Polvo de Arena

Kabil se retiró el talismán con cuidado de su cuello y lo sumergió en la laguna de polvo de arena. Era la última vez que estaría allí, había decidido, sin importar lo que sucediera, partir en busca de los culpables. Le habían robado su título, su vida y lo habían condenado a nunca salir de Oyibo, un pueblo miserable alejado de la ciudad capital. Todos esos años lo había retenido una maldición, pero ahora había encontrado la forma de escapar.

Miró con nostalgia el brillo de la arena sobre la laguna, esta se confundía con el cielo repleto de estrellas. Desde que era un niño, estaba obligado a acudir tres veces por semana a ese lugar si no quería morir por culpa de la abominación que recorría sus venas. Era un ritual necesario para su supervivencia. ¿Qué era? Brujería no había duda y por eso para los demás, él estaba maldito.

El talismán de bronce se aclaró inmediatamente al contacto con el polvo y ahora brillaba a la luz de la Luna.

– Ya está – murmuró para sí mismo y se la colocó de pie con rapidez. Cuando no la tenía puesto sentía que el corazón se aceleraba y le era difícil respirar. El objeto mágico absorbía la inmundicia que viajaba por sus venas. ¿Quién se lo había dado? Ese era otro misterio, lo cierto era que siempre había estado con él. El único recuerdo de la vida que le pertenecía por derecho.

Llenó un saco completo de polvo de arena y lo amarró a su caballo. Esperaba que fuera suficiente para llegar al reino de Agwo; la capital y su destino final.

El trayecto había sido largo, pero tranquilo. Había anochecido y se encontraba arrodillado cuando escuchó el ulular de un búho del desierto que se encontraba detrás suyo. Se apresuró para limpiar su talismán con el polvo que llevaba, pero no logró hacerlo porque escuchó al ave cantar nuevamente. Esta vez su voz sonó ronca y la sombra que se proyectaba sobre el piso comenzó a aumentar de tamaño. Kabil abrió sus ojos y giró en redondo, pero una de las zarpas cayó directamente sobre su tronco, inmovilizándolo. Se agitó con soberbia para que lo soltara, pero el ave abrió sus alas para comenzar a elevarse llevándoselo consigo.

– Suéltame bestia inmunda – gritó con altivez, pero el animal no se inmutó y cada vez se alejaba más del piso. Sintió pánico al pensar que en cualquier momento podría soltarlo y todo acabaría. Prefirió callar y esperar un mejor momento para liberarse.

Desde arriba se observaba la magnitud del desierto que separaba Oyibo de Agwo. La Luna llena mostraba el paisaje en tonos azules y violetas, y aunque estaba oscuro podía verse lo hermoso que era. Se sorprendió cuando se dio cuenta que sobrevolaban el palacio. Sonrió satisfecho, solo tendría que escapar y su camino quedaría libre para ejecutar su plan. En la medida en que el tiempo pasaba, la situación se hacía cada vez más extraña, el animal empezó a descender a toda velocidad y cuando estuvo a pocos metros del suelo, abrió sus alas y planeó para luego ingresar en uno de los grandes salones.

Kabil observaba todo completamente absorto y un minuto después, la criatura lo dejó en medio de un gran espacio sin techo. Cayó dando vueltas, pero se reincorporó lo más rápido que pudo y miró a su alrededor.

El ave se había ubicado distante y esperaba. Se había transformado nuevamente y ahora solo parecía una pequeña lechuza indefensa que se encontraba posada sobre la rama de un árbol.

– ¿Qué haces en mis tierras? – le espetó una sombra que se ocultaba entre las columnas.

Kabil se irguió, había llegado el momento de reclamar lo que era suyo.

– Eres tú el que invade mis tierras – contestó con voz gruesa.

