ruido hizo que se callaran inmediatamente y Yanay tensó su arco mientras Iska mantenía su arma en su mano. Pero el ataque llegó por detrás y esta vez ni la rapidez de la guerrera, ni la fuerza del joven pudieron con la embestida de tres figuras antropomórficas de piel oscura y ojos negros que atacaban sin contemplación. La joven disparó una flecha que dio en el blanco, el medio hombre cayó de rodillas y ella aprovechó para golpearlo con la pala superior de su arco partiéndolo en dos. Lo botó al suelo desesperada y retrocedió mientras la bestia la miraba con intensidad. Sacó la daga corta que mantenía en su pantalón lista para defenderse, pero escuchó un silbido. Un segundo después, dos de las tres criaturas huían apresuradamente desapareciendo de la misma forma como habían llegado.

Iska estaba en el suelo sobre uno de los hombres murciélago. Se encontraba en la misma posición que había asumido cuando su macana absorbió la sombra del primer caído, pero su arma ya no estaba en la mano.

– La Esmeralda … ¿Dónde está …?  – balbuceó ella.

El guerrero se colocó de pie sin responderle, tenían sus manos temblorosas y estaba inmerso en una especie de locura. Buscaba con desespero su arma y al no encontrarla comenzó a correr internándose en el bosque. Yanay lo siguió de cerca, pero Iska estaba encolerizado y su ira no lo dejaba pensar con claridad, parecía un perro rabioso que buscaba con desespero su hueso perdido. Jadeaba y balbuceaba cosas que solo él entendía mientras rompía las ramas y las hojas a su paso. Ella lo dejó hacer, no valía la pena enfrentarlo. Pronto se cansaría y entonces podrían seguir las huellas.

Tenía órdenes de vigilarlo de cerca, sin importar lo que él dijera. Así que eso era lo que ella estaba haciendo. Los guerreros de la Luz podían moverse con tanta sutileza que era imperceptibles. Utilizaban los haces de luz como medio de transporte, lo que les permitía viajar largas distancias en poco tiempo.

Yanay lo perseguía y al mismo tiempo, rastreaba a los ladrones. Encontrar la macana era indispensable, su poder no podía caer en manos oscuras. Después de dos horas, la rabia de Iska disminuyó y se sentó sobre una roca como un niño perdido.

– Si ya acabaste, sé cómo recuperarla.

– Todo esto ha sido tu culpa – le espetó señalándola con el dedo mientras se acercaba de forma violenta hacia ella. Yanay lo miró manteniendo una expresión serena y segura de sí misma. Los guardianes de Luz eran los mejores guerreros del territorio. – Nunca nos hubieran atacado de no ser porque me distrajiste.

– Sé dónde está – repitió. – ¿Quieres venir o prefieres seguir quejándote?

– A qué has venido – entrecerró sus ojos.

– Tengo órdenes de llevarte al monte Ixcha.

– ¿Tú y cuántos más? Ya te lo dije, no pienso entregarla – levantó su mano para atacarla, pero la joven se movió con la suavidad de una bailarina y el rudo guerrero cayó de bruces al suelo.

– No es momento para hablar. Debemos recuperar la Esmeralda Roja – Yanay le ofrecía su mano para ayudarlo a levantar, pero él volvió a rechazarla y limpio el polvo de sus ropas mientras se colocaba de pie. Apretó su boca y se forzó a responderle.

– Te sigo – le dijo.

_____

 

El combate había sido rápido y las criaturas no pudieron detener a dos guerreros como Iska y Yanay. El primero no tuvo tiempo para idear una ruta de escape y fue presa de la lentitud que provoca las aguas del río; impedían avanzar a la velocidad que él quería. La guerrera de la Luz robando el mismo arco que la bestia mitad hombre había dejado minutos antes, disparó desde la orilla una flecha con un movimiento certero y la piedra de luz hizo su trabajo.

La otra criatura alcanzó a internarse en la vegetación con tan poca suerte que se encontró entre un muro de piedras que le impedían continuar e Iska que se acercaba temerario. El hombre murciélago levantó la macana para atacarlo, pero la luz que irradiaba la Esmeralda Roja se apagó de imprevisto y luego comenzó a vibrar con tanta fuerza que cayó de sus manos. La criatura gimió y la esencia oscura que lo contenía salió de su cuerpo para ser absorbido por la piedra.

