Sombra Hechizada

Levantaba la lanza lo máximo que podía, el viento estaba a su favor y la pantera que tenía enfrente, a solo 3 metros de distancia, no la había olido. El día era cálido y húmedo y las gotas de sudor se deslizaban por su rostro. Le incomodaban, pero no podía moverse o la descubriría. Podía observar la majestuosidad de su figura, como tensionaba los músculos mientras permanecía con su vientre pegado al piso, camuflándose para que el pueblo no la detectaran. Era una hembra y por lo que había observado, en edad adulta.

Nadie sabía de dónde había venido, pero llevaba más de tres semanas rondando por los alrededores. Por solicitud del Cacique, el grupo de guerreros que la acechaba tenía la orden de matarla, pero ellos no querían hacerlo, solo dormirla para que pudieran llevarla lejos de sus casas. Inclusive, ya habían escogido un lugar retirado en donde podía vivir sin problema.

La detallaba y no podía negar que era un animal hermoso. La luz del sol se reflejó en un objeto metálico y entrecerró sus ojos para escudriñar. Le pareció curioso que tuviera alrededor de su cuello una cinta de cuero violeta y había un dije que caía.

“No eres totalmente salvaje ¿eh?” pensó y en ese momento, el viento cambió de dirección. Un segundo después la pantera, que la había percibido, la miraba intensamente y sus ojos se conectaron con los de ella.

– ¡DISPARA SAMI! – escuchó que le gritaban desde la lejanía, pero su mente se enredó con la de la criatura que había comenzado a castañear sus dientes provocando un sonido gutural.

Sintió que su amiga corría hacia ella para protegerla y fue cuando detalló el dije que colgaba entre la melena negra del animal.

– ¡NOO Itati! – gritó de imprevisto colocándose entre ella y la fiera para detenerla. Debía impedir que le hiciera daño. Había algo en el dije que le parecía conocido.

La guerrera se detuvo en seco y la miró sin comprender lo que estaba sucediendo. La bestia permanecía dócil detrás de Sami, sin atacar. Al ver que Itati bajaba su arma, se giró en redondo para examinar al felino que se había sentado sobre la hierba de forma sumisa.

– No puede ser – murmuró.

– ¿Qué haces? – le dijo su amiga y le pasó una reata de cuero para sujetarla, pero ella la desestimó con un gesto en su mano. – Tu padre dio la orden de matarla, debemos sacarla antes de que se entere.

– El dije – susurró para ella misma, y de un momento a otro llevó su mano hasta el cuello del animal. Necesitaba mirarlo de cerca. No podía ser una coincidencia, pero su Itati la detuvo.

– ¡Espera! ¿Qué sucede contigo? Es un animal salvaje.

– No, no lo es – y zafándose de su amiga tomó el collar de la pantera para romperlo.

– ¡ALEJATE! – gritó el Cacique con la lanza en sus manos y se abalanzó hacia ellas para matar al felino.

El animal se colocó de pie y lo amenazaba mostrándole sus dientes. Sami se apresuró a impedirle el paso y lo detuvo con su lanza en la mano. No se había dado cuenta en qué momento había llegado.

Itati estaba inquieta y no sabía si salir corriendo o detener lo que ocurría, por más que Sami fuera su hija, estaba desobedeciendo al Cacique y eso podía costarle la vida.

– Aléjate de ese animal – le ordenó su señor. El Cacique del pueblo. Su padre.

– Baja el arma – le respondió.

Él abrió sus ojos de par en par y su expresión se endureció aún más.

En las últimas semanas no se había llevado muy bien. Eso la entristecía porque él era lo único que le quedaba, su madre había desaparecido y no se acordaba de ella. De hecho, Sami le parecía que su relación se había degradado tanto que ahora, él era un completo desconocido. Pensó que tal vez era porque se había convertido oficialmente en una guerrera y eso a su padre nunca le había gustado.

– ¿Qué haces insolente? – había soberbia en la forma como hablaba y blandió la lanza dispuesta a matarla.

Aquello la tomó por sorpresa y apretó los dientes para defenderse del ataque que parecía inminente, pero la pantera rugió y se abalanzó sobre el Cacique haciéndolo caer de espalda sobre la hierba. Los demás guerreros se demoraron en reaccionar, pero Sami corrió para separarlos. En ese festín de brazos y garras, sus dedos se enredaron con el dije y sin quererlo, este se rompió destruyéndose por completo.