– ¿Cómo se atreve? – escupió con indignación un hombre de postura encorvada que se acercaba lentamente hacia él. Tenía el cabello blanco al igual que su túnica y cuando un rayo de luz lo alumbró, Kabil pudo ver que su rostro parecía contraído por un intenso dolor. Cada paso que daba lo lastimaba y de vez en cuando se quejaba sutilmente. – Muéstrate ante nosotros insolente.

Obedeció y dio un paso hacia el frente para permitir que la luna tocara su rostro. Su cabello largo y negro brilló como una piedra preciosa.

Las pupilas del hombre se dilataron estupefactas y un tamiz de miedo se vislumbró en ellas.

Kabil lo notó y sonrió con satisfacción.

– ¿Así que me reconoces? – espetó.

El hombre trastabilló al retroceder rápidamente.

– Amo – murmuró hacia la figura que aún se mantenía oculta detrás de las columnas.

– Vine a recuperar lo que me pertenece – esta vez Kabil miraba hacia la oscuridad y avanzaba con lentitud mientras se acercaba al hombre que se mantenía estático, oculto …

– ¿Dónde has estado todo este tiempo? – preguntó desde las sombras rompiendo el silencio que se había instaurado. El tono de voz había cambiado y ahora había ansiedad en él.

La pregunta lo sorprendió ¿Lo estaban buscando? Si era así, entonces los que se encontraban allí no habían usurpado su trono, pero ¿Quiénes eran? y ¿Por qué no lo habían encontrado?

– Viví en Oyibo todos estos años – contestó sin dejar de avanzar.

– ¿!Oyibo¡? – repitió el extraño y levantó la barbilla para mirar al hombre de cabello blanco. – ¿Lo sabías? – le preguntó de forma severa.

Kabil giró también, esperaba una respuesta.

– CONTESTA JAMAN – gritó el extraño hombre.

Kabil se detuvo, la voz que salía de ese sujeto le produjo miedo y pasó saliva. Era diferente, poco natural.

Puede que también esté maldito” pensó.

El viejo Jaman se encorvó aún más al escucharlo y el brillo de miedo regresó a su ojos.

– Un poco – contestó en un suspiro.

El hombre de las sombras salió como un rayo dominado por una ira descontrolada. Kabil que se encontraba de espalda a él contemplando al viejo, lo vio pasar como un fantasma por su lado. Avanzaba y mientras lo hacía, Jaman parecía encogerse como un caracol dentro de su concha.

– Sabías que lo he estado buscado por años – le recriminó con soberbia ya enfrente de él. – Lo sabías.

– No sabemos qué pasará – susurraba. – Amo Jarik … No sabemos.

– Lo que debe ser, sucederá – respondió el extraño y giró en redondo para encarar al recién llegado.

Kabil retrocedió atónito y tuvo que hacer un esfuerzo muy grande para no perder el conocimiento y caer. Lo que tenían enfrente suyo no podía ser cierto.

– ¡¿Tú?! – su voz sonaba entrecortada y sacudía su cabeza cómo si quisiera despertar de una pesadilla. – ¿Cómo es posible?

– Por la expresión de tu rostro, supongo que no lo sabías. – le dijo, pero Kabil no respondía. – ¿Nadie te lo contó? – meneó la cabeza. – Fue una decisión que tomaron cuando nacimos … pensaron que era lo mejor. – Clavó sus ojos en el talismán y levantó su mano para agarrarlo, pero Kabil retrocedió para impedir que el hombre lo tocara. – llevas el sello contigo … ¿Cómo es posible que no lo supieras? Además has venido hasta mí … no entiendo.

Kabil se dio cuenta que el hombre que estaba enfrente suyo, además de tener su mismo rostro, poseía un talismán idéntico al suyo que colgaba amarrado de una fina cadena de oro.

– El campesino que me crio, me dijo que esto me pertenecía por derecho. La inscripción en su respaldo es muy clara – le dijo y se la acercó para que la mirara. La joya mantenía un tono oscuro y opaco porque el ave había impedido que Kabil la limpiara.