Todo quedó en silencio y en ese momento Yanay apareció. Tomó la macana con su mano y la cara de Iska cambió, se abalanzó a ella para arrebatársela, pero con su movimiento sencillo y hermoso al mismo tiempo lo dejó tendido en el suelo. El guerrero se levantó echando chispas por los ojos.

– ¡Devuélvelo!

– ¿Me acompañarás al monte Ixcha?

– No sigo órdenes del pueblo de la Luz.

– Fue tu Cacique el que lo solicitó.

Iska abrió sus ojos y levantó las cejas sorprendido, pero se mantuvo callado. Entornaba sus ojos y Yanay supo que estaba buscando la forma de atacarla. Ella era más delgada y baja de estatura, así que él podría pensar que tenía la ventaja y lo más seguro es que probaría un segundo ataque. La intención no era combatir con él, así que prefirió negociar.

– No vine a pelear contigo – le dijo mostrándole la macana en su mano. – Solo quiero que me acompañes – dibujó una leve sonrisa en su rostro y le ofreció su tan deseada arma. Él se apresuró a tomarla y ella retiró el ofrecimiento por un segundo. – Prométemelo y te la devolveré.

Iska la miró con sus ojos negros y cejas pobladas. Asintió levemente, con el movimiento suficiente para decir que está de acuerdo, pero que no seguiría sus órdenes. Entonces la guerrera le entregó lo prometido.

– Nos iremos enseguida, Xhube ha enviado más criaturas nocturnas para atacarte – comentó y tomando su equipaje comenzó a caminar. No lo miró, sabía que la seguiría. Había algo en su expresión que le decía que necesitaba que lo ayudara, aunque era tan orgulloso que nunca se lo pediría.

–––––

 

Atravesaron la laguna que conducía al monte Ixcha. Los colores ocres, amarillos y verdes de la orilla continuaron aún después de internarse en la isla. Las formas y los sonidos acariciaban dulcemente los sentidos en una perfecta combinación. El paisaje parecía irreal ante los ojos de cualquier mortal imperfecto. Llegaron al árbol más grande de la cima cuando el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte y Yanay se sentó en el suelo.

– ¿Ahora qué? – dijo Iska que jugaba con la macana en su mano.

– Tenemos que esperar – respondió y se acostó para mirar al cielo que poco a poco comenzaba a llenarse de estrellas.

Durante el trayecto, el guerrero del Sol nunca se desprendió del arma y la mantenía pegada a su cuerpo constantemente. Parecía obsesionado con ella, tanto que las ojeras de su rostro ya eran parte de él. Yanay supuso que aquel objeto lo dominaba de alguna forma, por el momento, él había cumplido lo pactado, pero quitarle la macana podría ser una tarea más difícil de lo que la Asamblea de los pueblos había considerado.

La tranquilidad del lugar, la hizo cerrar los ojos y poco a poco se quedó dormida. Cuando despertó, Iska aún se mantenía sentado mirando su arma mientras reflexionaba.

– Deberías descansar – le dijo con suavidad.

Él pareció sorprendido y volteó a mirarla.

– Pensé que vendrían a ayudarme … a eso me trajiste ¿no?

– Si, pero realmente no fueron muy claros en eso. Por ahora podrías colocarla lejos de ti para empezar.

– No puedo – contestó en un suspiro.

– Así que eres consciente de que esa cosa te controla – le dijo con sinceridad. Habían estado juntos por más de una semana y es podía decir que ahora eran más cercanos.

Él soltó una carcajada que pudo escucharse a varios metros de distancia y se acomodó en su puesto con una expresión divertida en su rostro.

– ¿Qué te hace pensar eso?

– Pues, nunca la sueltas y aunque puedes descansar en este momento, te resistes a hacerlo, por eso mantienes esas ojeras debajo de tus ojos.

– No es lo que piensas. Quisiera deshacerme de ella, pero no puedo.

– A eso se le llama control.

Él volvió a sonreír, pero esta vez había melancolía.

– No sabes de lo que estás hablando.

– Por lo que veo, la noche será larga … así que tenemos bastante tiempo para hablar. Podrías contarme la historia, por el tiempo que llevamos viajando juntos y por el número de veces que te he salvado el pellejo, se podría decir que somos casi amigos – sonrió.