Un gas violeta surgió de los restos de la joya. Todo comenzó a dar vueltas por su cabeza y una lluvia de imágenes pasaban de largo sin ni siquiera poder detallarlas. Las escenas se detuvieron y miró a su alrededor. Parecía estar sumergida en un sueño; lejos de su padre, de su amiga o de su pueblo.

Estaba en medio de la noche y sintió frío. Se cubrió con sus manos mientras veía aparecer a una joven que corría desesperadamente en medio de la vegetación. Llevaba un vestido blanco que resplandecía con la luz de la luna y en sus brazos un bebé.

– Disculpe – le dijo para detenerla, pero no la escuchó y pasó de largo.

Detrás venía un chamán con una túnica oscura con ribetes de colores en las mangas. Portaba un báculo en sus manos y maldecía mientras corría para poder alcanzarlas. Ella recogió su lanza del suelo y salió detrás de ellos. Cuando llegó, el hechicero ya las tenía acorraladas.

Levantó su lanza para detenerlo, pero de la mano del hombre había una esfera gaseosa de color violeta que lanzó sobre ella tumbándola lejos. Rodó varios metros y quedó aturdida sin poder respirar. Trató de mover su cuerpo, pero estaba congelada, pegada al piso. Y mientras intentaba zafarse del hechizo podía observar con impotencia lo que ocurría.

– Dámela – le decía con voz gruesa el hombre y la joven retrocedía sin responder. En su cara se observa la desesperación. – Hazlo de buena gana, no quiero que se lastime.

– Nunca – le gritó y miró para todos lados buscando la forma de huir, pero sus opciones se acababan y el muro de roca que tenía detrás le impedía seguir retrocediendo.

– No sé por qué te aferras a ella … eres sana, podrás tener más hijas …

– Tendrás que matarme.

– Sabes que no puedo hacer eso – había fastidio en la forma como respondía. – Los dioses me condenaría y no quiero eso. Ya te lo expliqué, la necesito para que sea mi discípula.

– Para que sea tu esclava querrás decir.

Él sonrió con malicia.

– ¿Por qué? ¿Por qué mi hija?

Puso los ojos en blanco y apretó la boca para tratar de responder.

– Es la hija del Cacique, su sangre es sagrada. La magia correrá sin problema por sus venas.

– Entonces tómame y déjala a ella.

El brujo la miró con recelo, no entendía lo que le estaba proponiendo ¿Es que acaso no había sido claro?

– También soy hija de un Cacique – le respondió como si supiera lo que él estaba pensando. – y aún soy joven.

Él levantó la cabeza y miró a la luna mientras reflexionaba sobre la propuesta. Aquella revelación era nueva y no le desagradaba. Se saltaría todo eso de la crianza y tendría la esclava que necesitaba de una vez. No tendría que esperar y en unos días podría absorber su poder, y él, el gran hechicero conservaría su forma humana por unas cuantas décadas más.

Cuando bajó la cabeza, movió su mano con soltura y manteniendo la esfera de gas sobre sus manos golpeó con fuerza a la joven. Sami escuchó su gemido, pero no pudo hacer nada porque todo se desvaneció.

Ahora veía la bruma violeta que se mantenía en sus manos y recordó la visión que había tenido hacía unos segundos. Se quedó estática sin poder respirar. Mientras tanto con el rabillo del ojo observaba que su padre estaba siendo envuelto por una neblina igual que la suya. El gas denso que se mantenía suspendido se esfumó para adherirse con el que salía del cuerpo del Cacique. Se elevó al cielo para luego erguirse sobre ella, listo para introducirse por su boca.

El movimiento de una mujer que gateaba con desespero la distrajo. Avanzaba hacia su padre. Cuando llegó le arrebató el dije del cuello y lo destruyó con una roca que recogió del piso. La figura nebulosa que permanecía suspendida en el aire gimió contrayéndose para desaparecer.

Sami se quedó estática, pasmada por el asombro de ver que su padre recobraba el sentido y entre sollozos acariciaba el cabello negro y el rostro de esa mujer, a la que llamó “mi esposa”.

Todos los derechos reservados. Obra protegida por derechos de autor. 2020. Fernanda Maradei

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