“Hijo del gran emperador” leyó Jarik.

– Entonces, si lo sabía ¿Por qué has demorado tanto en venir hasta aquí?

– ¡Estoy embrujado! – espetó con soberbia. – Condenado a permanecer al lado de la laguna de polvo de arena por culpa de mi maldición.

Su hermano estaba vestido de forma inmaculada, su traje estaba hecho de telas finas y de color blanco, mientras él, ya no podía recordar cuando había sido la última vez que había tenido una muda de ropa nueva.

– ¿Quién te ha dicho eso? – preguntó Jarik.

La pregunta lo sorprendió aún más y arqueó sus cejas. Su hermano avanzó nuevamente para tomar el talismán con sus manos.

– Amo puede ser peligroso – resopló Jaman ansioso.

–  Lo que debe ser, sucederá – se limitó a decir – Estoy cansado de esperar.

– ¿Qué vas hacer? – esta vez el que hablaba era Kabil.

– Restaurar el equilibrio – contestó su hermano con expresión serena. – Los talismanes deben unirse y sujetó el suyo con la mano.

La energía que se mantenía en el talismán se hizo visible y cubrió la mano de Jarik. Él la miraba detenidamente y sus ojos brillaban con intensidad.

– Toma el mío – le dijo a Kabil ofreciéndoselo.

La conexión fue inmediata y mientras la oscuridad cubría la mano de Jarik, la luz hacía lo suyo con la de Kabil. Un torbellino que movía los cabellos de ambos de un lado para otro, los cubrió por completo, mezclando sus esencias entre relámpagos brillantes y oscuros que hicieron retroceder al viejo Jaman. El salón se estremecía con la presencia de aquel tornado que montaba con rapidez hasta el cielo levantando y llevándose todo lo que se atravesaba por su paso.  

El viejo solo puedo retroceder para ocultarse detrás de las columnas más alejadas mientras el infierno parecía haberse desatado en el gran salón del palacio. Los soldados llegaron asombrados por lo que ocurría, pero no se atrevían a avanzar, el miedo los mantenía atornillados al piso.

De pronto, el sonido de una explosión hizo que levantaran la mirada hacia el cielo. Absortos contemplaban un ser etéreo que lentamente tomaba forma. Dos ojos intensos se asomaron entre las nubes y los observaban.

– Foo – murmuró Jaman y todos comenzaron a arrodillarse frente al dios del aire y el fuego. La fuerza dual de la creación.

Guahaioke, la serpiente de la oscuridad había logrado desafiarlo hacia siglos, pero el emperador, devoto absoluto de Foo, luchó junto a él para vencer al demonio. Sin embargo, perdieron y la oscuridad cubrió los cielos. Así que el dios antes de terminar extinto, logró dividirse para conservar su esencia divina.

El tiempo transcurrió y los talismanes fueron pasados de familia en familia. La historia de lo que había ocurrido se esfumó transformándose en leyenda. Los cielos siguieron oscuros, pero con el pasar de los años era normal verlos así. Hasta que dos pequeños gemelos terminaron heredando un destino que no les pertenecía. Desde el mismo momento que los talismanes fueron colados en sus cuellos, cambiaron de color. Asustados, los sabios del emperador decidieron separalos hasta el día de hoy.

Los ojos del dios aún los miraba con complacencia. Las nubes retumbaron con un gran estruendo y luego, de la misma forma como todo comenzó, terminó. La luz del sol apareció entre las nubes y la claridad regresó.

En el suelo se encontraron los cuerpos de Kabil y Jarik que reposaban inconscientes aún con los talismanes en sus manos.

El viejo corrió para proteger a su amo y él abrió sus ojos lentamente.

– Este es el final, pero también es el comienzo de una nueva era, junto con mi hermano – musitó débilmente y miró a Kabil que ahora sonreía con solemnidad.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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