Iska la miró, volvía su expresión divertida a su rostro.

– Eres una buena guerrera.

– Gracias, pero no me cambies de tema.

– Esta bien … – hizo una pausa mirando su arma, jugaba con ella haciéndola girar en su mano. – Estoy enfermo – susurró.

– Lo sé – el guerrero la miró molesto y ella levantó las manos para disculparse. – Lo siento, no volveré a interrumpir, soy todo oídos.

– Cuando salvamos a los pequeños con mi hermano, el dragón me lastimó inyectándome su oscuridad. Todos estos años he utilizado la fuerza de sus escamas para vencer a nuestros enemigos, pero el veneno de Guahoioke aún está en mis venas y solo cuando estoy cerca de la Esmeralda puedo neutralizarlo. Ha pasado mucho tiempo y ahora siento que cada día es más difícil para mí. Se esparce por mi cuerpo y no puedo hacer nada para detenerlo.

Yanay bajó la cabeza, se sentía avergonzada. Durante todo ese tiempo había malinterpretado todas las señales. No era que quisiera el poder para él solo o que fuera tan egoísta que no pensara en los demás, era todo lo contrario y recordó las palabras de su líder antes de partir.

“Ayúdalo, solo la luz vence la oscuridad”

Corrió para tomar su equipaje y buscó las rocas de luz que aún conservaba. Las que utilizaba para que las puntas de sus flechas destruyeran a las criaturas nocturnas de la bruja.

– ¿Qué haces? – preguntó el joven con curiosidad.

– Quitate la ropa.

Él levantó las cejas y la miró sin comprender, pero con una pequeña sonrisa de complicidad.

– Solo la camisa … quiero decir. Muéstrame dónde tienes la herida – obedeció y Yanay se sentó junto a él.

Al estrujar la piedra con sus manos, esta se desmoronó dejando ver una esfera de luz que se mantuvo suspendida en la palma de su mano. La Esmeralda Roja brilló por su cercanía y Yanay le pidió que soltara la macana. Él lo hizo, entonces acercó la luz con delicadeza y luego la presionó contra su piel, justo en el lugar donde se encontraba una herida sin sanar que despedía una sustancia oscura y malsana. Iska inmediatamente se estiró hacia atrás y apretó sus dientes, pero se mantuvo quieto para que ella intentara curarlo. La operación la repitió varias veces y poco a poco la llaga comenzó a cerrarse.

Cuando terminaron ya estaba amaneciendo y el frío de la madrugada los estremeció. El guerrero del pueblo del Sol estaba tan feliz que le dolían los músculos de su rostro de tanto sonreír. La joven había utilizado casi toda su provisión de piedras de luz, pero lo había conseguido.

Durante el transcurso de la mañana, nadie llegó y ella lo miró mientras comían.

– Debemos deshacernos de la macana – murmuró y esperó su reacción.

– Necesitamos la Esmeralda Roja es la única arma contra la maldad de Xhube – ella abrió la boca para protestar, pero Iska continuó. – Mi arma no es el problema es el veneno del Dragón. Debemos limpiarla para que los espectros de su interior dejen de alimentarse de las almas de los mortales. Lo he intentado por muchos años, pero ninguna sustancia elimina la suciedad, aunque ahora podríamos lograrlo.

– ¿En qué piensas?

Él sonrió.

Durante los dos días siguientes, construyeron un Tótem y con la ayuda de las rocas de luz limpiaron la esmeralda. Mil almas negras fueron encerradas en el interior de la roca que ahora se erguía triunfante, como símbolo de su victoria sobre Guahoioke. Yanay había cerrado el sello de la estatua con sangre del pueblo de la Luz. Si alguien quería romperlo no solo necesitaría del filo de la Esmeralda Roja, también de un guardián que dominara los secretos de la luz.

Al finalizar, ambos estaban satisfechos de haber conseguido salvar una de las mejores armas que han existido en la historia del territorio, porque nadie podía utilizar el poder que ahora se encerraba en el monte de los dioses. Esperaron una semana, pero nadie llegó a reunirse con ellos. Entonces, decidieron regresar a sus pueblos y para protegerlos, juraron nunca revelar el lugar donde se erguía el Tótem en el monte de Ixcha.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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